Hace unos días, me asaltó el titular de una entrevista a Carlos Alsina: «Mis cuatro hermanos y yo vivíamos entre literas con mi abuela y mis padres». Pocos días después, otro de Vicente Vallés: «Vivía con mis padres en una chabola que construyó mi abuelo con sus propias manos». ¿Qué está pasando? No acabó ahí. El periodista Jesús Cintora ganaba actualidad por hacer llorar a una tertuliana y recordé que él también había sufrido penalidades. Efectivamente: «Mi madre me contó que en mi familia comían un huevo entre tres hermanos, y mi padre que dormían en un colchón tres hermanos».
Dividir el huevo en tres es como de Carpanta y supera al abuelo jornalero de Moreno Bonilla. Hay una cierta coquetería en contar estas cosas. No murió nunca ese subgénero de la confesión –extrañamente lindante con la hilaridad– que es contar con orgullo el hambre de posguerra; hambre de torero como El Cordobés, que llegó a comer pieles de patatas y luego viajaba acompañado de un jamón.
El yo pasé hambre sigue vivo de otra forma. La cómica (en el sentido de comediante) Paz Padilla contó: «Comimos mucho pan tostado. Mi madre iba a la panadería para que le dieran el pan duro del día anterior y a la frutería para que le dieran la fruta picada».
En sus memorias (que las tiene), Mar Flores narra algo similar en su infancia en Usera. «Tuve que comer pan duro». En su casa vivía lo del chiste: mamá, ¿cuándo comeremos pan del día? Mañana, hija, mañana. «Decidí ahorrar céntimo a céntimo hasta que ya tenía los suficientes para poderme comprar una barra de pan y comérmela yo por mi cuenta sin rendir cuentas a nadie». Como quien se compra un vespino. Lo primero que aprendió a decir en Francia fue «media baguette».
Problemas de la clase media para Miguel Ángel Revilla, que «con ocho años recorría 18 kilómetros a caballo para ir a por el pan». ¿Cómo te quedas?
Los actores también son conocidos por sus hambres. Antonio Banderas se alimentaba de patatas como un irlandés. «Me compré corriendo un libro de cómo cocinar papas, que era lo más barato, para aprender a hacerlas de mil formas».
El actor Juan José Ballesta también era de dieta fija: «Comía macarrones varios días seguidos»; aceptable en un soltero, menos en un niño.
En las carencias se crecían las madres. El Chef José Andrés, por supuesto, también pasó penalidades: «La nevera siempre llegaba vacía al día 30» pero la madre se inventaba unas croquetas de fin de mes.
El flamenco Miguel Poveda: «A menudo cenábamos un huevo duro con aceite y sal porque no había más. Cuando mi padre pudo trabajar, mi madre cogía una rebanada de pan, le echaba leche condensada, ponía piñones encima y lo metía al horno».
Poveda actualiza el hambre legendaria de los flamencos, quienes mejor la han expresado. Los Chunguitos «pasaron más hambre que un león»; María Jiménez «más que un caracol en la vela de un barco». Y Lola Flores tanta que «era pobre de quitarnos el hambre a guantazos».