La nostalgia, considerada el sentimiento estéril por excelencia, tiene en nuestro mundo la peor prensa.
No hablo, claro está, de esa nostalgia inocua de productos y referencias culturales que se ha convertido en un filón para el empresario avispado. Esa, convenientemente reducida a objetos inofensivos, puede incluso fomentarse publicitariamente, sobre todo hoy en nuestras sociedades envejecidas.
Pero, en general, nuestro marco mental obligatorio, basado en el mito del progreso indefinido, aborrece la nostalgia y recela de ella. La aborrece porque nuestro tiempo parece obsesionado con el borrado del pasado, con su continua reescritura para que incluso lo que fue se parezca lo más posible a lo que es, aunque tengamos que poner a una actriz negra a interpretar a Helena de Troya y a una transexual a representar a un poderoso guerrero de la Edad del Bronce.
Y recela de ella porque la entiende como una tentación malsana. La nostalgia anima a la comparación, y no siempre salen favorecidos los nuevos tiempos, especialmente cuando es nostalgia de lo que se ha vivido realmente.
Por eso el Príncipe dedica hoy un tiempo, un dinero y una energía desproporcionadas a combatirla, a convencernos de que cualquier tiempo pasado fue peor, a presentarnos tablas de datos e interpretaciones con más trucos que una película de acción de Serie B.
El tirano moderno siempre prefiere poner delante de nuestros ojos el futuro; “mirar al futuro” se considera el consejo más práctico, aunque sea, en realidad, el más inane: el futuro, por definición, está en blanco; no hay nada que ver, está por hacer. Pero precisamente ese vacío es lo que complace el poder, que puede llenar todo ese espacio en blanco con sus alucinaciones.
Porque la nostalgia no siempre es eso que he dicho en la primera frase, el sentimiento más estéril. A veces la nostalgia es un acicate, un incentivo, un estímulo. Porque no siempre expresa un deseo imposible de regresar al pasado, sino de mantener una continuidad, de que en nuestras vidas el pasado sea aún reconocible.
Eso que llaman nostalgia estéril es a menudo sed de identidad, de pertenencia. El sujeto no desea volver a un pasado irrecuperable; acepta el cambio como parte de la vida, con la tranquila resignación con que se aceptan las primeras arrugas. Lo que le desasosiega es que el cambio sea la única constante, lo único que no cambia.
El presunto nostálgico del que hablo también se rebela contra la idea de que el pasado no contiene cosa alguna aprovechable, incluso digna de recuperar. Si el paso del tiempo es un naufragio, nuestro hombre aspira, como Robinson Crusoe, a recoger de los restos flotantes de la nave todo lo que le pueda ser útil.
Las cosas son buenas o malas, útiles o nocivas; esas son clasificaciones relevantes, no la que distingue entre viejas y nuevas. Los campos de concentración fueron en su día tremendamente novedosos, como lo es la tentación totalitaria. No hay argumento racional alguno que impida rebuscar en el desván del pasado y recuperar todo lo bueno, lo bello y lo verdadero.