Mohamed nació en Evreux. Sus padres también nacieron en Francia, hijos de inmigrantes argelinos. Para el pensamiento oficial, Mohamed es tan francés como Marine Le Pen. ¿Qué podría ser, si no? Ha visitado Argelia dos o tres veces, siempre en vacaciones.
Caso cerrado, ¿no? Sólo hay un pequeño detalle, una minucia: cuando se le pregunta a Mohamed, el afirma orgulloso que es argelino. Cuando está con sus amigos, se refiere a los nativos blancos como «los franceses».
Pero lo que Mohamed diga no tiene ningún peso. No tiene la menor importancia que celebre la victoria de la selección argelina (o cualquier selección del Magreb) sobre la francesa, ni que deteste abiertamente las instituciones y costumbres francesas o exprese en voz alta su desprecio por el país que habita. Para Macron o Von der Leyen no solo es total y absolutamente francés, es el futuro de Europa. Jamás en toda la historia se había presentado la desaparición de un pueblo con tonos tan entusiastas y una resistencia tan débil a ser sustituido en su propia tierra.
La clave es que los popes del pensamiento único negarán vigorosamente lo que el propio Mohamed reconoce a tiempo y a destiempo. Lo de Mohamed es un caso claro de «falsa conciencia», el invento más genial del marxismo.
Muy pronto en la historia del socialismo, sus intelectuales se dieron cuenta de que el proletariado no estaba por hacer la revolución, sobre todo si se les daba la oportunidad de mejorar su situación económica personal. Ya se vio en la Primera Guerra Mundial, que el propio Marx vio venir pero que, profetizó, no llegaría a librarse porque los proletarios franceses y alemanes optarían por unirse contra sus opresores. Luego resultó que un obrero alemán aborrecía a un obrero francés, y viceversa, más de lo que odiaba al patrón. Un caso de falsa conciencia de manual.
La ideología había creado con este concepto un mecanismo de seguridad para cada vez que el proletariado se negase a actuar como se suponía. Otro, no menos maravilloso en los debates, era la idea de que la opinión era mera superestructura, que nuestro pensamiento siempre refleja los intereses de clase. Así que uno puede ignorar el argumento mejor trabado y documentado contra el socialismo porque, después de todo, no es más que una racionalización del interés de la clase burguesa. Salvo que el crítico sea un proletario, en cuyo caso estamos ante un caso de, lo han adivinado, falsa conciencia.
A medida que la izquierda radical perdía el favor de la clase obrera, empezó a buscar caladeros revolucionarios en «proletariados de sustitución»: las mujeres, las orientaciones sexuales minoritarias, los indígenas (del Tercer Mundo), los inmigrantes, el Planeta… Y en cada caso aplicó su truco conceptual.
Mohamed es francés, aunque él asegure lo contrario a gritos cada vez que le ponen un micrófono delante o escribe en redes sociales. Sólo que el truco ya no funciona, a la varita mágica de las élites intelectuales occidentales se le acaban las pilas.
Estamos en la Gran Clarificación, cuando caen las máscaras y todo lo escondido sale a la luz, y la propia propaganda oficial suena performativa, desganada, más pensada para humillar que para convencer. Es difícil que el pueblo se nos llene de rinocerontes y seguir fingiendo que no pasa nada.
La misma ‘Gran Sustitución‘, que hasta ayer era una peligrosa teoría de la conspiración de la extrema derecha, hoy la reivindica con orgullo el globalismo con un mensaje añadido: no hay vuelta atrás, nuestra civilización, incluso nuestra raza, está condenada a la desaparición en un plazo no muy largo.
Quiero pensar que se han precipitado. Quiero pensar que no estamos tan aborregados como para asistir pasivamente a nuestra propia extinción, que, como reza el lema de esta publicación, ser es defenderse y todavía queda una exigua esperanza.