En el último barómetro del CEO —el CIS de la Generalitat– ha saltado la banca: VOX vencería a Junts en Cataluña en las próximas elecciones generales. El partido liderado por Abascal pasaría de dos diputados a seis o siete. Quedaría como tercera fuerza política de los catalanes. Mientras que Junts bajaría de siete a cuatro o cinco.
Por supuesto es sólo una encuesta. Sin embargo el dato no es baladí. Junts, la antigua Convergència, se ha erigido siempre como el pal de paller, la piedra angular, de la sociedad catalana. En teoría, eran ellos los que mejor representaban al ciudadano medio. Los que mejor interpretaban sus deseos y anhelos. Con el procés, llevaban la voz cantante. Hablaban en nombre de todos.
Todo esto se derrumba. Insisto: es sólo una encuesta. Pero resulta que los de VOX van por delante. Un partido que, antes de las elecciones autonómicas del 2021, ni siquiera tenía representación autonómica. Y al que los medios generalistas —públicos y semipúblicos porque viven de subvenciones y publicidad institucional— han etiquetado siempre de «ultraderecha». Ahora resulta que casi el 15% de los votantes de Cataluña en unas elecciones generales son «fachas».
Hay otro detalle importante: VOX haría también el sorpasso al PP. Del 7,8% al 12 o 14. Mientras que los populares bajarían del 13,4% al 10 o 12. En número de escaños, la cosa estaría entre seis o siete para los primeros y cinco o seis para los segundos. Ni que decir que ambos datos han pasado desapercibidos para TV3 y el resto de medios del oasis catalán.
Las malas noticias para el partido de Puigdemont se acumulan en las autonómicas, donde perdería más de la mitad de los escaños en beneficio del partido de la alcaldesa de Ripoll: de 35 a 16 o 18. Caería a cuarta fuerza política. Una de las consecuencias del citado proceso: una Cataluña ingobernable. Illa no podría ser investido ni con los votos de sus actuales socios. Vamos hacia el bloqueo.
Tampoco me extraña el ascenso. La inmigración se ha convertido en el tema más importante para los votantes. Lo dijo el propio Santiago Abascal el pasado miércoles en el curso de verano de la Universidad CEU San Pablo sobre demografía: «Estamos hablando del principal problema de nuestro tiempo».
Entre otras razones, porque los partidos tradicionales, incluida la derecha clásica, los medios del mainstream y la propia Unión Europea han escondido la cabeza bajo el ala durante demasiado tiempo. Vete luego a preguntar a Parla, Móstoles o Getafe cómo se vive en estas localidades. Los políticos progres no residen en estas zonas. Al contrario, a la mínima se mudan a una zona residencial de Galapagar.
Viven, en efecto, en otro mundo. El miércoles, en la sesión de control del Parlamento catalán, Ignacio Garriga recordó a Salvador Illa que «el pasado jueves, a las once menos cuarto de la noche, en el barrio de la Sagrera, delante de la comisaría de la Guardia Urbana, se produjo una nueva batalla campal entre bandas latinas —armas de fuego, armas blancas—, con el resultado trágico que todos conocemos: un joven de quince años fue tiroteado y rematado a machetazos en el suelo ante la mirada desoladora de su hermano de ocho años”.
«No es una anécdota; es la séptima víctima mortal de un tiroteo en Cataluña. Y yo le pregunto: ¿Qué va a hacer para que sea la última?», añadió. Conozco la zona porque es mi antiguo barrio. El parque en cuestión estaba a tiro de piedra de la casa de mis padres.
El presidente de la Generalitat contestó con su respuesta habitual: «¿Qué haré yo…? ¡No!, ¿qué estamos haciendo?: detener a los responsables y ponerlos a disposición judicial”. Garriga, por supuesto, lo puso en duda: «Los catalanes estamos hartos de su ‘quien la hace, la paga’ porque no es cierto». Le conminó igualmente a poner fin a “la invasión migratoria que ustedes, con regularizaciones y nacionalizaciones masivas, han permitido que entren los peores criminales de todo el mundo».
El líder del PSC estuvo en su línea. Cuando le pinchan, contesta con cualquier otra cosa. Al secretario general de VOX le citó a Farage, a Le Pen, a Meloni y hasta a Trump. Con Alejandro Fernández, del PP, que había pedido pistolas taser para los Mossos en el turno anterior hizo lo mismo. Le dijo que le había salido «una vocación frustrada de Policía» y le acabó reprochando el pacto con VOX en Andalucía. Están de suerte. Por eso sube el partido de Santiago Abascal. En política mirar hacia otro lado nunca es una buena solución.