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nuevos mercados a costa del campo

Bruselas firma un acuerdo con Australia y vuelve a poner en alerta al campo europeo: más importaciones y nuevas concesiones agrícolas

Ursula von der Leyen y Anthony Albanese. Europa Press.

La Comisión Europea ha cerrado un ambicioso acuerdo de libre comercio con Australia que elimina más del 99% de los aranceles entre ambas economías, pero lo hace reabriendo una herida ya conocida en Europa: el malestar creciente de los agricultores ante una política comercial que, una vez más, parece sacrificar el campo en favor de la industria y la geopolítica.

El pacto, presentado como un éxito por Bruselas, contempla la apertura de cuotas para productos agrícolas especialmente sensibles como la carne de vacuno y ovino, el azúcar, el arroz o determinados lácteos. Entre las cifras más controvertidas destaca la entrada de unas 30.000 toneladas anuales de carne australiana, parte de ellas libres de aranceles.

Aunque la Comisión insiste en que se trata de volúmenes limitados y sujetos a cláusulas de salvaguarda, el contexto agrava la inquietud: los agricultores europeos ya operan bajo una presión creciente derivada del aumento de costes, la normativa medioambiental y la competencia global.

El acuerdo promete beneficios significativos para las empresas europeas, con un ahorro estimado de mil millones de euros anuales en aranceles y un aumento potencial de hasta el 33% en las exportaciones hacia Australia en la próxima década. Sectores como el automovilístico, la maquinaria, los servicios financieros o la tecnología aparecen como los grandes beneficiados.

Sin embargo, el patrón se repite. Como ocurrió con tratados anteriores —como los firmados con Canadá, Nueva Zelanda o el proyectado con Mercosur—, los beneficios se concentran en la industria y los servicios, mientras el sector primario asume los costes del ajuste.

La tensión no es sólo económica, sino profundamente política. Desde 2023, las protestas de agricultores en toda Europa han evidenciado un creciente malestar frente a las políticas de Bruselas, percibidas como desconectadas de la realidad del campo.

En este contexto, incluso concesiones limitadas como las incluidas en este acuerdo son interpretadas como una nueva señal de que la Comisión prioriza la apertura de mercados exteriores sobre la protección de la producción interna.

Más allá del comercio, el pacto tiene un claro componente estratégico. Australia es un proveedor clave de materias primas críticas como litio, tierras raras, níquel o cobre, esenciales para la transición energética, la industria tecnológica y la defensa. La UE, altamente dependiente de proveedores externos como China, busca así diversificar sus fuentes de suministro.

El acuerdo facilita el acceso a estos recursos y permite a empresas europeas invertir con mayor facilidad en proyectos mineros y de procesamiento en territorio australiano, reduciendo riesgos de dependencia.

Además, el tratado incluye cooperación en ámbitos como defensa, ciberseguridad y tecnología, e incluso abre la puerta a la participación australiana en programas europeos como Horizon Europe.

Pero, una vez más, el consenso europeo está lejos de ser total. Mientras países del norte como Alemania o Países Bajos ven oportunidades claras para sus exportaciones, otros como Francia, Irlanda, España o Italia ponen el foco en el impacto directo sobre sus sectores agrícolas.

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