
Por primera vez desde 2019, The Walt Disney Company ha presentado este año ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos un informe empresarial que no menciona la palabra «diversidad» ni la fórmula «diversidad, equidad e inclusión» (DEI), lo que evidencia el giro que ha tomado una de las compañías que, hasta ahora, estaban más asociadas al activismo woke. Las únicas alusiones a la «equidad» aparecen en términos financieros.
Este cambio contrasta con la memoria del año anterior, en la que la empresa dedicaba una sección entera a la DEI, prometía «equipos que reflejen las experiencias vitales de nuestro público» y presumía de impulsar una amplia variedad de voces dentro de sus departamentos creativos y de producción.
La compañía llegó a alinearse con los sectores más radicales del activismo woke, incluso en su confrontación pública con el gobernador de Florida, Ron DeSantis, por la conocida —y manipulada en los medios de comunicación— “Ley No Digas Gay”. Pese a que la norma se limitaba a impedir que los colegios adoctrinaran en identidad de género y orientación sexual a niños menores de ocho años, Disney pidió su derogación o anulación judicial, con el respaldo explícito a organizaciones involucradas en ello.
Y su producción también adoptó un rumbo ideológico evidente. Clásicos como Dumbo o Los Aristogatos incorporaron advertencias sobre «caricaturas racistas», el estudio multiplicó sus personajes no binarios, los superhéroes adolescentes procedentes de minorías, las revisiones feministas de cuentos clásicos y las reescrituras forzadas de letras históricas para ajustarlas a la cultura del consentimiento. La prioridad pasó de entretener al público infantil a satisfacer la agenda identitaria.
El resultado fue un desastre comercial. El remake ideologizado de Blancanieves y la versión “actualizada” de La Sirenita fracasaron. Marvel encadenó pérdidas. Y en 2023, los propios directivos reconocieron ante los inversores que existía una «desconexión» entre su oferta y lo que el público quería ver.
A partir de entonces, la marcha atrás se aceleró. Las advertencias «reeducativas» de sus películas desaparecieron de forma casi inadvertida. Disney se retiró de la coproducción de Doctor Who tras las quejas de que la serie era «demasiado progresista». Además, este verano la compañía cerró un acuerdo extrajudicial con Gina Carano, despedida en su día por defender posiciones republicanas y negarse a reuniones obligatorias de empleados LGBT.
Nada indica que Disney vaya a abandonar por completo su ideología previa, pero sí parece reconocer que la imposición cultural ya no funciona. El público, y especialmente las familias, no quieren transformar cada película infantil en un panfleto político. Si la industria aprende la lección, el balance puede ser positivo: menos adoctrinamiento, más historias de calidad. Y quizá, tras años de militancia disfrazada de entretenimiento, vuelvan las buenas películas.