La derrota del excomisario europeo Frans Timmermans, principal artífice del Pacto Verde Europeo, ha sido el golpe político más significativo de las elecciones neerlandesas. Su intento de regresar a la política nacional con un discurso centrado en la agenda climática de Bruselas ha terminado en un fracaso estrepitoso. El electorado no sólo ha rechazado su candidatura, sino el modelo de transición ecológica que impuso desde la Comisión Europea: caro, intervencionista y alejado de las preocupaciones reales de las familias y de los agricultores.
Timmermans, que dimitió el miércoles, encabezaba la alianza entre el histórico Partido Laborista y la formación ecologista Izquierda Verde, una coalición que pretendía revitalizar la izquierda neerlandesa y devolverla al poder. Pero el experimento no ha funcionado: perdió una quinta parte de sus escaños y cayó al cuarto puesto, víctima del descontento social ante una política climática que encarece la energía, limita la industria y castiga al campo.
Mientras tanto, el soberanismo supo capitalizar el malestar. El Partido de la Libertad de Geert Wilders fue el gran vencedor de la noche, logrando una victoria histórica y confirmando el giro patriota del país. Aunque el resto de formaciones maniobran para impedirle gobernar, su éxito ha desplazado el eje político y ha obligado incluso a los liberales de Demócratas 66 (D66) a moderar su discurso, dejando de lado las consignas verdes para adoptar un tono más pragmático sobre inmigración masiva y soberanía energética.
El mensaje que emerge de las urnas es inequívoco: la sociedad neerlandesa ha perdido la paciencia con el dogma climático. Las promesas de una Europa descarbonizada se han traducido en facturas más altas, restricciones agrícolas y pérdida de competitividad. El castigo a Timmermans representa el rechazo creciente al Pacto Verde, a la burocracia de Bruselas y a una izquierda que ha dejado de representar al ciudadano medio.
Europa observa con atención lo ocurrido en Países Bajos. Porque la caída de Timmermans es el aviso de que proyecto climático europeo empieza a resquebrajarse allí donde los votantes pueden expresarse sin filtros. Y aunque Wilders no gobierne, su triunfo ha dejado claro que el futuro político de Europa se aleja de los despachos de Bruselas y se acerca, cada vez más, a la voluntad de los pueblos.