Pequeña anécdota: en una visita realizada a Argentina, Hugo Chávez le dijo a Cristina Kirchner que tenía que quitar el monumento a Cristóbal Colón, una joya escultórica de 623 toneladas de mármol de Carrara y 26 metros de alto, compuesta por la imagen del descubridor de América hecha en un solo bloque, y una riquísima base escultórica que representa a la Ciencia, el Genio, la Civilización, la Fe y el Porvenir. La estatua de Colón había sido emplazada hacía casi un siglo, mirando al Río de la Plata desde la Casa Rosada, inaugurada pocos años antes y era parte fundamental de la iconografía argentina.
“¿Qué hace ahí este genocida?” había espetado el venezolano, y la entonces presidente argentina le obedeció rauda, arrancando vilmente de su lugar aquella belleza de la sede presidencial. Impúdicamente, se desmontaron 250 piezas de la estatua, generando un repudio generalizado y una polémica que aún persiste, con marchas y demandas para que Colón volviera a su lugar original. Lo que pretendió ser su reemplazo fue una donación de otro tirano, Evo Morales. Se trataba de un homenaje a Juana Azurduy, hecho de vigas de hierro, tubos de bronce y bulones de acero inoxidable; un adefesio que se degradó a los pocos meses y que tuvo que ser removido sin que a nadie le interesara su derrotero. Pero el brutal daño perpetrado a la monumentalidad argentina por estos tres delincuentes: Chávez, Kirchner y Morales, había sido consumado.
La desconmemoración es un movimiento de destrucción o modificación profunda de las representaciones monumentales en el espacio público. Se manifiesta en la hostilidad hacia los iconos de conmemoración desde agresiones violentas, hasta la desfiguración iconoclasta o el abandono programado de dichos monumentos como depositarios de un privilegio que desafía la caducidad de la vida.
El historiador Guy Beiner, especialista en estudios contemporáneos sobre la memoria social, denomina “decommemoration” o desconmemoración a esa política activa y consciente de borrar, suprimir o resignificar conmemoraciones y, en consecuencia, eliminar símbolos o nombres de la memoria colectiva. Beiner desarrolla la idea de que la desconmemoración no es un olvido pasivo ni orgánico, sino un acto deliberado que refleja luchas de poder.
No se trata de un fenómeno inédito, se relaciona con otras prácticas como el famoso “damnatio memoriae” mediante el cual se eliminaban estatuas, inscripciones y cualquier referencia pública a figuras caídas en desgracia en la antigua Roma. Lo novedoso de este enfoque es la idea de que la desconmemoración puede ser resistida por comunidades que no reconocen como legítima la intención de imponer una memoria oficial, de arriba hacia abajo, o de arruinar el patrimonio histórico trascendente para el beneficio coyuntural de un político o de un proyecto ideológico. La desconmemoración es un fenómeno que tuvo su apogeo hace unos años, coincidiendo con el cenit de la ideología woke, y persiste en aquellos lugares donde la izquierda identitaria conserva el poder, dado su inestimable servicio a la causa de la polarización. Tal es el caso del actual gobierno español.
Las reflexiones de Beiner se inscriben en el campo de los estudios de memoria, que viene experimentando una notable efervescencia como los señala Bertha Mendlovic en ¿Hacia una ‘nueva época’ en los estudios de memoria?. En efecto, la memoria social se ha convertido en un campo de batalla política, donde la conmemoración y la desconmemoración forman parte de un complejo sistema de obstrucción y resemantización donde diferentes proyectos políticos compiten por imponer su cosmogonía.
En este sentido, resulta evidente que todo monumento es una crónica. La monumentalidad es un atributo clave de las sociedades que buscan inmortalizar su historia, creando estructuras de porte que representan poder, ritualidad, triunfo, seguridad o sacralidad. En esta línea han de sumarse los mausoleos monumentales, que funcionan no sólo como tumbas, sino como declaraciones de gloria y trascendencia. Pero las edificaciones grandiosas, que generan asociación paisajística inmediata, son también elementos vivos en la memoria de los individuos en la medida en que pasan a formar parte de la cotidianidad e identidad, patrimonializándose. Cuando un monumento se patrimonializa, las condiciones de producción del mismo, así como las tensiones alrededor de esas condiciones pasan a un segundo plano, en tanto el monumento ya es parte de la vida y geografía de esa sociedad.
Por ejemplo, el Mausoleo de Halicarnaso, erigido hacia el 350 a.C., es el origen mismo del término “mausoleo”. Construido en honor a Mausolo, sátrapa del Imperio Persa, fue una obra de escala colosal y refinamiento extremo. Por supuesto Mausolo tuvo enemigos y una vida llena de enfrentamientos, pero lo que nos queda de todo aquello es la fascinación de lo que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. Ese valor patrimonializado hace que, como legado, se proteja la magnificencia de las piezas que quedan en el Museo Británico.
El Panteón de Roma, templo dedicado a todos los dioses y luego recinto fúnebre de ilustres personajes, representa el pináculo de la ingeniería romana que refuerza el prestigio eterno de sus ocupantes. Desde ya que, desde el 27 a.C. en que lo manda a construir Marco Agripa hasta la reconstrucción ordenada por Adriano en el siglo II d.C., el imperio, sus gobernantes y resto de habitantes estuvieron envueltos en toda clase de conflictos y truculencias de las que esta obra fue parte. Pero todo empalidece frente a su grandiosidad y perfección geométrica, que es lo que prevalece cuando se observa su óculo central pensado para conectar la luz del cielo con el espacio sagrado.
La tumba de Qin Shi Huang, primer emperador de la China unificada, muerto hacia el 210 a. C., es una de las manifestaciones más espectaculares de la monumentalidad funeraria. Este sepulcro está plagado de versiones que hablan de un mundo subterráneo con ríos de mercurio, cielos estrellados de perlas y trampas mecánicas letales. A un kilómetro y medio está el famoso Ejército de Terracota que custodia a Qin Shi Huang en el más allá, una formación de batalla compuesta por tres fosas de hasta ocho metros de profundidad. Allí hay, entre otras representaciones, más de 8000 soldados de gran porte, 150 caballos y 130 carros tirados por otros 520 caballos, junto con otras figuras no militares, como funcionarios y artistas. Más de 700.000 personas participaron en esta construcción, la mayoría de las cuales perecieron horriblemente en ella. Qin Shi Huang, el homenajeado por este monumento, fue un crudelísimo tirano, pero esto no fue impedimento para que en 1987 todo el conjunto monumental fuera designado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Todos los monumentos que trascienden conmemoran una historia y todas estas historias tienen controversias, luces, sombras, glorias y miserias, pero ¿a alguien se le ocurriría destruir, ocultar o resignificar estos monumentos? Bueno, sí, se le ocurrió a ISIS en 2015 destruir el templo de Bel, construido en el año 32 a.C, pero esto ayuda a entender la mente de los desconmemoradores. Por delirante que parezca, el ejercicio hipotético de pensar en atacar el Panteón o el Ejército de Terracota es necesario para entender la mezquindad y resentimiento que encierra la iconoclastia, que implica desconocer la función de apropiación simbólica que los pueblos hacen de sus monumentos más allá del origen mismo de murallas, pirámides, obeliscos, estatuas o sepulcros.
Sin embargo la desconmemoración se está cobrando una nueva víctima. El Valle de los Caídos, uno de los mausoleos monumentales más importantes del mundo, sufre un programado y brutal abandono, sometimiento al que se sumará una “resignificación” diseñada por el inefable gobierno de Pedro Sánchez, que busca transformarlo en un “centro de interpretación” según la no menos inefable Ley de Memoria Democrática de 2022.
El Valle de los Caídos es un imponente conjunto monumental integrado en el paisaje, con una basílica excavada en roca viva, que demandó la extracción de más de 200.000 metros cúbicos de roca. Alcanza 260 metros de longitud desde la entrada hasta el coro en donde se pueden apreciar tapices flamencos del siglo XV y seis capillas laterales. La entrada tiene una puerta de bronce de 10 por 5 metros, con bajorrelieves, flanqueada por vestíbulos de 11 metros de altura. Sobre la basílica se alza la cruz más alta del mundo, con 152,4 metros de altura y brazos de 46,4 metros que se apoya sobre múltiples figuras escultóricas también de dimensiones descomunales. Un funicular se instaló para lograr un completo recorrido de la obra, pero la dejadez lo tiene fuera de servicio. El monumento incluye una abadía, una hospedería y otros edificios aledaños además de un viacrucis de casi 5 kilómetros con 2.300 escalones y una gigantesca explanada frontal. Todo, todo, absolutamente todo lo enumerado desnuda un vil abandono.
Al igual que en los casos anteriores, la obra, ordenada por el general Francisco Franco, es en sí misma una crónica. No existen monumentos de esta característica que no lo sean. Y si bien ha sido víctima de la iconoclastia Stonehenge, un monumento megalítico construido a principios de la Edad del Bronce; siendo la construcción del Valle de los Caídos bien reciente, dicha crónica está más expuesta a la controversia. Pero la crueldad desconmemorativa se agrava cuando proviene, no de trasnochados grupos antifa o de ISIS, sino del Estado español, aún más considerando que allí descansan los restos de decenas de miles de españoles de ambos bandos de la guerra civil.
Las políticas contra la monumentalidad en espacios públicos han sido bien estudiadas. Según Claudio Alvarado Lincopi e Ivette Quezada Vásquez pueden clasificarse como: Derribar, que sería la negación radical del monumento; Sustituir, para ocupar el espacio con narrativas contrarias a su creación; y Saturar, con intervenciones que anulen su valor. A su vez, los sociólogos Tracy Adams y Yinon Guttel‑Klei amplían esta enumeración con prácticas como la desacralización, el reencuadre o la obsolescencia incitada. Todas estas prácticas, no obstante, pueden funcionar, paradójicamente, como una forma de recuerdo en resistencia, manteniendo el interés en los monumentos conmemorativos como ocurrió con el caso de la estatua de Colón. La misma deshonra que estas acciones ocasionan al monumento le devuelven visibilidad e importancia y pueden desencadenar nuevos actos de memorialización.
Por ejemplo, la desconmemoración que se incitó a raíz del movimiento Black Lives Matter desbordó el vandalismo antimonumental, convirtiéndose rápidamente en vandalismo puro y simple, hasta transformarse en una oleada criminal que fue aupada con condescendencia por las élites gobernantes. Pero esa permisividad, cuando no complicidad, fueron las que generaron una reacción de la sociedad. Hoy dicho movimiento está envuelto en el desprestigio asociado a su violencia y a los innumerables actos de corrupción y delitos cometidos por sus promotores y fundadores.
Si el objetivo de la desconmemoración es revocar las jerarquías de la historia que cuentan los monumentos, conviene recordar que la imposición de una memoria desde el Poder genera, tarde o temprano, una reacción. Toda resignificación impuesta por los gobiernos representa una imposición ideológica que niega el acumulado emocional sedimentado en la sociedad, que no es revocable por la simple decisión de un político.
El valor histórico de un monumento, una vez patrimonializado, impide que la política actúe como árbitro único del recuerdo. Los desconmemoradores, además, serán incapaces de crear nada, negados por su mezquindad a toda trascendencia. Y, como en el caso de la estatua de Cristóbal Colón, es posible que al maltratar la monumentalidad del Valle de los Caídos, logren un efecto contrario de victimización y visibilidad. Pero el daño al patrimonio escultórico ya se habrá consumado. Eso será imperdonable.