«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Patria sin fútbol

16 de julio de 2026

Están mi ciudad y la tuya engalanadas con banderas de España. Niños, jóvenes y mayores visten camisetas, bufandas, pulseras y ondean al viento la rojigualda, que no «la roja», tristísimo invento de La Sexta en aquel Mundial del 2006 en el que todos hablábamos del añorado Andrés Montes y de El Koala, el que iba a hacer un corral «pa echá guarrilla y pa echá guarrillo».

El fútbol es una pasión gratuita. No es primitiva ni tribal, como dicen los que gustan paradójicamente de tocar mucho las pelotas, pero odian el balompié. El fútbol, como la música y las fiestas populares, ayuda a la cohesión de un país, nos une y hermana en una lucha sin grandes consecuencias; un hermanamiento que disfrutamos, no tanto por los goles —que también—, sino porque apela a algo muy íntimo, al sentido último de constituir una nación, para ser, para defendernos.

Sin embargo, resulta frustrante que tantos españoles tengan que esperar cuatro años, cada mundial, para vestirse con los colores de su propio país en su propio país, sin resultar sospechosos de no sé qué; algo que la izquierda ha decidido sin el concurso de al menos la otra mitad de españoles. A pesar de que los zurdos acumulan infinitas traiciones a la patria, la ruptura de la unidad nacional, la real y la que atañe a los símbolos, para lograr pescar políticamente en ese río revuelto, es la peor de todas. Es el pecado original de la izquierda española: el odio a España. 

Con la bandera celebramos a nuestros mayores, a los que nos precedieron fundando el hogar que habitamos, a los que lucharon por reconquistar esta tierra cristiana y derramaron su sangre por nuestra paz, o a los que murieron también, asesinados de la forma más canalla, en la lucha contra las ratas de la banda terrorista ETA; gracias a su valentía hoy somos un poco más nobles, un poco más libres. 

Los nacionalistas, que hoy ya sabemos que no creen en nada salvo en su modelo de negocio, han insistido durante décadas en que la insignia nacional es una afrenta a las identidades regionales. Valiente soplapollez con la que hemos tenido que tragar sin quererlo, por la complicidad de la izquierda, y por la cobardía habitual del centro-derecha. No sólo la bandera española no causa afrenta alguna, sino que gracias a ella existen nuestras bellas regiones, que la historia en rojo y amarillo es inseparable de cada uno de sus territorios, su cultura, y sus gentes. 

Renunciar durante cuatro años a la bandera que nos une es matar al padre, renegar de la propia familia, y traicionarse a uno mismo. Es pisotear la memoria de nuestras gestas históricas, despreciar El Quijote, a Velázquez y Goya, y a los Machado. Ocultar lo símbolos nacionales es como tapar con un velo de temor y vergüenza San Lorenzo del Escorial, Las Meninas, o la catedral de Santiago de Compostela; es renegar de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y San Ignacio de Loyola; es como malvender en Vinted el orgullo que supone la Escuela de Salamanca, las leyes de Indias, la primera globalización del mundo, las universidades de Salamanca y Alcalá, y el Siglo de Oro

Hay quien no merece la nación que le ha tocado en suerte. Renunciar a la bandera española, a los grandes símbolos de la nación, y al inmenso y glorioso acervo cultural, histórico, político, espiritual, y social de España es, como dicen los eruditos, de gilipollas.

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