El 4 de noviembre de 1991 dos terroristas de ETA colocaron una bomba lapa en los bajos del vehículo de Antonio Moreno, un guardia civil destinado en Erandio (Vizcaya). Se trataba de su vehículo familiar, que sólo utilizaba para los desplazamientos con su mujer y sus hijos, según narra a LA GACETA Marco Antonio Moreno Asla, el hermano mayor de Fabio Moreno Asla, el niño de dos años que fue asesinado tres días después.
El 7 de noviembre, Antonio fue a recoger a sus dos hijos gemelos a una piscina cubierta de Guecho. La bomba estalló en una curva en la entrada de Erandio. Uno de los niños, Fabio, perdió la vida en el acto. Su hermano Álex sufrió quemaduras en una pierna y la perforación del tímpano. El padre tardó años en recuperarse de las heridas. Ha tenido muchas operaciones de espalda, de rodillas… y las terribles consecuencias psicológicas que han sufrido —y continúan sufriendo— todas las víctimas de la banda terrorista ETA.
Marco Moreno cuenta cómo su padre, guardia civil, era objetivo de la banda terrorista. «De pequeño cuando me preguntaban en el colegio de qué trabajaba decía por miedo que no lo sabía. Quería protegerle. Sabía que estaba amenazado«. Su padre iba a trabajar siempre en tren. «El vehículo sólo se cogía para la familia. La bomba estuvo tres días en el coche. Ellos (los terroristas) lo sabían de sobra… Siempre que mi padre arrancaba el coche nosotros estábamos a diez metros para evitarnos un problema. Él decía si me voy, me voy yo. Vosotros tenéis que seguir aquí».
Su padre fue a echar gasolina en Astrabudúa, una gasolinera que a esa hora estaba muy concurrida, minutos antes de que la bomba explotara: «Perfectamente podían haber hecho otro Hipercor». Hace referencia a la matanza —cuatro años antes— en el Hipercor de Barcelona. Un coche bomba cargado con 30 kilos de amonal, cien litros de gasolina, escamas de jabón y pegamento asesinó a 21 personas y dejó 45 heridos.
«Recuerdo cambiarle los pañales, jugar con él…»
Marco se emociona cuando señala que cada 7 de noviembre —este viernes se cumplen 34 años del atentado— suben al cementerio y van a misa: «Hay que hacerle su misa». Y sí, sí tiene recuerdos con Fabio: «Recuerdo cambiarle los pañales, jugar con él. Álex no se acuerda de su hermano. Él siente la pérdida de otra forma. A él le han quitado una parte de él, y a mí me han quitado una parte de lo que me hacía levantarme todos los días, que eran mis hermanos pequeños».
«¿Cómo puedo perdonar yo, que me han quitado el 50 por ciento de mi vida? Esa sonrisita todas las mañanas… y ahora qué. Ya no es sólo el hecho de que salgan libres, sino que encima son héroes… No es normal que a un ser que se dedica a asesinar tenga beneficios, que se le trate como a un héroe, como alguien magnífico y sin embargo la víctima… calladita y no molestes. Los viernes se reúnen para para hacer un homenaje a todos, pero a las víctimas… ¿quién se acuerda de las víctimas?».
«¿Por qué nos tenemos que callar nosotros?»
Denuncia con desgarro cómo se ha legitimado a ETA desde las instituciones: «Se ha permitido que se les blanquee en los colegios, que hagan lo que quieran y a nosotros se nos ha callado. A nosotros… no molestes, no digas nada, no inquietes, no… a ver si te van a decir algo. ¿Por qué nos tenemos que callar nosotros? Ellos tienen toda la voz y todo el voto… Es algo increíble».
Y señala a Bildu, el brazo político de la banda terrorista ETA, que son los «primerísimos» en el blanqueamiento a los terroristas, al PNV, que ha mirado siempre para otro lado, al PSOE… y al PP, la «marca azul» socialista. «El PP permitió que saliera el primer asesino de mi hermano (Francisco Javier Martínez Izaguirre, ‘Javi de Usánsolo’). No hicieron nada para no incomodar al entorno de Batasuna…». «Ahora mismo el Gobierno —de Pedro Sánchez— depende de Bildu. Bildu le quita su apoyo y se hunde. Entonces… ¿a quién hay que soltar? A los terroristas. Las víctimas tienen que pedir perdón y dar las gracias por los asesinados… cualquier día nos lo van a pedir».
«Te miraban como un apestado»
En esa sociedad vasca enferma de odio, su padre sufrió el señalamiento de personas muy cercanas que le culpaban del asesinato de su hijo. «Trabajas de… sabías que… y mira lo que ha pasado», le decían. «Te miraban como a un apestado». «La pena es que no mataron a tu padre, porque a tu hermano no tenían que haberle matado…» le llegaron a decir un par de años después de aquel 7 de noviembre.
«A mi padre le afectó muchísimo. Estuvo muy, muy, muy mal, pero gracias a un grandísimo amigo de la familia que ya no está con nosotros se levantó y dijo por mi familia tengo que salir adelante… y salió adelante». La familia le echó «dos cojones» y salió del agujero: «Nos ha importado una mierda lo que opine el resto del mundo».
«Quieren que se olvide»
En estas décadas de connivencia con el terrorismo ha tenido que leer que «ETA no asesina, ETA desinfecta»: «Estuve a punto de un ataque de ansiedad». Y sufrir la más absoluta vileza: «A mi hermano no le dedican una calle, pero enfrente de mi casa tengo un parque dedicado a un terrorista. Es un parque infantil que es ya para rematar un poco más la broma macabra».
El Gobierno vasco concedió el tercer grado al segundo asesino de Fabio, el etarra Juan Carlos Iglesias Chouzas ‘Gadafi’, uno de los terroristas más sanguinarios de ETA y quien colocó la bomba debajo del asiento del copiloto. Salió de la cárcel y se abrazó con su familia. «Yo no puedo abrazar a mi hermano. Sólo puedo mirar un trozo de piedra y una foto… quieren que nuestro martirio se olvide».