«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El fontanero

12 de julio de 2026

Venía en la prensa estos días (El Economista) que nueve de cada 10 empleos que se contratan en España están amenazados por la Inteligencia Artificial (IA).

Esta amenaza ya es general. Afecta a los cuello blancos, contables, auxiliares, periodistas… pero también, con la robótica, a empleos de otro tipo. Por ejemplo, antes uno siempre podía meterse a taxista, pero pronto serán robots.

Hay pocos empleos que no sufran esta amenaza, y uno de ellos, y no nos sorprende, es el de fontanero. El fontanero no es sustituible por un robot o una IA por la naturaleza urgente y habilidosa de su trabajo y por el lugar donde se desarrolla. No es una cadena de montaje donde quepa una máquina. Los cuartos de baño son irregulares (no hay más que asomarse a Idealista) y la zona de los retretes diríamos que es hasta enrevesada y exige, a la hora de operar, una gran pericia. La estampa clásica del fontanero agachado, en escorzo, enseñando quizás la hucha es, precisamente, lo que le protege del robot.

La sensibilidad postural, olfativa y manual del fontanero es inimitable, y se desarrolla además de manera urgente y ante lo urgente (de las cosas más urgentes que hay). En cierto modo, ¿no es como un cirujano? Por eso el fontanero es indigitalizable.

Y esto empieza a ser serio. Las letrinas son tan antiguas como la humanidad. Las había en Mesopotamia, pero como casi todo, tienen dos momentos: uno, con los romanos, cuando se generalizan y otro, con los ingleses, cuando se individualizan con la invención del retrete (el liberalismo del cagar), antes incluso de la revolución industrial, en la que se ingenia el tubo sifónico, quizás uno de los grandes avances de la humanidad.

Ahí suponemos que nacería el primer fontanero. Y desde entonces, desde la primera revolución industrial, no ha cambiado casi nada.

El fontanero ha pasado indemne la primera revolución industrial, la segunda, la tercera, la cuarta, la digital y cuando pensábamos que ya, ya le tocaba, resulta que tampoco la robótica y la IA le afectan. ¡La tecnología apenas les roza! Ellos se adaptan si acaso para cobrar: se ponen whatsApp, tarjeta, bizum


Pero ¿qué tiene la fontanería? Es más que una profesión, parece un arquetipo jungeriano: el fontanero es el individuo inmune a la técnica, como artesano de una artesanía eterna que no acabará nunca por esta vinculada a lo humanísimo.

Durante la tercera y cuarta revolución industrial algo empezamos a sospechar. El «si llego a saber esto, me hago fontanero» funcionaba como una fábula de Esopo. Lo decíamos, pero no lo hacíamos. Las sociedades se iban detrás de los trabajos prestigiados, «con futuro», tras las alharacas aspiracionales, mientras ellos, modestos, se quedaban a pie de retrete. Desde ahí han visto perder la cabeza a mucha gente. Ellos conocían el secreto de la obsolescencia, y se dedicaban a trabajar, a cobrar y a no presumir mucho para no levantar sospechas.

Ahora, como un personaje al que los dioses han sabido recompensar su falta de ambición, vuelve a escuchar lo mismo: «Mi hijo está estudiando análisis de datos. Es lo que tiene futuro. Se los rifan…». Mientras el fontanero le enseña al suyo el infinito y toda la ironía del mundo contenidos en la S del sifónico.

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