La producción manufacturera de la UE cayó en abril de 2026 un 4,1 % respecto al mismo mes del año anterior
La UE se desarma ante China: menos industria, más dependencia y el CO2 más caro del mundo
La UE se desarma ante China: menos industria, más dependencia y el CO2 más caro del mundo
Ursula Von der Leyen y Xi Jinping.
Por Rebeca Crespo
7 de julio de 2026

Europa está perdiendo la batalla industrial frente a China y lo hace con una desventaja añadida: Bruselas encarece la producción de sus propias empresas con una descarbonización que avanza más rápido que las alternativas capaces de sostenerla. La Unión Europea (UE) depende todavía del gas y del petróleo importados, pero penaliza al mismo tiempo a su industria con el CO₂ más caro del mundo. El resultado es un continente que produce menos, compra más fuera y ve cómo Pekín ocupa el espacio que deja libre su tejido productivo.

El deterioro ya aparece en los datos. Según Eurostat, la producción manufacturera de la UE cayó en abril de 2026 un 4,1 % respecto al mismo mes del año anterior. El golpe afecta a sectores estratégicos como la automoción y la industria química, que siguen por debajo de los niveles previos a la pandemia tanto en la UE como en la eurozona y en las principales economías del euro, incluida España.

China se ha convertido en el gran competidor industrial de Europa. Su capacidad productiva, sus menores costes, sus subsidios públicos y su acceso a materias primas esenciales para la transición digital y energética le permiten colocar en el mercado bienes industriales a precios que las empresas europeas tienen cada vez más dificultades para igualar.

La presión se ha intensificado tras los aranceles impuestos por Estados Unidos en 2025, que han provocado desvíos comerciales hacia la UE. Parte de la producción china que encuentra más obstáculos para entrar en el mercado estadounidense acaba compitiendo en Europa a precios rebajados, lo que agrava la situación de una industria sometida a costes regulatorios y energéticos superiores.

El resultado es un desequilibrio comercial de enorme dimensión. El bloque comunitario mantiene con China un déficit cercano a los 400.000 millones de euros. Además, la cesta exportadora china se parece cada vez más a la alemana: ya no compite sólo en productos baratos, sino también en bienes industriales de alto valor añadido.

La dependencia europea de Pekín tampoco se limita a los productos terminados. Las industrias alemanas dependen ya más de los insumos chinos que de los estadounidenses, un factor de riesgo ante las restricciones impuestas por China a la exportación de tierras raras durante el último año.

A la ofensiva comercial china se suma el coste energético europeo. La UE continúa dependiendo del gas y del petróleo importados, el flanco que la expone a cada crisis internacional. El cierre del estrecho de Ormuz y el aumento del precio del gas hasta el entorno de los 40 y 50 euros por MWh han agravado la presión sobre la industria en los primeros meses de 2026.

Pero Europa no sólo paga más por la energía. También paga más por emitir. El mercado europeo de derechos de CO₂ es el más caro del mundo y el precio se sitúa en torno a los 80 euros por tonelada, después de multiplicarse por diez en una década. Ese coste se traslada a las cadenas productivas y encarece los bienes fabricados en territorio comunitario.

La descarbonización añade además costes que van más allá del precio del CO₂. La incorporación de combustibles alternativos como el hidrógeno o el combustible sostenible para la aviación exige nuevas inversiones, encarece procesos y depende de tecnologías que todavía no han alcanzado una escala suficiente.

Europa ha empezado a cerrar o reducir capacidad fósil antes de disponer de sustitutos capaces de cubrir la demanda industrial. El caso del queroseno refleja esta vulnerabilidad: la UE es deficitaria en este producto y las últimas tensiones energéticas han agravado el problema.

Los datos muestran la contradicción del modelo comunitario. Las empresas generadoras de energía redujeron sus emisiones un 25% en 2025 respecto a 2019 y la industria manufacturera lo hizo un 13%. Sin embargo, el transporte emite un 2% más que antes de la pandemia y el 57% del mix energético europeo sigue dependiendo del gas y del petróleo.

Bruselas intenta corregir parte del problema con el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono, diseñado para cobrar por las emisiones incorporadas a ciertos productos importados. Pero su alcance todavía es limitado frente al volumen de bienes procedentes de países con exigencias climáticas mucho menores.

La Comisión Europea prevé aprobar a finales de año una reforma del sistema de derechos de emisión para flexibilizar los objetivos de las industrias con más dificultades. Al mismo tiempo, plantea encarecer la gasolina y el gasóleo, lo que trasladaría una parte mayor del coste climático a los consumidores.

La consecuencia es un modelo que deja a Europa en desventaja. China subvenciona, produce barato y controla materias primas estratégicas. Estados Unidos protege su mercado con aranceles. La Unión Europea, en cambio, mantiene abierta su economía mientras carga a sus industrias con los costes energéticos y climáticos más altos.

El declive industrial europeo ya no es una advertencia, sino una realidad medible. La UE produce menos, depende más de China y afronta una transición energética que, lejos de fortalecer su autonomía, amenaza con acelerar la pérdida de su tejido productivo.

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