El niño no se preocupa por el orden. Es esta una evidencia que puede refrendar cualquier padre o madre durante el periodo de su vida en que ejerce la responsabilidad de la crianza. Un niño que tienda de manera espontánea a dejar cada cosa en su sitio representa una anomalía biológica, una conmovedora salvedad de la especie. En la niñez, el instinto conduce de manera natural al desparrame. Lo curioso es que así como en la psicología del infante no hay todavía espacio para calibrar las consecuencias de su proceder, sí que lo hay para dar por hecho que ya vendrán otros a subsanar el estropicio que va dejando a su paso.
Así pues, educar consiste, entre otras arduas tareas, en inculcar en la mente del niño el gusto hacia la disposición armoniosa de los objetos que le rodean. Pero esta fijación, que en casos extremos puede limitar con la neurosis, no obedece sólo al desvelo de sus progenitores por conseguir que la casa siga siendo un enclave habitable. Sucede también que los padres saben —deberían saber— que el desarrollo de la aptitud para organizar su propio hábitat es el primer paso en la formación de una personalidad estructurada, y que ésta, a su vez, resulta una capacidad primordial para desenvolverse en la vida con unas ciertas expectativas de éxito. No hace falta el asesoramiento de ningún gabinete psicológico para constatar que, tanto en el ámbito profesional como en la esfera más amplia de las relaciones humanas, el orden facilita la convivencia y ayuda a multiplicar el alcance de los logros.
Lo que se nos antoja válido a una escala individual rige asimismo para la funcionalidad de esos entes imprevisibles y complejos que son las sociedades. Consideradas como una mera agregación de sujetos, las sociedades se sumen, más pronto que tarde, en un estado de anomia que lleva a cada uno de sus miembros a plantearse la búsqueda de su supervivencia y su bienestar al margen de la suerte de su prójimo.
Por el contrario, las sociedades asentadas sobre el orden, es decir, sobre el respeto a códigos de comportamiento y a estructuras de autoridad cuya eficacia para el mantenimiento del bien común ha sido probada en el tiempo, se desarrollan como realidades orgánicas, bien vertebradas y donde, pese a la frecuente y muchas veces enriquecedora confluencia de puntos de vista discrepantes, prevalece una jerarquía de valores mayoritariamente asumida y que dota a la comunidad de un fuerte sentido de continuidad en la historia. Eso que llamamos arraigo.
Los individuos adeptos al desorden suelen ser inmaduros, propensos al egocentrismo y refractarios al reconocimiento de cualquier forma de restricción que suponga un freno a sus caprichos. De manera análoga, las sociedades donde el orden es un bien en vías de extinción degeneran pronto en simples amontonamientos humanos, únicamente aptos para ser gobernados (en realidad, sometidos) por medio de la coacción.
Me temo que, desde hace algún tiempo, la sociedad española responde a este último patrón. Todo los esfuerzos que se han hecho a lo largo de las décadas recientes, lo mismo en el campo de la política que en el terreno de la cultura, la educación o la economía, culminan ahora en el asombroso panorama de una población cuyos referentes existenciales han sido demolidos. Una población que parece encogerse de hombros ante el descomunal proceso de alteración demográfica que acontece a la vista de todos, el avance corrosivo de la precariedad y la ausencia de expectativas para las generaciones jóvenes.
El amor al orden, el respeto hacia la disciplina del esfuerzo sostenido que propicia un espacio donde las virtudes cívicas fructifican y las sociedades prosperan se va esfumando. De seguir por este camino, pronto no quedará más que un paisaje arrasado del que habrán desaparecido los rasgos que una vez conformaron su identidad. Por ese erial veremos deambular a una muchedumbre atiborrada de bazofia ideológica, convencida de que sabe a dónde se dirige. Pastoreada por una ralea infame, por una tropa de nefastos administradores del caos, es probable que ni siquiera llegue a darse cuenta del verdadero lugar hacia el que la conducen.