Bendito sea Hughes, que me hace inteligible el fútbol. Hay columnistas, y él es uno de ellos, de los que leería con gusto la crítica de una representación de El lago de los cisnes en el Bolshoi.
Pero el fútbol no es el ballet. Uno puede vivir toda una vida felizmente ignorante de los ‘pas de deux’ y ‘grands jetés’ sin ningún problema. Ningún aficionado te pondrá cara rara cuando le digas que no tienes ni idea de lo que es una ‘glissade’, al contrario: se sentirá feliz de explicártelo.
No así con el fútbol. Una afición siquiera epidérmica por el fútbol es en España una hipótesis de trabajo habitual en conversaciones casuales. El amable taxista encuentra natural aliviar el silencio con una breve referencia al partido de ayer o a la política de fichajes de Florentino, aderezada con opiniones largamente meditadas.
Lo que nos diferencia unos de otros a los no futboleros es la reacción. Están los que encuentran una extraña satisfacción en replicar «es que yo no entiendo de fútbol», como si el desconocimiento o la insensibilidad pudieran ser motivo de orgullo, la señal de pertenencia a una exquisita minoría que se define por lo que no ama.
Para otros, entre los que me encuentro, la indiferencia por el fútbol es una tara menor, algo así como un daltonismo leve que nos impide disfrutar de lo que tanta alegría —y tanto dolor— provoca en una mayoría de nuestros compatriotas. No echo de menos la apreciación por el ballet, pero sí por el fútbol, porque de algún modo me aparta de mis congéneres.
La afición al fútbol es prerracional, como tantas cosas estupendas, como todo lo que se finge no entender en el debate sobre la sustitución poblacional. Y ha sido precisamente el Mundial la ocasión de unir ambos temas de conversación en una sola. Hablar de fútbol ha dado pie a hablar de qué significa ser francés y, por extensión, español, alemán o italiano.
El improbable héroe en este debate ha resultado ser el expresidente Rajoy, que con una frase brevísima se ha colocado a la derecha de Marine Le Pen, una hazaña que se ha glosado con generosidad en redes sociales.
Ha venido a decir Rajoy, con esa encantadora inconsciencia eventual que casi le redime, que la Selección Francesa no es francesa, sino africana. Nunca la manida apelación a ‘El traje nuevo del emperador’ fue tan adecuada, porque la ocasión subraya el rasgo principal de la fábula: una verdad que todos ven y que solo una voz inocente se atreve a decir en alto, rompiendo la ilusión.
Porque Rajoy ha ido a la raíz, a la parte más peligrosa del debate, esa que la abrumadora mayoría, incluso entre los que se oponen a la inmigración descontrolada, evitan tocas como si quemara. Porque quema. Me refiero al aspecto étnico, biológico, de la pertenencia a una comunidad nacional.
Y es que, en el fondo, no se trata sólo de cultura. No se trata solo de visiones del mundo dispares, de presión insoportable sobre los precios de la vivienda, los salarios y los servicios sociales. No se trata sólo de inseguridad o lealtades. Es preguntarse algo mucho más sencillo, más primario, más tangible: ¿de quiénes estamos hablando?
Hay gente aquí, gente real que es hijo, nieto, bisnieto de otros que también estaba aquí, que construyó esto, una población que se mantuvo genéticamente homogénea durante cinco mil años, pese a invasiones sucesivas. Pretender que todo es importante en un grupo humano salvo la gente que lo compone es bastante idiota.
España no es un conjunto de instituciones, ni unas leyes, ni una cosmovisión común (que ya no existe). Uno no puede cambiar los miembros de una familia aleatoriamente y esperar que siga siendo la misma, aunque sigan comiendo a las dos y media y jaleando al Villarreal.
Macron ha reaccionado a los comentarios negativos sobre la «diversidad» nada diversa de Les Bleus con uno de esos pareados para idiotas que tanto recuerdan a los lemas de Rebelión en la Granja: «Patriotismo, sí; nacionalismo, nunca». Pero, como responde en X Curtis Yarvin, el patriotismo sin el nacionalismo es mera adoración del Estado.