La historia de Aaron Barry se volvió viral en estos días. Se trata de un joven poeta que orquestó durante años una mascarada destinada a ridiculizar a la industria editorial. Barry se dio cuenta de que las editoriales lo discriminaban sistemáticamente y que no tenía oportunidades de triunfar siendo un hombre occidental, blanco y heterosexual. Observó que las convocatorias tenían «requisitos realmente extraños y bastante específicos» destinados a ciertos grupos demográficos, de identidades étnicas o sexuales, y que no pertenecía a ninguno de ellos.
Esto lo decidió a inventar un verdadero ejército de seudónimos, siendo «Jasper Ceylon» el más duradero y famoso, pero los nombres son muchísimos. Escribió como «Dirt Hogg Sauvage Respectfully» o como «Adele Nwankwo» —que era un poeta incomprendido de género fluido de la diáspora nigeriana—. Bajo estos seudónimos, Aaron Barry publicó profesionalmente casi medio centenar de poemas en prestigiosas revistas literarias.
Lo más provocador es el hecho de que Barry, deliberadamente, escribió cosas de una calidad abominable. Según su propia descripción, su obra es ridícula, procaz, prejuiciosa, inconexa, aburrida y varios adjetivos horribles más. Con la firma de alguna de sus personalidades «oprimidas» enviaba estas piezas que comenzaron a formar parte de las más prestigiosas revistas del rubro. Cuanto más horrible escribía, más elogios recibía de los editores.
La historia fue revelada por la revista The Free Press en un reportaje en el que Barry contó que se inspiró en otros engaños literarios como el de Ern Malley de 1943, donde los escritores conservadores James McAuley y Harold Stewart publicaron parodias de poesía modernista para burlarse del género. Allí Barry detalla que la prueba más devastadora de su teoría llegó cuando se decidió a ampliar el experimento y envió varias de sus composiciones bajo la identidad de «un hombre blanco de apariencia normal», todas las cuales fueron rechazadas. Posteriormente, envió exactamente los mismos poemas bajo la identidad de «personas encantadoramente LGBTQ+ o BIPOC (black, indigenous and people of color) y fueron aceptados. Según se iba internando en los vericuetos de la industria y de su sesgo discriminador, Barry se dio cuenta de que la discriminación no se limitaba a las aceptaciones. Descubrió que tenía más beneficios económicos tanto en mayores ganancias como en menores costos de producción si se presentaba con alguna de sus identidades «no blancas».
La evolución de este siglo de la nefasta práctica conocida como “discriminación positiva” sirve para entender por dónde discurre la moda dentro de la ideología woke y de sus luchas intestinas. Por épocas, los privilegios pasan del colectivo feminista al queer o a algún grupo étnico, ya sea oriental, africano o latino. Sabido es que dentro de las sucesivas olas de feminismo, se ha llegado al punto en el que las mujeres pasaron de ser las más oprimidas del mundo (durante los años de apogeo del #MeToo) a ser hoy un grupo de supremacistas malditas por pretender que los hombres no se metan en sus baños o compitan con ellas en las mismas categorías deportivas. Las cosas cambian vertiginosamente en Wokelandia.
Por ejemplo, existió un caso reciente en el que el sesgo discriminatorio estaba dado por la condición femenina cis: el caso de Carmen Mola. Carmen Mola se convirtió en la revelación de la novela negra española desde 2018, escribiendo una novela por año: «La novia gitana», «La red púrpura» (2019) y «La nena» (2020). Su pluma cruda y atrapante cautivó a los lectores, alcanzando récords de venta y siendo traducida a varios idiomas. Las novelas tenían como protagonista a la inspectora Elena Blanco, y las historias no ahorraban en horrores: asesinos que metían gusanos carnívoros en el cerebro de las víctimas, psicópatas que secuestraban niños para hacerlos pelear a muerte.
Más allá de la truculencia, Carmen Mola se transformó en un ícono de la literatura feminista, una mujer que no temía contar sin despojo la crueldad del mundo criminal. Las bibliotecas feministas la tenían entre sus preferidas, sobre todo por su marketinera pero acertada inclusión de la problemática LGBTQ+ en sus relatos. Era el modelo a seguir, la contrahegemónica, la distinta que ponía su perspectiva femenina empoderada en primer plano. Uno de sus aciertos más calculados fue incluir elementos de la ideología LGBTQ+ como si se tratara de una receta para ser incluida en bibliotecas, reseñas y circuitos específicos.
Cuando Carmen Mola ganó el millonario Premio Planeta 2021 con «La bestia», llegó el momento de la verdad. Al retirar el premio, se presentaron los tres hombres que habían pergeñado el engaño: Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero. El mundo del activismo feminista les dedicó una miríada de insultos y agravios. La librería «Mujeres & Compañía» de Madrid publicó un video mostrando cómo se deshacían de los libros de Mola. El Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha había recomendado sus libros como «lecturas feministas», y la revista Elle había recomendado sus obras por estar «escritas por mujeres». El absurdo quedó completamente expuesto: no querían el trabajo de Mola por sus virtudes literarias, sino sólo porque supuestamente lo había escrito una mujer. Un acto de condescendencia monumental.
Para la época en la que el sesgo privilegiado estaba anclado en el colectivo queer, destaca el caso de 1996 del físico Alan Sokal que inventó un engaño similar para exponer la inconsistencia de las publicaciones académicas a las que acusaba de privilegiar lo políticamente correcto. Escribió un artículo titulado «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica» (Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity), donde afirmaba que la fuerza de gravedad era un constructo social que determinaba el comportamiento de la sociedad. El artículo fue exitosamente publicado.
¿Y cómo olvidar el ejemplo de 2017, cuando James A. Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose escribieron artículos académicos con temática queer y de género para exponer la locura que se había apoderado del mundo académico? También inventaron a una autora mujer, Helen Wilson, para que publicara artículos como «Reacciones humanas a la cultura de la violación y la performatividad queer en los parques urbanos para perros en Portland, Oregón» (Human reactions to rape culture and queer performativity at urban dog parks in Portland, Oregon), publicado con honores en la revista Gender, Place & Culture.
Con el crecimiento del identitarismo étnico y racial, el sesgo descolonizador cobra protagonismo en todos los aspectos de la cultura corporativa, desde Netflix hasta las publicidades de Jaguar. Por eso, quizás el episodio más revelador del experimento de Barry fue la saga de su novela «Femoid». La obra seguía la tumultuosa vida interior de Savoy, una mujer birracial con muchos desequilibrios emocionales. Durante todo el proceso de edición —realizado por correo electrónico— Barry sostuvo que el libro se basaba en sus propias experiencias como mujer birracial. Cuando la verdad salió a la luz, la firma editorial retiró inmediatamente «Femoid» de las librerías, acción que resulta reveladora, dado que abiertamente el editor mostró su enojo porque “hacía años que no publicaba a autores blancos” y declaró que de haber sabido que el autor era blanco no habría aceptado el libro.
Hace unos pocos meses, Barry decidió que era hora de revelar su embuste, para lo cual ideó una trampa final. Escribió la revelación en Substack bajo uno de sus seudónimos: Jasper Ceylon, pero para atraer tráfico, pergeñó una estrategia retorcida en la que orquestó «filtraciones» y esparció rumores destinados a hacer enojar a distintos miembros de la industria. La estrategia funcionó perfectamente. Las quejas de los editores afectados que inundaron las redes sociales atrajeron la atención hacia la obra de Barry, y en dos semanas la controversia se había extendido más allá de la escena literaria independiente, llegando incluso a podcasts populares.
La ironía suprema del caso Barry es que su éxito como impostor reveló exactamente lo que pretendía demostrar. Logró, gracias a su nutrido grupo de personas «no blancas» inventadas, infiltrarse en espacios de poder privilegiado para exponer cómo una industria supuestamente progresista había creado sus propios sistemas de discriminación racial, donde el valor artístico quedaba subordinado a la identidad del autor. Y lo más devastador de todo es que funcionó tan bien que incluso los poemas más execrables encontraron espacio editorial, siempre y cuando vinieran envueltos en la identidad correcta.
La historia de los seudónimos y de la escritura fantasma es muy antigua. Algunos casos son célebres: Honorio Bustos Domecq es un autor prolífico y genial que jamás existió y fue sólo la genial combinación de las plumas de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Fernán Caballero es el seudónimo detrás del cual se escondía la escritora Cecilia Böhl de Faber. Aurore Lucile Dupin de Dudevant inventó a un señor: George Sand, para que firmara sus obras y Mary Ann Evans creó a George Eliot para que se quedara con el crédito de sus piezas. Muchos autores inventan una identidad para firmar sus trabajos por las razones más diversas.
Pero lo que tienen en común Aaron Barry, Sokal, Lindsay, Boghossian y Pluckrose, así como Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero es que se propusieron usar la estupidez progresista a su favor ya sea para burlarse o para sacar rédito. Y todos fueron muy exitosos en su empresa. En cada caso destruyeron narrativas y expusieron los privilegios de las categorías «oprimidas», al tiempo que dejaban al descubierto cómo las políticas de acción afirmativa degradan la calidad de lo que tocan.
Cuando las industrias culturales o académicas abrazan la discriminación positiva, ocurre algo predecible: su propio sesgo las vuelve vulnerable a engaños tan simples como ridículos. Un sistema que puede ser timado con facilidad por impostores que ni siquiera se molestan en crear contenido de calidad no solo exhibe una fragilidad conceptual asombrosa: revela que ha perdido completamente el rumbo. Cada ola de corrección política ha parido a sus propios impostores, revelando la debilidad de estructuras que premian la impostura por encima del talento, y la identidad por encima del mérito.
Los impostores, paradójicamente, se han convertido en los únicos capaces de mostrar la verdad desnuda.