«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
El país está comenzando a diversificar sus socios de seguridad

La inestabilidad en Mali constituye una nueva amenaza migratoria para Europa

Conflicto en Mali. Europa Press

El 26 de abril, combatientes tuareg del Frente de Liberación de Azawad (FLA) filmaron, entre burlas, cómo una columna de tropas rusas abandonaba apresuradamente la ciudad de Kidal, en el norte de Mali. Los soldados del Africa Corps, la segunda marca que el Kremlin creó para reemplazar al Grupo Wagner tras la «sospechosa» muerte de Yevgeny Prigozhin; abandonaban la base que controlaban desde 2023 después de pactar su evacuación con el mismo enemigo al que se suponía debían vencer. No se trató precisamente de una retirada táctica.

Vladimir Putin había apostado por el Sahel como vitrina de su expansionismo africano. Mali era la joya de esa estrategia, un Estado que había expulsado a los franceses y abrazado a Moscú. Tres años después, el yihadismo vinculado a Al Qaeda echó a los rusos, asesinó al ministro de Defensa maliense y amenazó con bloquear la propia capital. El resultado es una derrota estratégica de primera magnitud que, sin embargo, no ha alcanzado la atención que merece.

Para entender la debacle rusa en Mali hay que retroceder en el tiempo y mirar al norte de África. La caída del régimen de Muamar Gadafi en 2011 tuvo consecuencias complejas, entre las que se encuentra el regreso a Mali de miles de combatientes tuareg que habían formado parte del aparato de seguridad del líder libio. Llegaron con la convicción de que era el momento de ajustar cuentas con Bamako. En 2012, los separatistas del Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA) se aliaron tácticamente con grupos yihadistas que ya operaban en el desierto sahariano y proclamaron la independencia del norte de Mali, un territorio que denominaron Azawad.

La respuesta del ejército maliense fue la desbandada. Un golpe de Estado en Bamako en marzo de ese año sumió al país en el caos institucional. Para enero de 2013, la coalición yihadista avanzaba hacia la capital. Fue entonces cuando Francia intervino con la Operación Serval, que frenó el avance yihadista y evitó el colapso total del Estado maliense. La misión fue luego ampliada a la Operación Barkhane, que durante casi una década mantuvo un frágil equilibrio en toda la región del Sahel. Esa arquitectura tenía grietas estructurales que fueron un caldo de cultivo para el yihadismo. Los golpes de Estado de 2020 y 2021 precipitaron el desenlace. La junta militar que tomó el poder, encabezada por el general Assimi Goïta, decidió romper con París y buscar en Moscú el respaldo que necesitaba para sobrevivir. En ese momento comenzó el experimento ruso en Mali.

Durante años, el Grupo Wagner operó en África basado en un modelo que trocaba seguridad por recursos. Putin lo convirtió en política de Estado: en la cumbre Rusia-África de San Petersburgo en 2023, firmó acuerdos de cooperación militar con decenas de naciones del continente. Moscú reorganizó sus operaciones bajo la etiqueta Africa Corps, subordinada directamente al Ministerio de Defensa ruso, con su cadena de mando excedida en burocracia y serias restricciones logísticas y presupuestarias. Moscú desplegó apenas unos dos mil efectivos para un territorio de 1.240.192 kilómetros cuadrados y un equipamiento que resultaba inadecuado para la guerra en el desierto. El más importante triunfo militar exhibible de los rusos en Mali había sido precisamente Kidal. La captura de esa ciudad en 2023 fue presentada como prueba de que donde Francia había fracasado, Moscú triunfaba. Esa narrativa se derrumbó con las burlas filmadas de los tuareg.

No son pocos los análisis que comparan lo que a Rusia le está ocurriendo en Mali con Afganistán, sobre todo en lo referido a la protección de la junta de Bamako y el aseguramiento de corredores de extracción de oro, dejando vastos territorios librados a la expansión yihadista y la subestimación de la capacidad adaptativa de la insurgencia. El JNIM y sus aliados tuareg han mostrado una sofisticación táctica que los análisis de inteligencia rusos no anticiparon: la ofensiva del 25 de abril fue simultánea en múltiples frentes como Kidal, Gao, la región de Mopti, Kati, y el ministro de Defensa Sadio Camara, principal arquitecto del acercamiento a Moscú, fue asesinado por un coche bomba del JNIM en su residencia de Kati. La caída de Kidal revirtió el mayor logro que Moscú podía mostrar como prueba de su eficacia en Mali. El daño reputacional al líder ruso es gigante.

El JNIM se formó en 2017 a partir de la fusión de varias facciones yihadistas activas en Mali y la región: el Frente de Liberación de Macina, Ansar Dine, el grupo Al-Mourabitoun y la rama sahariana de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Desde septiembre de 2025, el JNIM había impuesto un bloqueo económico progresivo sobre Bamako y las principales rutas de suministro del país, produciendo escasez de combustible, cortes eléctricos y el cierre de escuelas en amplias zonas.

La retirada rusa de Kidal es combustible para el JNIM. Ese territorio servirá para instalar campos de entrenamiento, construir redes logísticas y preparar la siguiente fase de expansión hacia los países costeros del Golfo de Guinea con consecuencias globales infinitamente más graves. El JNIM ha declarado el bloqueo sobre Bamako y busca instaurar la ley islámica.

Es en este contexto donde se está gestando una presión migratoria de enorme magnitud sobre Europa. Mali ocupa una posición central en las principales rutas terrestres que conectan el África subsahariana con Libia, el gran punto de embarque hacia el Mediterráneo y con la costa atlántica, corredor directo hacia las Islas Canarias. Ulf Laessing, jefe del programa Sahel de la Fundación Konrad Adenauer con base en Bamako, lo expresa sin ambages: Un vacío de poder de ese calibre es el ecosistema ideal para que traficantes y yihadistas gestionen juntos los flujos de personas. Los malienses ya llegaban en varias oleadas a las Islas Canarias, antes del desastre que ahora se avecina.

La inestabilidad de Mali empujará a millones de personas hacia Europa, que ya no sabe cómo gestionar lo que tiene y va a recibir más. El vacío de poder en el norte de Mali también beneficia directamente a las organizaciones criminales que gestionan las rutas migratorias. El escenario más temido no sería solo migratorio sino de seguridad, combatientes radicalizados con pasaportes de países de la región o de la propia diáspora europea que encuentran en esos territorios un espacio de entrenamiento y radicalización.

Existen señales de que Mali y sus aliados en la Alianza de Estados del Sahel estarían comenzando a diversificar sus socios de seguridad, explorando acuerdos con China, Turquía y algunos estados del Golfo. La historia de Mali en 2026 es, en el fondo, la historia de tres fracasos superpuestos: el fracaso europeo para construir una arquitectura de seguridad duradera en el Sahel; el fracaso de Putin para convertir África en el escaparate de su alternativa al orden internacional occidental; y el fracaso de los gobiernos africanos locales para construir gobiernos estables. De esos tres fracasos surge el gran peligro para Europa porque alimentan tanto al yihadismo como a la inmigración.

El retroceso ruso en Mali debería constituir una oportunidad estratégica para Washington. El problema es que otros ya están ocupando la sala de espera. China, Turquía y los estados del Golfo llevan tiempo tejiendo redes en el Sahel, con contratos de infraestructura, ventas de armas, acuerdos mineros, sin los condicionamientos que paralizan la política exterior occidental. Rusia puede estar perdiendo Mali, pero el Sahel no se está occidentalizando. Se está redistribuyendo entre potencias que tampoco van a resolver el yihadismo ni a frenar la inmigración. Occidente debería tomar nota de que la oportunidad que no aproveche hoy, mañana tendrá otro dueño.

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