
El obituario es uno de los estilos más difíciles del periodismo. Como dijo G. K. Chesterton, consiste en dar la noticia de la muerte de Lord Jones a gente que no sabía que Lord Jones había existido. Y además de esa paradoja, hay que contar con las quejas, no del fallecido, sino de sus familiares y deudos.
En algunas necrológicas del socialista navarro Javier Moscoso, se menciona a uno de sus hijos, Juan, que también hizo carrera en política en el PSOE, aunque no ha llegado tan lejos ni tan alto como su progenitor. Sin embargo, se omite la ascendencia de Javier Moscoso. Del árbol genealógico de los Moscoso se muestran el tronco y algunas de las ramas de la copa, pero no las raíces que lo han alimentado. Aquí vamos a desenterrarlas.
Don Javier Moscoso del Prado y Muñoz, que en gloria esté, nació en Logroño el 7 de octubre de 1934, cuando el PSOE, la UGT y Esquerra Republicana de Cataluña acaban de sublevarse contra el Gobierno parlamentario de Alejandro Lerroux. Su padre era militar, Carlos Moscoso del Prado Iza, capitán de infantería, y su madre una señora que provenía de Viana.
La oposición al Frente Popular del capitán Moscoso del Prado era tal que en febrero de 1936, después del fraude electoral perpetrado por las izquierdas, participó en una cena de sediciosos en el restaurante pamplonica Cuevas. En la casa del capitán se celebraron varias reuniones de militares desafectos. En una de ellas, de fecha del 20 de abril, a la que acudieron oficiales de las guarniciones de Burgos, Pamplona y Logroño, el general Emilio Mola, destinado a Navarra desde marzo, se implicó en la conspiración
Los capitanes Moscoso, Manuel Vicario y Gerardo Lastra pasaron a ser hombres de confianza de Mola y, por ello, recorrieron las guarniciones de Pamplona Logroño, Estella y San Sebastián. Por su labor, recibieron el título de ‘Guiones de la Cruzada’, como cuenta Félix Maíz. Sin embargo, en el telefilm La conspiración (2012), dedicado a las maniobras de Mola y la trama civil y militar del golpe en Pamplona, Moscoso no aparece. ¿A qué se debería esa omisión?
Estallada la guerra, el capitán Moscoso del Prado se entregó con afán a la tarea de derrotar a los socialistas y demás partidos de izquierdas: redactó bandos militares y participó en tribunales de represión. ¿Jugó el pequeño Javier Moscoso con las actas de alguno de esos juicios que se quieren anular o con las plumas y lápices con las que su padre firmaba las sentencias?
Después de la guerra, Moscoso del Prado siguió en el Ejército, que era su vocación, y ascendió. Como coronel fue director de la Escuela Militar de Alta Montaña de Jaca. Y en 1961, Franco le nombró general de brigada de infantería y le otorgó la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, cosas que el general gallego hacía con todos los militares demócratas, incluso de izquierdas. En 1963 pasó a la reserva y el 18 de julio de 1964 Franco le concedió la Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar. Seguro que el hijo felicitó efusivamente a su padre. Éste falleció en 1987.
Javier Moscoso del Prado y Muñoz cursó derecho y empezó una carrera de jurista en la Administración, en concreto de fiscal; es decir, su trabajo consistía en pedir en la Audiencia Territorial de Navarra la aplicación de la legislación del régimen vencedor de la guerra. Cuando murió Franco en 1975, Moscoso, con 40 años cumplidos, decidió medrar en la política, pero sin tener que conspirar ni sublevarse, porque ya no eran esos tiempos. Se afilió a la UCD, partido de tranquilos funcionarios franquistas, y fue diputado en 1979 y secretario general de Relaciones con las Cortes, cargo en el que conoció a Felipe González y Alfonso Guerra.
A diferencia de su padre, que se arriesgó a perderlo todo, incluso el honor y la vida, Javier Moscoso se limitó a otear los cambios desde su despacho. En 1982, junto con uno de los grandes chaqueteros de la política española, Francisco Fernández Ordóñez, abandonó la UCD e ingresó en el PSOE, el partido reprimido por su padre. Inmediatamente, fue ministro de la Presidencia en los Gobiernos de González (1982-1986), donde estableció los días libres con retribución para los funcionarios; y después, fiscal general del Estado (1986-1990). En este último cargo, no investigó la implicación del Gobierno socialista en los asesinatos cometidos por los GAL y en numerosos casos de corrupción.
Más tarde, se le nombró vocal del Consejo General del Poder Judicial y, posteriormente, fue presidente del consejo de redacción de la editorial navarra Aranzadi y conferenciante habitual en diversas universidades. Rodríguez Zapatero le incluyó entre los negociadores del Gobierno español con ETA. ¿Habría llegado tan lejos en la vida si hubiera pertenecido al bando de los derrotados, si su padre no hubiera sido un militar conspirador y vencedor?
Los Moscoso del Prado parecen haber encontrado su nido en el PSOE. Juan Moscoso del Prado Hernández (Pamplona, 1966), hijo de don Javier, ha sido concejal en el Ayuntamiento de Pamplona, diputado nacional por Navarra durante doce años y secretario ejecutivo de la Unión Europea del PSOE. Pertenece a dos instituciones globalistas como el Aspen Institute España y el consejo del European Council on Foreign Relations. En junio de 2025, Juan Moscoso se incorporó a la consultora Kreab en la condición de ‘senior advisor’ dentro del área de Asuntos Públicos. Kreab es una de esas consultoras estilo Acento, fundada por dos ex ministros, José Blanco (PSOE) y Alfonso Alonso (PP), y a las que sus clientes contratan porque saben moverse en los despachos de los altos cargos de las Administraciones. Las colas delante de las ventanillas son para los pringados.
Como diputado socialista, Juan Moscoso votó a favor de la Ley de Memoria Histórica promovida por Zapatero. Además, durante sus pocos meses como concejal del ayuntamiento de Pamplona, Juan Moscoso defendió una moción sobre la memoria histórica, en la que recordó a su bisabuelo represaliado, Severino Oscoz. Como a tantos socialistas, se olvidó de añadir que uno de los represores de los «demócratas que defendieron la República» era su abuelo.
Téngase claro que esta dinastía «de progreso» proviene de un militar que se sublevó contra el Frente Popular en julio de 1936. Para unos será motivo de vergüenza; para otros, lo vergonzante es ocultar este origen.