
Hace un tiempo se hizo viral una desenfadada imagen de la WNBA: una hermosa jugadora, con gesto imperturbable, señalando con el dedo a una rival durante varios segundos eternos sin decir una sola palabra. Esa escena, protagonizada por Sophie Cunningham, se convirtió en uno de los memes deportivos más replicados del año: circuló por X, TikTok e Instagram, llegó a la cuenta oficial de la Casa Blanca y hasta terminó mezclada con la Estatua de la Libertad en versiones editadas.
Ese carisma televisivo de Cunningham, la mezcla de descaro, belleza y espontaneidad, la volvió reconocible incluso para quien jamás vio un partido de básquet femenino. Esto la convirtió en una vocera con alcance real cuando, semanas después, se zambulló en un terreno mucho más peligroso.
Durante una entrevista, Cunningham habló sobre la participación de deportistas trans en el deporte femenino y explicó que quiere proteger a las chicas en los vestuarios y en la competencia de tener que enfrentarse a hombres biológicos. Una semana más tarde, cuando le dieron la oportunidad de matizar o retractarse, no lo hizo: dijo lo que dijo, y lo llamó sentido común.
«Sentido común» no es una frase cualquiera. Es fundacional de EEUU, es una apelación reiterada, casi un ruego frente al avance del wokismo durante la última década, es casi un santo y seña contra la ingeniería social progresista. Lo llamativo es que lo que durante el auge del identitarismo trans habría sido un escándalo y un aluvión cancelatorio, esta vez no consiguió ni un comunicado de los eternos «abajofirmantes» ofendiditos. Lo que hace pocos años hundía carreras hoy es reconocido como «sentido común». Son excelentes noticias.
J.K. Rowling, otrora víctima del activismo izquierdista, salió públicamente a respaldarla, calificando su postura de «gloriosa» y elogiando que alguien se anime a hablar sin tanta cautela. Afuera del estadio de Seattle, un grupo de simpatizantes organizó una concentración en su apoyo, y adentro, dos adolescentes con remeras de la marca XX-XY Athletics sostuvieron carteles agradeciéndole por «hablar por las chicas».
El activismo de género y la narrativa de la autopercepción tuvieron su cénit hace relativamente poco, un pestañeo en el curso de la historia. De Lia Thomas a Sophie Cunningham ha corrido, sin embargo, mucha agua debajo del puente. Conviene recordar de dónde veníamos. En 2022, cuestionar la participación de varones autopercibidos mujer en categorías femeninas de deportes, en ámbitos educativos, culturales o incluso su uso de baños o cualquier servicio exclusivamente femenino era un tabú. Quienes resistían eran tratados como intolerantes, llegando a perder sus carreras, sponsors, becas, a sufrir agresiones físicas y lesiones graves de por vida. Todo eso por sostener la misma postura que hoy defiende Cunningham sin costo.
Ese contraste es auspicioso. La maquinaria social que antes convertía cualquier disidencia en una falta moral perdió buena parte de su capacidad de intimidación. La propia WNBA, que en otro momento hubiera optado por la condena institucional, entendió el cambio de viento.
Pero el cambio que representa Cunningham no termina ahí. Su caso también permite observar otro fenómeno menos comentado: el desgaste de una estética promovida por el mismo movimiento que pretendió redefinir la biología. Durante años, el wokismo no sólo cuestionó las categorías biológicas.
También convirtió la belleza clásica en un objeto permanente de sospecha, como si admirarla implicara convalidar alguna forma de opresión. Y es precisamente ahí donde la figura de Cunningham vuelve a resultar descollante.
Hay una diferencia de fondo entre lo que hizo de Sophie Cunningham un fenómeno viral y la narrativa que durante años rodeó al activismo woke. A Cunningham nadie tuvo que instalarla. El público la descubrió por sí mismo: una atleta de alto nivel, linda y con una personalidad que desborda la corrección política. Su popularidad nació de una respuesta espontánea de la audiencia, no de una campaña institucional ni de una pedagogía mediática destinada a explicar por qué debía ser admirada.
Tal vez sea momento de recoger el guante del «sentido común» para destacar que, cuando se corre la ingeniería social respecto de «lo estético», otro tópico intoxicado por el wokismo, la belleza femenina clásica vuelve a ser un polo de atracción.
Vale la pena detenerse en ese punto. Durante años se intentó instalar la idea de que los cánones tradicionales de belleza eran poco menos que una construcción opresiva: la armonía física, la feminidad clásica o el simple deseo de resultar atractivo pasaron a verse con sospecha. Campañas publicitarias, editoriales de moda y grandes marcas comenzaron a presentar deliberadamente modelos que desafiaban esos parámetros, no sólo como una ampliación de posibilidades, sino muchas veces como una sustitución moralmente obligatoria. El caso Cunningham parece mostrar el movimiento inverso: cuando desaparece la presión ideológica, el público vuelve espontáneamente hacia aquello que considera bello sin necesidad de que nadie se lo explique.
Eso es lo que el activismo trans nunca entendió, o entendió perfectamente y por eso mismo apostó a la intimidación: no se puede fabricar lo que la gente reconoce con los sentidos. Se puede, como mucho, silenciar durante un tiempo a quien lo expone. En unos años olvidaremos que cualquiera que usara la expresión «hombre biológico» quedaba automáticamente del lado equivocado de la historia, pero eso ocurrió y dice mucho de la locura a la que ha sido sometido Occidente.
J.K. Rowling documentó en carne propia el costo de plantarse frente a esta ortodoxia mucho antes de que se volviera inocuo hacerlo. Contó en reiteradas ocasiones haber recibido amenazas de muerte, de violación y de atentado explosivo, además de campañas de hostigamiento y persecución y de la dolorosa traición de quienes le deben buena parte de sus carreras, como varios de los actores de Harry Potter.
Afortunadamente, la ortodoxia woke empezó a retroceder. Pero la reacción del activismo ha sido escalar la temperatura. La fundación Beira’s Place, un refugio para mujeres víctimas de violencia sexual financiado por Rowling, terminó denunciando por Amnistía Internacional que lo incluyó en una lista negra de organizaciones «anti-derechos» simplemente por sostener que el sexo, y no la identidad autopercibida, debía seguir siendo el criterio de acceso a esos espacios. Es el mismo patrón una y otra vez: cuando el argumento empieza a perder en los tribunales y en la opinión pública, la respuesta de la franja más radicalizada no es mejorar el argumento. Es subir la apuesta contra quien lo expone.
La violencia del activismo es un síntoma de derrota. La respuesta a una batalla que ya perdió. Pero el caso Cunningham expone algo todavía más interesante. Si el debate sobre el deporte femenino parece estar entrando en una nueva etapa, tal vez sea porque el cambio cultural ya alcanzó otros terrenos donde el wokismo también pretendió redefinir la realidad. Uno de ellos es, precisamente, la belleza.
Porque esa es, en definitiva, la secuencia completa: una batalla termina y otra empieza. La del deporte y los vestuarios está, si no ganada del todo, sí en franca retirada para el bando que durante años impuso el silencio a fuerza de cancelación. La siguiente todavía ni se libra a cara descubierta. Durante los mismos años en que se nos pedía aceptar que el sexo era una opinión, se nos pedía también aceptar que cuidar el propio cuerpo, buscar la salud, el orden, la proporción, era en el fondo una forma de vanidad colonialista, casi una falta de solidaridad.
La estética pasó a tratarse como un privilegio a disculpar en lugar de un valor a perseguir.
Y, sin embargo, ahí está otra vez Sophie Cunningham. Entrena, se cuida, cultiva deliberadamente su imagen y jamás pide disculpas por ello. Pero sería un error reducir su éxito únicamente a su apariencia. Cunningham reúne algo que durante años el clima cultural miró con desconfianza: competitividad, feminidad, atractivo y una negativa explícita a someterse al discurso identitario. Esa combinación la convirtió en una de las figuras más rentables del momento. No fue una apuesta política: fueron el mercado, las audiencias y los patrocinadores los que respondieron a una preferencia espontánea.
Porque la atracción por el éxito, lo excelso y lo bello existe, no es una imposición arbitraria. La batalla de la estética recién empieza. Pero ya tiene, sin buscarlo, su primera prueba de que el sentido común también gana ahí.