Ideología de género en la universidad
Un estudio desmonta el relato izquierdista en la academia: las mujeres tienen hasta un 75% más de probabilidades de ser contratadas que hombres con idénticos méritos
Un estudio desmonta el relato izquierdista en la academia: las mujeres tienen hasta un 75% más de probabilidades de ser contratadas que hombres con idénticos méritos
Familia numerosa. Europa Press.
Por LGI
8 de junio de 2026

Una nueva investigación publicada en el Journal of Controversial Ideas cuestiona de raíz uno de los grandes dogmas de la universidad contemporánea: la idea de que la academia occidental discrimina sistemáticamente a las mujeres.

El estudio, firmado por los psicólogos Stephen J. Ceci y Wendy M. Williams, de la Universidad de Cornell, sostiene que los datos empíricos muestran una realidad muy distinta a la difundida durante años por las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión —DEI—. Según la investigación, las mujeres no estarían penalizadas en los procesos de contratación académica, sino que, en muchos casos, serían favorecidas frente a hombres con méritos idénticos.

El trabajo, titulado Organized Dogmatism Controls the Message about Gender Bias in the Academy, concluye que las candidatas femeninas cuentan con una ventaja estadística significativa en la contratación de profesores con derecho a permanencia —tenure-track—.

Los autores denuncian además una fuerte desconexión entre la percepción del profesorado y la evidencia disponible. Tras encuestar a 248 profesores en Estados Unidos, el estudio detectó que los académicos tienden a sobreestimar de forma sistemática el nivel de discriminación contra las mujeres en los campus universitarios.

Para comprobar si existe realmente sesgo de género en la contratación, la literatura científica recurre a los llamados experimentos de currículums emparejados, en los que se presentan historiales idénticos modificando únicamente el nombre del candidato. Por ejemplo, «John» frente a «Jennifer».

El estudio de Cornell revisó siete grandes experimentos publicados entre 1999 y 2025. El resultado fue contundente: en seis de los siete estudios, las candidatas mujeres fueron preferidas frente a candidatos hombres con credenciales idénticas. En esos casos, las mujeres fueron elegidas entre el 56% y el 75% de las veces.

La ventaja femenina también aparece en disciplinas STEM, tradicionalmente presentadas por el discurso progresista como espacios hostiles para las mujeres. Datos del National Research Council muestran que, aunque las mujeres postulan en menor proporción, sus tasas de éxito una vez dentro del proceso superan a las masculinas.

En Biología, las mujeres representaban el 26% de los solicitantes, pero recibían el 34% de las ofertas. En Química, suponían el 18% de los aspirantes, pero obtenían el 29% de los contratos. En Física y Matemáticas, donde las solicitudes femeninas eran del 12% y el 20%, respectivamente, las mujeres recibían el 32% de las ofertas en ambos campos.

Los investigadores también cuestionan el relato habitual sobre la brecha salarial universitaria. Según el estudio, al controlar variables como rango académico, experiencia, disciplina y productividad, la supuesta brecha del 18% se reduce al 3,6%.

La explicación, sostienen, no estaría en una discriminación directa, sino en diferencias de elección disciplinar. Los hombres tienden a concentrarse en áreas con mayor remuneración comercial, como ingenierías o finanzas, mientras que las mujeres tienen mayor presencia en campos peor remunerados, como educación o trabajo social. Al comparar salarios dentro de una misma disciplina, la brecha se reduce de forma sustancial o desaparece.

El aspecto más grave del estudio, sin embargo, no es sólo estadístico, sino cultural. Ceci y Williams denuncian que la universidad ha sustituido el escepticismo científico por un «dogmatismo organizado» que castiga profesionalmente a quienes difunden datos contrarios a la narrativa oficial sobre género.

La investigación incluyó una encuesta a 40 investigadores especializados en diferencias de sexo. El 85% de quienes respondieron afirmó haber sufrido amenazas, hostigamiento, bloqueos editoriales o presiones institucionales por publicar resultados que contradicen el relato de la victimización femenina.

Varios académicos denunciaron haber sido tachados de «misóginos» o «de derechas», reportados ante administraciones DEI o sometidos a procedimientos éticos con el objetivo de paralizar sus investigaciones.

Uno de los testimonios recogidos por el estudio describe el ambiente de intimidación dentro del campus: «Un grupo de profesoras y estudiantes me han tomado como objetivo por enseñar las bases biológicas de las diferencias de sexo. Se me pidió que no volviera a dictar un curso de posgrado que he impartido durante 35 años. Estoy aislado y me tratan como a un paria».

Otra investigadora de alto nivel aseguró que una universidad retiró una oferta formal para ocupar el cargo de rectora después de una campaña de presión de grupos de izquierda radical.

El estudio también señala la deriva ideológica de publicaciones académicas de élite. Los autores citan el caso de Nature Communications, que retiró un estudio estadísticamente sólido tras presiones activistas porque sus conclusiones contradecían postulados dominantes sobre género y mentoría científica.

Tras ese episodio, la revista incorporó criterios editoriales relacionados con la prevención del «daño social», una fórmula que, según los críticos, permite someter la publicación científica a filtros ideológicos antes que a criterios estrictamente metodológicos.

Para los autores, el resultado de esta atmósfera es paradójico: al insistir en la idea de que la universidad discrimina sistemáticamente a las mujeres, las propias instituciones pueden estar desalentando a jóvenes científicas brillantes, haciéndoles creer que entran en un entorno hostil cuando los datos muestran ventajas reales en los procesos de contratación.

La investigación de Cornell no niega que existan problemas concretos de conciliación, maternidad, carrera académica o diferencias de preferencia entre hombres y mujeres. Pero sí rechaza que la explicación principal sea una discriminación estructural permanente contra las mujeres.

El estudio apunta a factores como la elección de disciplinas, los tiempos de la carrera académica, la maternidad y la conciliación con las exigencias posdoctorales antes de los 40 años. Para Ceci y Williams, estos elementos requieren soluciones prácticas y logísticas, no ingeniería social ni burocracias ideológicas.

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