«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Se han multiplicado los robos, altercados y la sensación de impunidad

La inmigración magrebí toma el control de Santa Catalina, barrio de Aranda de Duero: las trabajadoras de un supermercado no intervienen ante robos en el establecimiento

Supermercado de Santa Catalina. Redes sociales

Santa Catalina se está convirtiendo en una «no-go zone» dentro de Aranda de Duero. El barrio, uno de los más poblados de la localidad burgalesa, vive desde hace meses un clima de creciente inquietud vecinal por episodios de robos, altercados y sensación de impunidad en determinadas calles.

Un residente de la zona relata que la preocupación se concentra especialmente en el entorno donde actualmente se ubica un supermercado que será trasladado próximamente. Según explica, tras hablar directamente con varias trabajadoras del establecimiento, estas le aseguraron que no existe ninguna instrucción extraordinaria más allá del protocolo habitual: «El último que cierra es el encargado y nadie se va sólo; se quedan juntos hasta que él termina y se marchan todos a la vez».

No obstante, el mismo vecino sostiene que las empleadas sí reconocen que han optado por no intervenir ante hurtos dentro del local. «Permiten que se produzcan robos porque han tenido bastantes problemas y no están para ese tipo de situaciones», afirma. Añade que el supermercado cuenta con una empresa de seguridad privada, pero que los vigilantes «no dan abasto» ante la frecuencia de incidentes.

Aunque descarta que el establecimiento esté desprotegido formalmente, subraya que «ellas tienen miedo». A su juicio, el simple hecho de que se asuma el robo como algo cotidiano evidencia que «algo está pasando» en el barrio.

La tensión, según este testimonio, se focaliza en varias calles concretas: Pizarro, Hospicio y Santiago, donde asegura que se concentran más altercados. «Es justo en esa zona donde más se aglomera población magrebí«, explica, señalando que el barrio es diverso y que también hay vecinos de origen hispanoamericano y español, pero que «las problemáticas más frecuentes» se producen en esos puntos.

El residente insiste en que no se trata de un fenómeno generalizado en toda Santa Catalina, sino de áreas muy determinadas. «El resto del barrio no tiene problemas de bandas ni historias de ese tipo», apunta. Sin embargo, recalca que en las calles mencionadas la percepción de inseguridad ha aumentado notablemente.

El debate sobre la convivencia y la seguridad se produce en un contexto de cambios demográficos en la zona. Algunos vecinos consideran que la llegada de nuevos residentes no ha ido acompañada de medidas suficientes para garantizar la integración y la tranquilidad ciudadana.

Mientras tanto, la posible reubicación del supermercado ha alimentado las especulaciones sobre si responde únicamente a criterios empresariales o si la situación del entorno ha influido en la decisión. Oficialmente no se ha vinculado el traslado a problemas de seguridad.

Lo cierto es que, más allá de cifras oficiales, el relato vecinal refleja una preocupación creciente en determinadas calles de Santa Catalina, donde la convivencia se percibe cada vez más frágil y donde comerciantes y residentes reclaman mayor presencia y control para recuperar la normalidad.

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