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su muerte fue ocultada por un manto de propaganda favorable al terrorista

Las dos muertes de Francisco Anguas, el policía asesinado por Salvador Puig Antich

Entierro de Francisco Anguas. Foto: La Vanguardia
Entierro de Francisco Anguas. Foto: La Vanguardia

La mañana del dos de marzo de 1974, un verdugo inexperimentado manejó el sistema férreo y primitivo del garrote vil, causando en unos minutos la muerte del condenado Salvador Puig Antich. Ocurrió en la cárcel Modelo de Barcelona, concretamente en la sala de paquetería del citado penal. Había pasado sus últimas horas con un párroco de confianza, su abogado y algunos familiares. Se afirma que estaba convencido de que llegaría, a última hora, el indulto del Jefe del Estado. Su cuerpo yace desde entonces en un nicho del cementerio de Montjuic.

Salvador fue condenado por el homicidio doloso de otro joven, el subinspector de policía Francisco Anguas Barragán, de veinticuatro años. La Brigada Antiatracos, a la que pertenecía el funcionario, llevaba tiempo siguiendo las acciones delictivas de un grupúsculo operativo en la Ciudad Condal denominado MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), nacido en 1971 bajo la inspiradora batuta de Oriol Solé Sugranyes (exmilitante del PSUC exiliado en Toulouse) y de pensamiento antiestalinista y libertario. La célula barcelonesa era pequeña pero muy ideologizada y con ganas de acción. Puig Antich fue un activo militante, protagonista en varios atracos violentos, entre ellos el de una sucursal del Banco Hispano Americano en que disparó contra algunos empleados. Ante el tribunal que le enviaría a la muerte, confesó su participación en no menos de siete asaltos.

El MIL se presentaba como una organización armada, con la misión fundacional de ejercer la violencia contra la dictadura y la sociedad burguesa. Su obrerismo no se detenía en asambleas universitarias o huelgas ilegales, sino que encontraba, precisamente, en la violencia el mejor modo de combatir el sistema. Así lo constató otro militante, Jean-Marc Rouillan, quien pasado el tiempo declararía: «No nos íbamos a dejar detener sin resistirnos con nuestras armas. [Puig Antich] no era inocente. Ninguno de nosotros lo era. Habíamos elegido combatir a la dictadura con las armas». Se explayaría también en esa entrevista sobre la mentalidad del grupo y sus aguerridas certezas: «Todo el mundo que cree que Salvador es inocente se equivoca y va en contra de sus convicciones. Los compañeros del MIL íbamos siempre armados y todo el mundo estaba muy seguro de disparar a la policía. Lo había hecho Oriol Solé Sugranyes, Jordi, yo mismo… todos nos enfrentamos en un momento u otro a la policía. Yo creo que Puig Antich decidió hacer una resistencia individual y disparó, como todos habríamos hecho».

Su ejecución provocó quejas internacionales, como la del canciller alemán Willy Brandt o la del Papa Pablo VI. En España, se convocaron manifestaciones de protesta, naciendo así el mito político, el mártir creado por una dictadura que se desmoronaba y que, con una ejecución sumaria, parecía resistirse cual gato panza arriba. Mito porque, a partir de tal episodio, la izquierda construyó interesadamente y para consumo interno un retrato del ejecutado, digamos, algo alejado de la realidad. 

Volvamos a Francisco Anguas, el caído menos célebre. El veinticinco de septiembre de 1973, formaba una patrulla que se disponía a capturar a miembros del MIL por el atraco a la sede bancaria antes mencionado. Lo que sucedió esa jornada ha sido pasto de conjeturas, denuncias y sospechas por parte de la prensa y la familia (no toda) del ajusticiado. En la calle Gerona, barrio barcelonés del Ensanche, aparecieron los sospechosos, pero, inesperadamente para las fuerzas de seguridad, Salvador les acompañaba. Los agentes trataron de detenerlos y Puig Antich se resistió. Hubo una trifulca y los policías decidieron llevarles al interior de un portal adyacente, el número 70. En el interior se produjo un tiroteo desigual: Salvador, a quien le habrían arrebatado una pistola, cayó al suelo, sacó otra arma oculta y disparó sobre Francisco. El delincuente fue alcanzado por dos proyectiles. Ambos hombres fueron trasladados al Hospital Clínico. El subinspector ingresó cadáver y el terrorista recibió el alta médica unos días después, ingresando ya en la Modelo.

Anguas tuvo una vida y dos muertes, la física y la del olvido. Ocultas ambas bajo un manto de propaganda favorable a Puig. El mismo Pablo Iglesias recordó solemne al barcelonés hace unos años, dándole las gracias «por ser un ejemplo». Bien, esto no ha de sorprendernos mucho, conocemos la estirpe del personaje. Pongamos, pues, luz sobre el funcionario acribillado. Natural de Sevilla, donde descansa, ingresó en el Cuerpo General de Policía en 1970. Tras pertenecer a la escolta del Príncipe Juan Carlos, pidió más tarde el traslado a Barcelona, ingresando en una brigada de riesgo durante una época de famosos atracadores. A su funeral en Barcelona asistieron más de cinco mil personas y en 2005 (Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero) se le ascendió a inspector jefe a título póstumo.

Marcos Ordóñez, crítico de El País, conoció a Anguas y lo relata en un artículo de 2006: «Paquito era un policía atípico. Es decir, que escapaba del cliché habitual del poli franquista. […] Anguas era flaco, pequeñito, pelirrojo, con la cara sembrada de pecas. Parecía el hermano menor de los Hollister. Tenía entonces 23 años, aunque aparentaba menos. Le apasionaban las mismas cosas que a mí: el cine y los libros, sobre todo. Me sorprendió muchísimo, en nuestro primer encuentro, que reparase en el libro que yo llevaba, Le Cinéma selon Hitchcock. […] Comenzamos a hablar de Hitchcock y de Truffaut mientras yo me preguntaba qué demonios hacía aquel tipo en la Policía». 

Ordóñez nos da algún detalle personal más del malogrado e ignorado policía sevillano: «Mi segundo encuentro con Anguas tuvo lugar en un cine de la quinta puñeta. Un cine de barrio, en Horta. Anguas me llamó a casa. Estaba muy excitado. Había que ir a aquel cine, imperativamente, porque daban una obra maestra, largo tiempo fuera de circulación: Viento en las velas, de Alexander Mackendrick, una de sus películas favoritas. Fuimos juntos. Era, realmente, una obra maestra. Me trajo dos libros. […] No pude devolvérselos. No hubo tiempo».

El mito Puig Antich tiene un colofón simbólico, digno de los tiempos pasados y presentes. Hay algunas víctimas mejores que otras. Esa indignidad politizada que enaltece, en el asunto que nos ha ocupado, a un asesino por el hecho de su inaceptable y cobarde ajusticiamiento, el garrote vil de un régimen execrable. El ayuntamiento de Barcelona le dedicó en 2014 una plaza y un monumento con su nombre. Según consta en la web del consistorio, se trata de «una alegoría a la libertad». Más bien diría que, en realidad, es un lugar de lúgubre memoria, ditirambo del crimen ideológico

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