«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

La deshumanización «correcta» del inmigrante

11 de julio de 2026

Confieso mi absoluto desprecio hacia quienes, en un debate, responden a un argumento con una de esas palabras tapabocas cuya única utilidad consiste en descalificar al contrario: racista, facha, homófobo, machista. Y, sin embargo, me temo que quizá pueda acusarse a esta reflexión de caer en lo que critico. Porque quiero hablarles del espectacular racismo del pensamiento dominante que, curiosamente, se vende con la etiqueta contraria.

Advertía hace 25 siglos Confucio que un gobierno empieza a descomponerse cuando las palabras dejan de significar lo que significan, y que lo primero que debe hacer el buen gobernante es poner orden y precisión en el diccionario.

Una de las palabras que más se barajan en el debate migratorio por parte de quienes pretenden que aceptemos mansamente la desaparición de nuestra identidad y de nuestra civilización es «dignidad». El Papa reinante, como su predecesor, o como la Conferencia Episcopal Española, la usa con frecuencia, aunque se abstiene de definirla, o de establecer una relación inequívoca entre la dignidad y la supuesta obligación ética de eliminar las fronteras nacionales.

Negar la dignidad del inmigrante sería una forma de deshumanizarlo. Ahora, no veo peor deshumanización que negar a los individuos su libre agencia, que es lo que hace invariablemente la nueva izquierda con los «proletariados de sustitución» que empezaron a pastorear cuando la clase trabajadora les dio la espalda: inmigrantes, claro, pero también mujeres, homosexuales, indígenas.

Humanizar al inmigrante debería ser, precisamente, considerarle un ser como nosotros, con capacidad para decidir, no un animalito o un niño que nunca puede hacerse responsable de nada. Por el contrario, lo que hace la izquierda al negarse a hacerle responsable de sus actos es una bofetada a su dignidad, precisamente. Nadie juzga por asesinato a un tigre, porque no se le atribuye libre agencia, y tampoco a un niño que no ha entrado en la edad de la razón.

No hay forma más perfecta de deshumanizar a un hombre que negar que sea dueño de sus actos. Si una persona nunca es responsable de nada porque pertenece al colectivo adecuado, tampoco puede ser virtuosa. No puede ser valiente, ni generosa, ni honrada. Todo cuanto hace deja de ser suyo y pasa a pertenecer a las circunstancias. Le han arrebatado la culpa, sí, pero también el mérito.

Pero nos hemos acostumbrado tanto a la «deshumanización benevolente» que el propio expresidente Aznar, creyendo haber inventado la pólvora, lanzó este argumento imbatible: «Los que piden la expulsión masiva de inmigrantes tendrán que explicar quién va a hacer el trabajo que hacen». Otras figuras públicas, más desinhibidas, preguntan quién les limpiará el culo a nuestros padres ancianos. La respuesta rápida es: ¿quién lo hacía antes?

No hay «trabajo que los españoles no quieran hacer»; hay trabajos mal pagados, punto. Pero me interesa más la implicación profunda de todas esas frases, el neoesclavismo que delatan, la visión de los inmigrantes como una casta especialmente apta para realizar los trabajos más desagradables por cuatro duros, los ‘delta’ de nuestro huxleyano Mundo Feliz.

Qué extraña idea de la dignidad humana. No se contempla al inmigrante como un hombre con un proyecto propio, con aspiraciones, talentos y ambiciones, sino como una herramienta destinada a desempeñar aquellas tareas que nosotros preferimos no hacer.

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