«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
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COINCIDIENDO CON EL SEGUNDO ANIVERSARIO

Biden se inventa la muerte de cinco policías en el asalto al Capitolio en 2021

El presidente de EEUU, Joe Biden. Reuters

Objetivamente, medido por sus resultados políticos reales y tangibles, el asalto al Capitolio de partidarios de Donald Trump el 6 de enero de 2021 fue una bendición para el régimen, una inagotable fuente de hiperlegitimación de una Administración demócrata que llegaba tras unas cuestionables elecciones y que inmediatamente uso el asalto –la «insurgencia»– como coartada para censurar y atacar sin piedad a su oposición. Fue, de hecho, tan útil que apostamos diez contra uno a que la actual algarada brasileña va a copiar milimétricamente el modelo.

Y Biden, naturalmente, ha conmemorado el aniversario con todo el «pathos» de que ha sido capaz. Y, también naturalmente, inventándose la historia con desparpajo. Así, el líder del grupo demócrata en la Cámara quiso hacer un sentido homenaje a los «cinco heroicos agentes que ese día perdieron la vida» en el cumplimiento del deber. Emocionante, si no fuera porque la cifra de agentes asesinados en tal ocasión no fue de cinco. No, la cifra ascendió a cero, para ser totalmente precisos.

Siguen hablando de esos cinco agentes fantasmales muertos, aunque es cuestión de ir a mirar, no murió un solo agente en una ocasión en la que, como muestran decenas de vídeos, los policías parecían extraordinariamente acogedores y serviciales con los «insurgentes».

Pero, ¿a quién le importa? Desde luego, no a Biden, que habló de «esas personas y las personas que representan a aquellos que no pudieron estar aquí porque dieron sus vidas por esto, es increíblemente importante. Y no se trata de política; son hechos históricos».

Solo que, una vez más, no lo son, aunque para que lleguen a serlo solo hace falta que allí también se apruebe una ley de memoria democrática. Ningún policía resultó siquiera herido en ese «nuevo Pearl Harbour». Aunque, en realidad, sí hubo una víctima mortal, aunque no contengan el aliento esperando que alguien de la Administración pronuncie su nombre: Ashley Babbit.

Babbit, veterana del Ejército, desarmada, fue disparada en el cuello a corta distancia por el agente del Capitolio Michael Byrd, un oficial con un conocido historial documentado de negligencia grave con un arma de fuego. Byrd admitió más tarde que no tenía ningún indicio de que Babbitt, que no representaba una amenaza visible, llevara un arma, pero la mató igual.

Si se tratara de cualquier otra circunstancia, lo que hizo le llevaría a perder inmediatamente su cargo y a comparecer ante un tribunal acusado de homicidio. Pero eso hubiera dañado la narrativa, así que los medios convirtieron a Byrd en héroe por matar a bocajarro a una mujer desarmada.

El 6 de enero fue una trampa, y funcionó maravillosamente. Aunque las posibilidades de que aquella esperpéntica multitud (¿recuerdan el hombre búfalo? Los brasileños también tienen uno) tomara el control del Gobierno norteamericano era exactamente de cero, los medios y los políticos siguen pretendiendo que fue un intento de golpe de Estado en toda regla que justifica las medidas más draconianas «para defender la democracia». Y, ya que estamos, para detener al «cerebro gris» de la maquiavélica operación, Donald Trump.

Hasta ahora, el mito ha dado mucho de sí. Para empezar, el Pentágono de Biden llevó a cabo una purga política sin precedentes de todo el Ejército estadounidense. El FBI y varias agencias de inteligencia aumentaron su control sobre los medios de comunicación, y el Departamento de Justicia ha procesado y encarcelado a cientos de manifestantes políticos no violentos por tener opiniones equivocadas. Las mentiras sobre el 6 de enero, que han sido implacables, han permitido que algunas de las personas más liberticidas del país hagan trizas los derechos y libertades fundamentales. ¿Está Lula tomando nota?

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