«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Impresiones del España-Francia

15 de julio de 2026

La complejidad política española, tan irresoluble, hace que al escuchar su himno me parezca ya con más miga que La Marsellesa; efusiones patrióticas al margen, por supuesto.

Pero ¿quién no siente España cuando suena el himno fuera? ¡Si nos están mirando!

Nos mira el mundo, y oye, Javier Bardem sigue en la grada con su camiseta. Se dirá lo que se quiera, pero el hombre ha estado ahí, con su España, aunque sea la ‘suya’. No está Manolo el del Bombo, pero ha estado él. Es lo que hay.

Tras el himno, un minuto de silencio ¿en memoria de quién? Un atentado de hace diez años. «Petición de Macron». Siempre esa repelente necesidad de la excepción francesa…

Me di cuenta que del fondo del cerebro reptiliano me llegaba el viejo prejuicio contra «los gabachos» por esa leve irritación de Macron, aunque luego todo eran sensaciones de simpatía, solidaridad y hasta lástima.

Porque desde el minuto uno se supo que ganaba España. Se vio ya en el rostro asustado de Deschamps, que siempre se equivoca. Qué tío, parece que lo puso ahí De Gaulle…

El dominio de España fue total. Una unidad contra otra cosa. Pero no por falta de trabajo o de concepto. Era como ver a un equipo de la era de las libros contra otro de las pantallas. La base estaba en la asombrosa seguridad alrededor de Rodri. Su manera de fijar y unir las líneas, la inteligencia de los centrales compactada con los medios, y unos laterales que de repente se elevaban con la pelota como un vuelo de volantes de una bailaora. Y ante eso, ¿qué podían hacer los franceses? Mirar. Recibieron un baile que debería provocar un giro filosófico en Clairefontaine, Las Rozas de ellos.

En España, si uno se fija, todos son un poco centrocampistas. Todos han jugado en el centro del campo alguna vez o podrían hacerlo. Cubarsí es inteligente, Laporte buscaba con ojo proyectar a Cucurella en las primeras acciones, los laterales son vivísimos (qué importante es que el lateral sea siempre, mejor o peor, pero intuición viva), y en el centro, Rodri se vale de Fabián como un ayudante satelital en una constante interpelación… Fabián (¡qué humildad!) es un poco su escudo.

La asabiya española, esa argamasilla, es impresionante. La España campeona era un espectáculo de control de la pelota, de prodigios que giraban imantados. Esta no lo tiene en ese grado, pero tiene una vertebración extraordinaria. Qué cosa es que España se haya especializado en esa arquitectura invisible que se tiene con el balón y sin el balón, igual en la presión que en la espera.

No habían estado finos los de arriba, pero la sensación era… como en las ofrendas a la Virgen de los Desamparados en mi tierra, cuando hacen un enorme cuerpo de madera, el cadafal, que se va llenando de flores con las horas. Esa sensación me daba España, cadafal que espera, nervadura esperando florecer, cadalso también de guillotinas… ¿no quería historia francesa Macron?

(Ayudó a ejecutar el árbitro salvadoreño, que era como una maravillosa y diminuta criatura del fair play de la FIFA)

España es toda capilaridad, toda vida neuronal, todo inteligencia, es decir, entendimiento. Empieza en Cubarsí y acaba en Oyarzabal (mi jugador español favorito desde hace años). Me sentí representado (ante el mundo) como españolito cuando tras una jugada, una cualquiera, Oyarzabal sonrió, y esa sonrisa suya, de noblote, relajada, bienhumorada, sencilla, quizás autoirónica, era totalmente nuestra. No sé explicarlo. Una identificación que también siento cuando veo jugar a España, y pienso que lo que hacen no es para tanto, que yo voy por la calle y los veo en un campo y ni me paro a mirar, pero es lo que yo haría y nadie sabe hacerlo igual. ¿Cómo se puede jugar al fútbol de otra manera?

Cuando Rodri la toca para Pedri, ese dri-dri, dri de dendritas, eso no lo hace nadie; cuando sale Merino y sorprende, llega con una elegancia absoluta, no rompe, no desgarra, no violenta, entra con donaire de galán con la tía-abuela del bracete por un pasillo que es suyo; la manera de los medios de ocupar el ataque y de los atacantes de ‘hundirse’ (se invierten los extremos y se invierten ellos en un ¡plaf! de magia); esa soltura en los pases, ese fútbol colectivo pero no colectivista, juego de inteligencia del pase, del acuerdo, de la composición, de la adivinanza y las intuiciones vivas sucesivas… Sin la obsesión geométrica del rondo, sin esa cosa un poco doctrinal y a veces ofensiva o maniática. Esta España es más normal, más vulgar en apariencia pero con gran cableado de inteligencias y conexiones…

Francia era un desastre. Un desastre impotente que nos suena. La Francia de estrellas sujetadas por grandes pivotes, sin mucho más, es lo que ha imitado el Madrid muchos años. Mbappé se queda lejos del juego, aislado, como en una Isla de Elba del fútbol y toda la clase y potencia de esos jugadores se consume, queda en nada, porque son incapaces de ligar el juego con el otro, pero es que moverse uno considerando al otro que a su vez considera al tercero, ¡eso no es tan fácil! España borda y supera la dificultad de la conexión cerebro-pie, secreto del fútbol sobre los otros deportes, logrando una orquestación, como si hubiera alcanzado un estadio superior de la inteligencia del que ya no sabe salir. España… ha evolucionado futbolísticamente en otra especie.

El pase simple de Rodri parece que lo da cualquiera, «toma, tuya», pero esa simple soldadura está hecha de ojo de insecto, de autoridad romana, de temple torero, de confianza nuestra, de pícaro extranjis, de jadeante seriedad española…

Pero ¿cómo puede haber gente que no se exalte con Rodrigo? ¿Pero cómo tengo yo todavía que soportar a semejante caterva? ¿Señor, pero cómo tienes almas así por la vida, qué mensaje de amor nos quieres dar?

(Florentino, no fichar a Rodri sería un segundo Makelele)

El partido lo estaría disfrutando de un modo especial Luis Enrique, que tiene la media española o ibérica al menos (Fabián y los portugueses) y la potencia atacante de Francia, lo mejor de los dos mundos.

Pero lo importante es tener la media, o la capacidad de cada jugador de ser un poco mediocampista, de ver al otro, de entender el juego, de hacer lo justo… casi nada… Por eso, España sí tiene algo de fútbol total, pero con campechanía. Hay algo totalizador en que todos participen con parecida inteligencia y que Cucurella o Porro hayan sido estrellas del partido. No hay huecos de estupidez, agujeros negros, tontos del bote…

(Esto me recuerda al locutor Rivero, miope con alevosía, como si fuera cojo, cojo rojo no, miope progre: «Francia lo ve todo negro… quiero decir, difícil»)

La España de Luis y Del Bosque era la España del toque, esta España tiene menos fútbol personal, quizás, pero tiene una gran inteligencia de equipo muy pensado (como todos son listos, parece que alguien los piensa, los organiza, pero no, es al revés, de ellos se eleva ¡mano invisible no! ¡pie invisible del fútbol!)

Lo bonito ahora sería ganarle a Inglaterra (aunque ojo tener que aguantar a los del «anglo» esto, «anglo» lo otro…) pero Argentina, que no juega tanto, no es ajena a nuestro lenguaje, como si el fútbol volcara algo de la gramática común, cosa no descartable.

Alguien dijo que en este Mundial se insulta en español. Y también se juega.

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