
El próximo miércoles 19 de noviembre, en una acción global organizada por la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada, centenares de monumentos en todo el mundo se iluminarán de rojo para denunciar la persecución que sufren millones de cristianos, visibilizar las masacres cometidas contra ellos y exigir la actuación de gobiernos y organismos internacionales.
La iniciativa forma parte de la conocida Red Week, una campaña internacional cuyo objetivo consiste en recordar a las víctimas de la violencia religiosa y advertir de que la libertad de culto continúa gravemente amenazada en decenas de países. El color rojo simboliza la sangre de quienes han sido asesinados, secuestrados o expulsados de sus hogares a causa de su fe.
Más de 600 edificios —entre iglesias, catedrales y monumentos históricos— han confirmado su participación. Ciudades europeas y americanas iluminarán algunos de sus puntos más emblemáticos, mientras comunidades cristianas de Oriente Medio y África aprovecharán la jornada para dar testimonio del acoso que padecen a diario.
La organización promotora recuerda que más de doscientos millones de cristianos viven sometidos a discriminación, vigilancia, violencia o amenaza directa de grupos extremistas y gobiernos hostiles. En algunos países, las conversiones están penadas con cárcel o incluso con la muerte. En otros, las iglesias son atacadas regularmente y las comunidades viven bajo auténtico estado de sitio.
La acción no se limita a la iluminación simbólica. En numerosos lugares se celebrarán vigilias, actos de oración y encuentros con víctimas de persecución que narran cómo han sobrevivido a secuestros, a la destrucción de sus templos o al asesinato de familiares. Son testimonios que rara vez aparecen en los grandes medios y que desmienten la imagen de normalidad que algunos gobiernos intentan proyectar.
En España, aunque la adhesión oficial más amplia se prevé para 2026, varias diócesis y parroquias han manifestado su intención de participar con actos y encendidos puntuales. El gesto llega en un momento en el que las agresiones a cristianos occidentales también crecen, mientras las instituciones europeas evitan señalar a los responsables de la persecución fuera del continente.
La imagen del mundo iluminado de rojo se configura así como un desafío al silencio: un recordatorio de que existe una minoría religiosa que sufre una violencia sistemática y que, a pesar de ello, sigue siendo la más ignorada por la comunidad internacional.