«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
los cristianos, el principal objetivo

Del Sahel a Somalia: África cae ante la expansión del terror yihadista

Cristianos son masacrados en Nigeria. Redes sociales

África se ha convertido en el nuevo corazón del terror global. Lo que hace apenas una década eran focos aislados de insurgencia en desiertos y selvas, hoy son guerras abiertas que desgarran el continente. Filiales de ISIS, Al Qaeda y Boko Haram han tejido una red de violencia que se extiende desde el Sahel hasta la costa oriental, dejando tras de sí aldeas arrasadas, gobiernos colapsados y miles de víctimas.

En 2024, se estima que cerca de 19.000 personas fueron asesinadas en ataques islamistas. El número de muertos anuales ha crecido más de un tercio respecto al trienio anterior, consolidando al continente como el escenario más mortífero del terrorismo global. La brutalidad, lejos de atenuarse, se ha vuelto rutina: decapitaciones, lapidaciones, mutilaciones y violaciones colectivas se utilizan como instrumentos de control.

El Sahel concentra el epicentro del horror. Burkina Faso, Malí y Níger encadenan año tras año la mitad de las muertes causadas por el extremismo. En Burkina Faso, convertido en el país más sangriento de la región, más de seis mil personas fueron asesinadas en 2024, muchas de ellas en matanzas masivas como la de Barsalogho, donde unos 400 civiles fueron ejecutados a sangre fría. Las aldeas son arrasadas, los hombres fusilados, las mujeres violadas y los niños reclutados o asesinados.

En este escenario, el grupo Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), afiliado a Al Qaeda, se ha consolidado como la fuerza insurgente dominante. Formado en 2017, controla amplias zonas rurales y ha levantado una administración paralela que cobra impuestos, regula el comercio y aplica una interpretación extrema de la ley islámica. Su objetivo es expulsar a las tropas extranjeras y a los gobiernos del Sahel para construir un corredor yihadista desde el Sáhara hasta el Atlántico. La reciente masacre en Boulkessi, donde más de un centenar de soldados malienses fueron asesinados, demostró su capacidad de ataque y su voluntad de expansión.

Somalia, en el extremo oriental, sufre una guerra que no da tregua. Al Shabaab, la rama más poderosa de Al Qaeda en África, cuenta con entre siete y 12.000 combatientes. Ha jurado destruir el gobierno somalí e imponer un régimen islámico, y ha protagonizado algunos de los atentados más sangrientos del continente, como el camión bomba de 2017 que mató a 600 personas en Mogadiscio. Los ataques a hoteles, bases militares y centros civiles continúan, mientras la población queda atrapada entre la represión del grupo y la incapacidad del Estado.

En la cuenca del lago Chad, el terror se reparte entre Boko Haram y su escisión, el Estado Islámico de África Occidental (ISWAP). Ambos grupos compiten por el control del noreste de Nigeria y las fronteras con Chad, Níger y Camerún. Boko Haram, conocido por el secuestro de las niñas de Chibok en 2014, mantiene su campaña de terror con masacres y secuestros. ISWAP, más organizado, impone su dominio mediante la extorsión y los asesinatos públicos. Las aldeas cristianas son objetivo recurrente: en junio, un centenar de fieles fueron masacrados mientras dormían en Yelwata, en el estado nigeriano de Benue.

En Mozambique, la violencia ha regresado con fuerza tras una breve tregua. El grupo local Ahlu Sunnah wal Jamaa, alineado con el ISIS, ha convertido la provincia de Cabo Delgado en una zona de terror. Las decapitaciones y ataques contra civiles son comunes: en 2024, casi un tercio de las muertes estuvieron dirigidas contra población no combatiente. Miles de familias huyeron en cuestión de días, dejando pueblos enteros abandonados.

También en el centro del continente, las Fuerzas Democráticas Aliadas —rebautizadas por el ISIS como Provincia del Estado Islámico de África Central— continúan sembrando el horror en la República Democrática del Congo y Uganda. Atacan aldeas, iglesias y funerales. En julio, una vigilia cristiana en Ituri terminó con más de cuarenta muertos, nueve de ellos niños.

Detrás de la expansión del yihadismo africano se esconden causas profundas. En vastas regiones del continente, el Estado ha desaparecido. La pobreza, la corrupción y el abandono institucional han dejado a millones de personas sin protección ni esperanza. Los grupos islamistas aprovechan ese vacío para presentarse como defensores de las comunidades, ofreciendo seguridad y justicia a cambio de sumisión.

La respuesta de los gobiernos del continente sigue siendo insuficiente. Las operaciones militares se suceden sin lograr frenar la expansión, mientras los golpes de Estado en países como Níger o Burkina Faso agravan el caos. En este contexto, el yihadismo no sólo persiste: se consolida.

África se desangra mientras el mundo mira hacia otro lado. Las cifras de muertos se cuentan por decenas de miles, los desplazados superan los millones y los campos de refugiados se multiplican. La yihad ha encontrado en el continente un terreno fértil donde crecer, y cada nueva matanza demuestra que la batalla por África ya no es local. Es global.

+ en
Fondo newsletter