Las víctimas de maltrato que cuentan con pulseras telemáticas han vivido el último año bajo la sombra de la incertidumbre. Los dispositivos, que deberían garantizar su protección frente a sus agresores, han registrado fallos graves que han dejado a muchas mujeres en situación de desamparo. Varios testimonios recogidos por La Razón muestran la frustración de las afectadas y la ausencia de autocrítica por parte del Ministerio de Igualdad.
«Mi maltratador estaba delante y no saltó ninguna alarma«, relata una de estas mujeres, que llamaba constantemente al 091 para pedir auxilio.
El miedo las obliga a permanecer en el anonimato. «Suficiente tenemos y hemos sufrido cuando nos tachaban de locas por quejarnos de las deficiencias del servicio«, explica otra víctima. Asegura que en un principio no quería usar la pulsera, pero acabó cediendo ante las presiones de sus familiares.
Una de ellas lo define como «doble victimización«. Pasó noches enteras sin dormir por las falsas alarmas, y en una ocasión vio a su expareja frente a su casa tras volver del trabajo. Avisó a la Policía, pero los agentes le aseguraron que era imposible, ya que «no había saltado ninguna alarma». Finalmente, tras insistir, una patrulla acudió y comprobó que el agresor estaba efectivamente incumpliendo la orden de alejamiento.
Otro testimonio expone cómo un maltratador llegó a manipular y romper el dispositivo sin que el sistema generara ningún informe. «Durante meses creí que estaba protegida y en realidad no lo estaba», asegura esta mujer. La portavoz del Sindicato Unificado de Policía (SUP), Nadia Pajarón, confirma que hay pulseras que dejan de funcionar hasta tres días.
Los fallos tienen consecuencias directas: al asignarse una pulsera, la Policía reduce el nivel de riesgo de la víctima y disminuye las medidas de protección al considerar que está «bajo control». Una confianza que, a la vista de lo ocurrido, resulta más que cuestionable.
Los errores también afectan a los maltratadores, con falsos positivos que hacen saltar alertas de quebrantamiento de condena. «En esos casos se contacta de inmediato con el agresor y algunos nos demuestran que llevan la pulsera puesta y el dispositivo encima», señalan fuentes policiales. Incluso se han registrado problemas de batería que obligan a interrumpir la jornada laboral para recargar el aparato.
«Estos dispositivos no están para estigmatizar al maltratador ni para dificultar su trabajo: su único fin es dar protección a la víctima», recuerdan las mismas fuentes. Pero con los fallos actuales, no cumplen ninguno de esos objetivos. Y lo más grave, advierten, es que «mientras tanto, las víctimas siguen en riesgo«.