En 1938 una quinceañera Judy Garland, la inolvidable Dorothy de El Mago de Oz, cantó magistralmente el famoso espiritual negro Swing Low, Sweet Chariot para la película Everybody Sing. Lo hizo con la cara pintada de negro y los labios de blanco según la costumbre denominada Blackface, muy extendida en las artes escénicas estadounidenses desde el siglo XIX hasta su prohibición en los años sesenta del siglo XX por estimarla ridiculizadora de los negros.
El caso más conocido fue el de El nacimiento de una nación de David W. Griffith (1915), que acumula en sí las categorías de ser una de las películas fundadoras del séptimo arte y al mismo tiempo una de las más polémicas. El motivo de su polémica cuando apareció y de su maldición de hoy consiste en que presenta a los miembros del Ku Klux Klan como los buenos de la historia, surgidos para evitar los abusos de los negros tras la victoria nordista en la Guerra de Secesión. Los personajes negros eran actores blancos con las caras pintadas.
Pero una vez superada aquella lejana afrenta, ahora, a lomos de la totalitaria corrección política, ha llegado la opuesta: la eliminación de los blancos. Uno de los pioneros fue Kenneth Branagh al dirigir en 1993 una versión cinematográfica del shakesperiano Mucho ruido y pocas nueces en la que el personaje del príncipe aragonés fue interpretado por Denzel Washington. ¡Un monarca aragonés del siglo XIII, negro! Si hubiera sido al revés, un actor blanco interpretando un personaje histórico negro, habría sido inadmisible porque la conciencia universal lo habría considerado un odioso ejemplo de ese nuevo pecado llamado apropiación cultural.
Lo de Mucho ruido y pocas nueces no es ninguna excepción, puesto que la negrización de personajes blancos es muy común desde hace algunos años en películas, series, ilustraciones, etc. Dos ejemplos recientes son los de las series Bridgerton y Wolf Hall sobre la Inglaterra de principios del siglo XIX y la dinastía Tudor respectivamente. ¡Negros en las cortes inglesas de los siglos XVI y XIX!
También muy reciente, de 2023, es la película danesa La tierra prometida, cuyo director Nikolaj Arcel respondió a la observación de un periodista sobre la “falta de diversidad de la cinta” que hay que tener en cuenta que su acción transcurre en la Dinamarca del siglo XVIII, a la que, evidentemente, todavía no había llegado la bendita inmigración afroasiática. Y más reciente todavía es esa Helena de Troya negra que anda estos días en boca de todo el mundo cuando el fútbol da un respiro. Pero esto, por lo visto, no es apropiación cultural.
Que no estamos ante una casualidad lo probó Gemini, la herramienta de inteligencia artificial de Google. Las redes sociales rebosaron de carcajadas cuando varios usuarios publicaron sus experiencias al respecto. Uno de ellos pidió que produjera la imagen de un hombre blanco, a lo que la herramienta del averno respondió que no podía hacerlo por referirse a una etnia en particular. Pero cuando solicitó imágenes de negros o asiáticos no hubo problema alguno.
Lo más divertido, sin embargo, fue el resultado de peticiones de generación de imágenes de europeos del siglo XVIII, de padres fundadores de Estados Unidos, de soldados alemanes, de vikingos, de guerreros griegos, de caballeros medievales o de científicos del siglo XVII. La cosa ciberespacial ésa ha debido de ser programada, en obediente corrección política, para que sea inclusiva y reparta equitativamente colores epidérmicos en las imágenes humanas que le soliciten. Pero los ingenieros no debieron de incluir también la instrucción de que tuviese en cuenta los contextos históricos oportunos, así que no aparecieron más que imágenes grotescas de negros, asiáticos y amerindios mostrando ropajes, entornos y actividades que encajaban con lo pedido como con un Cristo dos pistolas.
Los blancos, según parece, ni existen ni existieron. Significativo adelanto del futuro inmediato, por cierto.