La primera vuelta será el 18 de abril de próximo año
La convicción del soberanismo francés: puede conquistar el Elíseo con cualquiera de sus dos grandes figuras
La convicción del soberanismo francés: puede conquistar el Elíseo con cualquiera de sus dos grandes figuras
Jordan Bardella y Marine Le Pen. Europa Press
Por Carlos Esteban
5 de julio de 2026

¿Cómo serían unas elecciones presidenciales francesas sin Marine Le Pen? Los votantes de Agrupación Nacional podrían estar a punto de descubrirlo. El próximo 7 de julio, el Tribunal de Apelación de París decidirá si la líder soberanista puede presentarse a las elecciones presidenciales de 2027 o si confirma la pena de inhabilitación impuesta por el caso de los asistentes parlamentarios europeos.

Durante veinte años, buena parte de la política francesa ha consistido en impedir que Marine Le Pen culminara el largo ascenso iniciado por su padre. La ironía es que esa decisión judicial puede llegar demasiado tarde. Agrupación Nacional ya no depende exclusivamente de ella. Si Le Pen cae, Jordan Bardella espera.

Francia acaba de fijar las fechas de sus próximas presidenciales: primera vuelta el 18 de abril de 2027 y segunda el 2 de mayo. Emmanuel Macron no puede volver a presentarse. El macronismo carece de un heredero claro. La izquierda llega dividida una vez más. Los Republicanos siguen sin recuperarse de su hundimiento. En ese escenario, Agrupación Nacional afronta la campaña desde una posición inédita: la convicción de que puede conquistar el Elíseo con cualquiera de sus dos grandes figuras.

Los sondeos explican esa confianza. Bardella ronda el 36% de intención de voto en primera vuelta y aparece sistemáticamente en cabeza. En varios escenarios publicados por IFOP y otros institutos demoscópicos derrota en la segunda vuelta a Gabriel Attal, al ex primer ministro Édouard Philippe o al conservador Bruno Retailleau. Frente a Jean-Luc Mélenchon obtendría una victoria aún más amplia. La gran novedad no es que el RN vuelva a liderar las encuestas. Es que lo hace incluso cuando el candidato ya no se llama Marine Le Pen.

Reuters resumía estos días el cambio con una frase significativa: el partido empieza a preparar «la vida después de Le Pen». Algunos dirigentes admiten incluso que Bardella podría ampliar el electorado tradicional del RN. Hace una década, la inhabilitación de Marine Le Pen habría supuesto una crisis existencial. Hoy el partido transmite una tranquilidad sorprendente. Ha dejado de ser una organización construida alrededor de un apellido para convertirse en un movimiento con relevo generacional.

Jordan Bardella tampoco es un simple sustituto. Con treinta años, representa una segunda generación soberanista. Ha suavizado la imagen del partido sin alterar sus prioridades. Mantiene un discurso muy duro sobre inmigración, seguridad y delincuencia, pero ha desplazado parte del debate hacia la soberanía económica y política. En una reciente visita a Polonia prometió poner «la Comisión Europea al servicio de las naciones, y no al revés», rechazó el Pacto Verde tal como está concebido y denunció acuerdos como Mercosur por sacrificar a agricultores e industrias europeas. Su objetivo consiste en convencer a una parte del electorado conservador y empresarial de que el RN ya no es un partido de protesta, sino una alternativa de gobierno.

Ese mensaje encuentra hoy un terreno mucho más fértil que hace diez años. Una parte creciente del electorado francés tiene la impresión de que el país pierde el control sobre sí mismo. La inmigración se mantiene en niveles históricamente elevados; varios crímenes muy mediatizados cometidos por extranjeros pendientes de expulsión han alimentado el debate sobre la autoridad del Estado; la inseguridad ocupa desde hace años los primeros puestos en las encuestas sobre preocupación ciudadana y cuestiones que antes apenas salían de los círculos intelectuales —la identidad nacional, la transmisión cultural, la asimilación o la propia continuidad histórica de Francia— forman ya parte de la conversación política cotidiana. Incluso gobiernos alejados del RN han endurecido la legislación migratoria y los requisitos para acceder a la nacionalidad francesa.

Ese clima explica también fenómenos culturales llamativos. Iniciativas como el Canon Français, una reivindicación pública del patrimonio literario, gastronómico e histórico francés frente a la deconstrucción identitaria, han encontrado un eco impensable hace pocos años. Comer francés, leer a los clásicos franceses o defender una determinada idea de Francia se presentan cada vez más como gestos políticos.

Mientras, el resto del sistema político ofrece una imagen muy distinta. El espacio macronista sigue buscando un heredero entre Philippe, Attal y Darmanin. La izquierda intenta organizar unas primarias de las que ya se ha desmarcado Jean-Luc Mélenchon. Los Republicanos continúan atrapados entre competir con el RN o diferenciarse de él. El resultado es un paisaje político extraordinariamente fragmentado frente a un Agrupación Nacional que transmite cohesión, disciplina y una estrategia perfectamente reconocible.

Durante décadas, el principal objetivo del establishment francés fue impedir que el Frente Nacional llegara al Elíseo. El próximo lunes, un tribunal decidirá si Marine Le Pen puede seguir intentándolo. Pero esa quizá ya no sea la cuestión decisiva. La pregunta que empieza a hacerse Francia es otra: si el soberanismo ha alcanzado por fin la madurez suficiente para ganar incluso sin la mujer que durante veinte años encarnó su ascenso.

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