Con 11 años ya comienzas a enterarte de algunas cosas. Y en los noventa una de ellas era cuando ETA mataba. En muchas casas había una especie de bula para los insultos en el preciso momento en que la televisión informaba del último atentado. Aunque hubiera niños delante la contención era imposible. Luego aparecía en pantalla un político cualquiera para convencernos de que la mejor respuesta era invocar la unidad de los demócratas, una especie de poción mágica que vencería al terror. Más tarde, en 2011, supimos que los demócratas eran Otegui, Évole y Josu Ternera.
Recuerdo a las familias españolas que estábamos aquella tarde agónica de julio en una playa del Algarve pendientes del transistor. La cercanía con la fronteriza Ayamonte permitía sintonizar las emisoras españolas. Minuto a minuto, el desenlace de la tragedia iba llegando. Era fácil identificar a los españoles de los portugueses, pues entre los nuestros se desató el boca a boca, aunque a veces bastaba con la mirada para entenderlo todo. Cabeza gacha y vuelta a la sombrilla.
España pasó en apenas unos días de la euforia por la heroica liberación de Ortega Lara al secuestro, pasión y asesinato del joven de Ermua. Casi treinta años después Miguel Ángel Blanco llega a Netflix, producto que sí consumen esos jóvenes que no saben quién fue el concejal del PP y apenas han oído hablar de ETA. Ni siquiera un 1% de los alumnos navarros de la ESO está al tanto de aquel rapto planeado para poner de rodillas al Estado. Pura amnesia democrática, borrado masivo de una parte esencial de nuestra historia sin la que no se explica medio siglo español.
Cuando miramos al verano del 97 siempre nos asalta la duda de si las cosas podrían haber salido diferentes. Durante unos días vimos las sedes de Herri Batasuna rodeadas, al PNV muerto de miedo y a los proetarras corriendo en sanfermines más que los miuras. En cada aniversario sobrevuela la misma pregunta, si en realidad podríamos haber roto la inercia fatal que inaugura el atentado de Carrero Blanco, continúa el 23-F y confirma el 11-M hasta conducirnos al golpe catalán y la amnistía, que cierra el círculo antinacional de los últimos 50 años. Como tantas veces, hubo una reacción popular. Y como siempre, desactivada por el poder.
El asesinato de M. A. Blanco llega cuando Aznar lleva un año en el poder. Entonces la Guardia Civil libera a Ortega Lara al que ETA esconde 532 días en un zulo y poco después, herida en su orgullo, secuestra al concejal antes de subirse en un tren. Aznar había llegado a la Moncloa a cambio de entregarle las aulas —el alma de la juventud— al separatismo catalán del molt honorable Pujol. Sólo un año después del crimen Aznar se refiere a ETA como el movimiento de liberación nacional vasco (sic). No por casualidad, Arzalluz reconoce que le había sacado más a Aznar en 14 días que a Felipe González en 14 años.
Es importante recordar el contexto porque en los últimos días, justo cuando PP y VOX sellan el cuarto acuerdo de gobierno regional en medio año, Aznar saca la cabeza para pedir moderación. Invoca mayorías para acabar con Sánchez, pero no cualquier mayoría. Mayorías capaces de superar y derribar el muro de Sánchez. Esa mayoría será nacional o no será. Ojo, no descorchen el champán. Aznar no entiende por nacional lo mismo que usted. Él habla de una amplia mayoría centrada con capacidad de convocatoria -aquí viene la madre del cordero- a derecha e izquierda. No nos jugamos un cambio de Gobierno, sino de sistema, advierte el señor Aznar, mito búmer viviente, que en el fondo dice lo mismo que Page: salvemos el bipartidismo.
Algunos recordarán a Aznar como el presidente español que puso los pies encima de la mesa del rancho del hombre más poderoso del mundo; otros, en clave interna, como el político que aceleró el proceso de disolución nacional. Pero esto es imposible, si Josemari es de Valladolid y saca la bandera de España y todo eso. No puede ser. Es como explicarle a un militante socialista que su PSOE es el felpudo de los grandes poderes económicos transnacionales. Ovnis para el rebaño izquierda-derecha. Ni Gabilondo ni Herrera les han contado que desde 1978 el papel de la izquierda es traicionar a los trabajadores y el de la derecha a la nación.
Al viajar tres décadas atrás no sólo sentimos frustración al ver que los tiros en la nuca han colocado a ETA en el parlamento y que la violencia política, frente al mantra oficial, es rentabilísima. También apreciamos lo mal que envejece Aznar, el expresidente que más se devalúa, pues siempre supimos quién era Zapatero.
Está comprobado, y lo sabe cualquiera que haya trabajado en la redacción de un periódico en los últimos 15 años, que las noticias sobre de ETA ya no interesan al lector. Que apenas generan clickbait. Es ahora cuando Miguel Ángel Blanco regresa al gran público, y al menos una generación de jóvenes podrá descubrir que quienes le asustan con la llegada del fascismo encubren que todo separatismo antiespañol ha generado un grupo terrorista: ETA en el País Vasco, Resistencia Galega en Galicia y Terra Lliure en Cataluña. A ver cuándo vemos un documental que nos lo cuente.