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Ha plantado batalla en todos los campos de la guerra cultural

Ron DeSantis: el «trumpista» práctico que puede complicar las primarias republicanas a Donald Trump

El gobernador de Florida, Ron DeSantis. Reuters
El gobernador de Florida, Ron DeSantis. Reuters

Cuando, hace unos meses y con una insólita anticipación, Donald Trump anunció oficialmente su intención de concurrir a las primarias republicanas por la nominación del partido en las próximas presidenciales, los analistas dieron por hecho que el expresidente, si no conseguía la administración empapelarle de algún modo para impedirlo, se llevaría el gato al agua y se impondría sin dificultad a todos los demás aspirantes. ¿Todos? Bueno, no exactamente. Las miradas se volvieron inmediatamente hacia el único que podía hacerle algo de sombra al carismático líder del movimiento MAGA: Ron DeSantis, gobernador de Florida.

DeSantis no podía estar en mejor momento. En unas elecciones de medio mandato decepcionantes para la mayoría de los candidatos republicanos, y especialmente los respaldados por Trump, había revalidado su puesto de gobernador con una holgada mayoría y había convertido Florida en la aldea gala que le hacía frente al creciente totalitarismo woke de Washington.

El gobernador se dejó querer un tiempo, sin decir esta boca es mía. Trump, muy consciente de que solo el de Florida tiene alguna posibilidad de aguarle la fiesta, no esperó que DeSantis anunciase su propósito de entrar en liza e inició una campaña feroz y más bien injuriosa contra él. Pero DeSantis no respondía.

Hasta ahora, de creer a la prensa norteamericana, que da por hecho que el gobernador saltará al ruedo esta misma semana que empieza. El próximo 25 tiene una reunión en Miami con un grupo de donantes, y se espera que elija la ocasión para el anuncio. El viernes, DeSantis tiene previsto reunirse con un grupo de legisladores republicanos en New Hampshire, donde se espera que se celebren las primeras primarias del calendario de nominaciones de 2024.

A poco de anunciar Trump sus aspiraciones, las encuestas situaban a DeSantis como un peligro real. Aunque ganaba el expresidente, la ventaja sobre el de Florida no era abrumadora: DeSantis partía con un impresionante 30% del voto. Ahora la ventaja de Trump es mayor, en parte gracias al «regalo» que le hizo el fiscal de Manhattan Alvin Bragg, hombre de Soros, al acusarle con unos cargos ridículos que apestaban a operación política a varias leguas. Pero nada que no pueda cambiar a lo largo de unas primarias que prometen ser a cara de perro.

Lo gracioso del asunto es que DeSantis es obra de Trump, es inexplicable sin Trump. Y no sólo porque en su día llegó (raspando) al Gobierno de Florida con el respaldo de Trump, algo que el expresidente no desaprovecha ocasión de recordarle en sus venenosos comentarios, sino porque su plataforma explota la ruptura de la línea del Partido Republicano que supuso la victoria de Trump. Lo de DeSantis es trumpismo práctico, aplicado al estado de Florida de modo muy visible.

Porque la paradoja de DeSantis es ser una copia de Trump en muchos aspectos y su perfecto reverso en muchos otros.

Uno podría definir a DeSantis como él mismo define a Florida: el lugar donde lo woke viene a morir. Ha plantado batalla en todos los campos imaginables de la guerra cultural y, a diferencia de Trump, siempre lo ha hecho con menos palabras que leyes. Y en todos los casos ha tenido que hacer frente a una Administración Biden cada vez más intrusiva, totalitaria y disparatadamente woke.

DeSantis ha hecho en Florida todo lo que los periodistas del régimen le decían que no se podía hacer, e incluso lo que otros gobernadores de estados decididamente conservadores no se han atrevido a hacer. Se ha enfrentado abiertamente contra Washington en casi todo. Ha llevado una política anticovid diametralmente opuesta a la federal, basada en la libertad, la responsabilidad personal y los datos objetivos. Abrió los colegios, eliminó la obligación de las mascarillas, prohibió los despidos de los no vacunados y, en su última fase, desaconsejó la vacunación infantil con los productos génicos disponibles. Con excelentes resultados, económicos y sanitarios.

Aprobó una ley prohibiendo el adoctrinamiento de género en las escuelas —ante la oposición furiosa de los grandes medios y del gobierno federal—, así como la Teoría Racial Crítica. Se enfrentó con la todopoderosa Disney por esta cuestión, y en la batalla llegó a desposeer a la empresa de su posición jurídica privilegiada que tiene desde su fundación. Ha asegurado la prosperidad económica de su estado y lo ha convertido en sinónimo de libertad. Lo último ha sido prohibir permanentemente los mandatos vacunales y los tratamientos de «cambio de sexo» en menores.

Es innegable que DeSantis carece del carisma del gran Donald, pero tiene material de sobra que poner encima de la mesa proclamando: «Estos son mis poderes». Por otra parte, muchos temen que, si bien Trump puede llevarse de calle a una mayoría de los republicanos, entre el público no adicto provoca rechazos tan viscerales como sus simpatías que podrían poner en peligro su elección, incluso frente a un «zombi» como Biden. En cualquier caso, hay partido.

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