
El presidente de la República, Emmanuel Macron, y la dirección del museo del Louvre realizaron a comienzos de año una evaluación crítica del estado del mayor museo de Francia. El informe, presentado como punto de partida para un plan de modernización, reconocía fallos estructurales —baños inutilizables, colas interminables y accesos insuficientes—, pero omitía un aspecto cada vez más visible para millones de visitantes: la degradación de sus alrededores, convertidos en escenario de venta ilegal, suciedad y rezos masivos.
La explanada que da acceso a la famosa pirámide de cristal, símbolo de la modernidad francesa en los años ochenta, se ha transformado en una improvisada zona de comercio y acampada donde numerosos inmigrantes africanos venden recuerdos y falsificaciones a los turistas. Camisetas, llaveros, réplicas de la «Gioconda» o miniaturas de la torre Eiffel se ofrecen entre los puestos ambulantes y las furgonetas que también venden bocadillos y perritos calientes a una clientela multicultural.
Mientras Macron anuncia un «Louvre del siglo XXI» como emblema de la renovación cultural francesa, el entorno del museo presenta una imagen opuesta: mendigos, escombros, tenderetes ilegales y basura acumulada entre los jardines de las Tullerías y las entradas principales. Muchos visitantes deben esperar más de una hora para acceder al museo, sorteando obstáculos y comerciantes improvisados.
Entre la pirámide central y los jardines, grupos de turistas musulmanes aprovechan los espacios libres para extender sus alfombrillas y rezar de cara a La Meca. Un fenómeno que se ha vuelto habitual en una zona donde antes sólo se veía a fotógrafos y visitantes. La postal que durante décadas simbolizó la grandeza del arte francés se ha convertido en un reflejo incómodo de la crisis social y cultural del país.
Detrás del templo del arte universal, entre la salida este del museo y la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, se extiende un área utilizada como aparcamiento de camiones, montacargas y material de obra. Desde allí se cometió recientemente un robo, un episodio que volvió a poner en evidencia el abandono generalizado del recinto y su entorno.
La llamada «gran reforma del Louvre» avanza entre promesas y contradicciones. Los camiones que entran y salen con materiales de construcción conviven con los vendedores ilegales y los sin techo que buscan refugio en los soportales de la antigua residencia real. Una estampa que resume la Francia de hoy: un país que intenta rescatar sus símbolos del colapso mientras convive con las consecuencias de su propia política de fronteras abiertas.