
La torpeza de muchos europeos y su pérdida no ya del sentido de amenaza, sino de la virtud de la precaución, les está llevando a abrir las fronteras de sus países a hordas de extranjeros que provienen de algunos de los lugares más violentos del planeta, como Afganistán y Eritrea. La irresponsabilidad o estupidez se convierten en suicidio cuando a estos individuos se les otorga la nacionalidad y, con ella, el derecho de voto.
A no ser que el recuento de los votos emitidos en el extranjero, que en las elecciones de 2022 fueron 75.000, cambie un par de escaños a favor de los partidos de centro-derecha, el bloque de izquierdas ha obtenido la mayoría absoluta en el Riksdag. Y lo ha hecho gracias a que ha recibido de manera abrumadora las papeletas de los inmigrantes musulmanes, incluso de personas que no hablan el idioma del país donde viven ni trabajan, aunque cobren subsidios abonaos por sus contribuyentes.
Y esto último no es una exageración. En un colegio electoral de la pequeña ciudad de Eksjö (menos de 10.000 habitantes), una ciudadana sueca fotografió un cartel escrito en árabe que daba instrucciones sobre el voto.
Las izquierdas suecas, como las francesas, las británicas o las españolas, se han trabajado el voto de los inmigrantes, sin importarles sus concepciones teocráticas, machistas o autoritarias. El Partido Socialdemócrata puso carteles en árabe de su candidata a primera ministra, Magdalena Andersson.
Una encuesta encargada por la cadena de televisión pública, SVT, muestra que los partidos de izquierda tienen unos porcentajes de voto muy superiores a la media nacional entre los ciudadanos de origen extranjero. Los socialistas, que han sacado un 28% a nivel nacional, suben a un 38% en este grupo. Y el partido La Izquierda, formado por comunistas, y cuyo espejo en Francia es La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, casi triplica su porcentaje, ya que pasa de un 8% a más de un 21%.
En cambio, el Partido Moderado, del primer ministro Ulf Kristersson, baja casi un tercio, de un 20% a nivel nacional a un 12% entre los suecos de origen extranjero. El partido identitario, Demócratas Suecos, pierde un 40%: baja de un menos de un 18% a un 10%. Y los democristianos caen a la mitad, de un 6% a un 3%.
Según esta encuesta, el 66% de los nuevos suecos han votado a las izquierdas (socialistas, excomunistas y verdes). Si se añade el Partido de Centro, que también ha estado en la oposición, la cifra sube al 70%. Otra encuesta elevaba ese porcentaje al 85%. En cambio, a nivel nacional, con los resultados provisionales, la suma de los cuatro partidos de oposición se sitúa en un 50%.
En algunos distritos suecos, controlados por bandas, clanes y mezquitas, el voto de los musulmanes se acercó a una sorprendente unanimidad. Por ejemplo, en Rosengård, en el centro de la ciudad de Malmö, el porcentaje que recibió el partido socialdemócrata rondó el 50% y La Izquierda en torno a un 40%. Y en uno de los barrios más violentos de Estocolmo, Rinkeby, apodado “la Pequeña Mogadiscio”, el Partido de Izquierda es el que ha alcanzado la mitad de las papeletas y los socialistas se ha quedado con un 40%. Las derechas sumadas apenas han superado un 5%.
Los inmigrantes se han convertido en un elemento fundamental de la demografía del país y, por tanto, de la política. Un tercio al menos de la población de Suecia no era sueca hace veinte años. Y el número sigue aumentando, aunque se ha tratado de frenar.
Más de un cuarto de millón de extranjeros recibieron la nacionalidad en los últimos cuatro años. En 2022, cuando gobernó la izquierda hasta octubre, los nacionalizados superaron los 90.000. En 2023 y 2024 bajaron a 65.000 en cada año. En 2025, debido a la introducción de nuevos requisitos de identidad y seguridad, cayeron por debajo de 40.000. Y en 2026, se han reducido a unos pocos cientos gracias a una nueva ley promovida por los Demócratas Suecos. En España, las nacionalizaciones en 2025 ascendieron casi a 300.000, según datos del INE.
Y los principales países de origen son: Siria, Eritrea, Somalia, Afganistán, Irak, India, Polonia, Rumanía, Finlandia, Dinamarca y Noruega.
Desde el principio del gobierno que hoy agoniza, el líder del partido Demócratas Suecos, Jimmie Åkesson, adherido al grupo ECR en el Parlamento Europeo, reclamó a Kristersson, los liberales y democristianos que suprimiesen la concesión de nacionalidades, revisasen muchas de las otorgadas en los años anteriores y endureciesen los requisitos de asilo. Pero el centro-derecha lo hizo sólo al final de la legislatura.
Con la proporción de la encuesta de la cadena SVT, más de 180.000 votos de los nuevos nacionalizados durante la legislatura han ido a las izquierdas. Una cantidad muy por encima de la diferencia en sufragios entre el bloque gubernamental y el de la oposición, que ha sido inferior a los 40.000.
Magdalena Andersson se ha comprometido a aplicar severas medidas contra la inmigración y la reagrupación familiar y a favor de la deportación de delincuentes. Pero cuando fue primera ministra hizo lo contrario. Y ahora sabe que su partido y sus aliados dependen de los musulmanes, ya que, excluido el voto de los nacionalizados de fuera de Europa, algunos cálculos dan a las derechas más de 180 escaños cuando la mayoría absoluta se encuentra en los 175.
Ocurra lo que ocurra, las elecciones al Riksdag del 13 de septiembre demuestran que los centristas, suecos o españoles, no se atreven a cambiar la herencia de la izquierda y, si lo hacen, es cuando el veneno ya ha infectado todo el cuerpo.