«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Esparza

14 de julio de 2026

Dedica José Javier Esparza su último libro, Reiniciar España (La esfera de los libros), a los Húsares. Así se llamó a la caballería ligera húngara que durante siglos sirvió al Imperio Austríaco combatiendo al turco, sorprendiendo con velocidad y sable al enemigo antes de que este pudiera desplegar su artillería. Doscientos años después, el término dio nombre a un grupo de escritores franceses que respondieron al pensamiento existencialista de Sartre manejando la frase corta como un cuchillo. «En cada frase ocurre la muerte de un hombre» – les caracterizaba un estilo rápido e insolente para combatir la cultura dominante en el París de los años 50. 

En la tertulia de los viernes de El gato al agua también hay húsares. Carlos Esteban, Fernando Paz, Pedro F. Barbadillo, Jesús García-Conde y José Antonio Fúster libran su propia escaramuza contra el relato oficial, incisivos e insumisos al pensamiento único.

Queda así completo el triple linaje: el guerrero que defiende la cristiandad frente al otomano, el escritor que emplea el humor, la tradición y un cierto dandismo estético contra el dominio cultural de la izquierda y el analista político que defiende la nación frente al globalismo.

Y, de alguna forma, Esparza encarna a los tres cuando escribe Reiniciar España

Nuestro hombre de los martes en La Gaceta traza al inicio la distinción que atraviesa una obra sumamente didáctica, que arroja luz meridiana sobre el embrollo en el que estamos metidos. Nos hace ver que no vivimos una crisis, de la que siempre se sale, sino un colapso. La crisis nos lleva hacia otro sitio, cambia el curso de una realidad. No hay coach de cualquier cosa que no repita aquel orientalismo de la «oportunidad» en cuanto se habla de crisis. El colapso no está para gaitas. Es terminal, el estadio final de lo que fue y nunca más será. De ahí que no quepa una reforma sino un reinicio.

Y es así porque no hemos sido destruidos, sino desconstruidos. Esparza le pone la «s», probablemente para que sintamos la gravedad del asunto. La «deconstrucción» se presta al choteo de todo lo manoseado por el pensamiento woke (es su matriz); la desconstrucción explica por qué el globalismo consiguió desmantelar nuestras sociedades e imponer la fragilidad social y el nihilismo moral. En cuanto que desnaturaliza, desidentifica y desarraiga, la desconstrucción resignifica. Por tanto, no es otra cosa que «una operación revolucionaria puesta al servicio de un proyecto político determinado».

Reiniciar España explica la foto completa, «global» —Esparza cita en varias ocasiones a Emmanuel Todd, o coincide en el análisis postsesentayochista de Zemmour— sin la cual no se entiende la demolición de lo patrio. Para la imposición de un orden de poder, hay que acabar con las resistencias particulares y, en ese sentido, España ha sido un gigantesco laboratorio de ingeniería social. Se ha tratado de reescribir la historia y de sublimar una endofobia congénita —ay, la leyenda negra— pero también de borrar la herencia cultural más directa o cualquier atisbo de conciencia nacional histórica. Un sistema que produce individuos atomizados y sin filiación los mantiene inermes, pero también está fabricando el modelo que necesita el capitalismo financiero. «Ideas, poder y dinero, hay que acostumbrarse a pensarlo todo junto» – escribe casi como un mantra.

Un tipo humano particular que no se sienta vinculado ni a una familia, ni a unos hijos ni a un país no puede identificar a su enemigo porque no sabe de dónde viene él mismo, quién es. Deliberadamente, nuestra columna vertebral ha sido fracturada para impedir que vuelva a erguirse. 

El proceso de demolición civilizacional le ha prendido fuego a los planos de la casa. La reconstrucción debe devolvernos la topografía y los cimientos. Hacer que nos identifiquemos con una historia, con una tradición concreta, con un cementerio, como decía Maurice Barrès. 

Esparza tiene viva en su memoria familiar el recuerdo de una sociedad que salió adelante después de una guerra a través del trabajo concienzudo y la abnegación. Con principios elementales pero sólidos: «Orden, paz, sacrificio recompensado, un patriotismo elemental y sano, esfuerzo y fe que respondía a todas sus preguntas». La generación que pasó de la azada al seiscientos en poco más de una década, que jamás se consideró víctima de nadie, no necesitó ideología para reconstruir un país. Le bastó su propia dignidad y la conciencia de quiénes eran.

Ante este colapso, todos estamos llamados a reconstruir una civilización. Y eso, dice José Javier Esparza, es una tarea fascinante.

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