La hipocresía de los políticos vinculados a la Agenda 2030 vuelve a hacer acto de presencia en temporada de incendios. Mientras advierten día tras día sobre el cambio climático, la subida de las temperaturas globales y el riesgo de incendios forestales cada vez más intensos, los mismos responsables impulsan y aprueban proyectos masivos de instalación de placas solares en todo el territorio. Estos proyectos, presentados como la solución verde definitiva, generan un efecto térmico local documentado por la ciencia que eleva la temperatura del aire en el entorno inmediato de las instalaciones.
Estudios de campo rigurosos confirman que las grandes plantas fotovoltaicas y las cubiertas masivas de paneles en tejados pueden aumentar la temperatura del aire hasta 4-5 °C en condiciones extremas. El trabajo pionero de Barron-Gafford y colaboradores (2016) en el desierto de Arizona midió de forma continua durante más de un año un calentamiento nocturno regular de 3-4 °C (con picos superiores a 4 °C) respecto a las zonas naturales adyacentes. Investigaciones más recientes, como la de dos años en una planta de 100 MW en Mongolia Interior (2026), registraron un incremento medio de 0,8 °C en el aire y subidas de la temperatura superficial del suelo de hasta 4,1 °C. En entornos urbanos, mediciones directas sobre tejados con paneles han llegado a detectar diferencias horarias de más de 4 °C e incluso picos de 5,2 °C durante olas de calor.
El mecanismo es claro: los paneles solares tienen un albedo bajo (absorben más radiación solar que muchos suelos naturales, especialmente arenas o vegetación clara) y convierten sólo entre el 15 % y el 20 % de la energía en electricidad. El resto se disipa como calor sensible que calienta el aire circundante. Además, alteran el balance energético de la superficie, reducen la evapotranspiración en algunos casos y crean microclimas más cálidos justo encima o entre las filas de paneles. Este fenómeno, conocido como “efecto isla de calor fotovoltaica” (PVHI), es más intenso de noche en zonas áridas y de día en tejados urbanos.
Sin embargo, el efecto es estrictamente local. Se disipa a tens o cientos de metros del borde de la instalación y no se propaga a escala regional ni global. Algunos estudios con satélites incluso detectan un ligero enfriamiento de la temperatura superficial del suelo en el interior de ciertos parques por el sombreado y la conversión a electricidad. Además, la electricidad limpia generada desplaza combustibles fósiles y reduce las emisiones de CO₂, el principal impulsor del calentamiento global. Los análisis cuantifican que el pequeño forzamiento positivo por el cambio de albedo se compensa normalmente en menos de un año con las emisiones evitadas.
En temporada de incendios, vincular de forma simplista las placas solares con el aumento del riesgo de fuego ignora la complejidad del problema: la gestión forestal, la acumulación de combustible, las condiciones meteorológicas extremas y el calentamiento global impulsado por los gases de efecto invernadero. Los políticos que promueven la Agenda 2030 y las renovables masivas deberían reconocer abiertamente este efecto térmico local en los estudios de impacto ambiental, en lugar de presentarlo como una solución sin matices. Solo así se evitaría la contradicción entre el discurso alarmista sobre las temperaturas y la promoción acrítica de instalaciones que, a escala microclimática, las elevan.