«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

La gracia del fuego

15 de julio de 2026

De niño creía que el fuego era una cosa de las montañas de enfrente, un asunto de otros, una columna de humo que algún adulto señalaba desde la era con el cigarro en la mano mientras decía que este año venía seco y que había que ver por dónde tiraba el viento. Los mayores hablaban del monte como se habla de un animal grande que casi siempre duerme, un bicho al que se respeta sin miedo mientras esté echado y del que se sabe, sin decirlo nunca del todo, que cualquier agosto puede levantarse con hambre. Nadie se marchaba. La gente del pueblo tenía con el fuego un trato antiguo que consistía en quedarse, en mojar la fachada, en subir a la parva con ramas verdes y en bajar de noche oliendo a resina quemada y a haber ganado una batalla que en realidad había perdido el vecino de más arriba.

Esta semana han ardido en Almería trece personas. La cifra la escribo despacio, trece, porque no admite el adorno con el que solemos rellenar las columnas los que vivimos lejos del monte y cerca del teclado. Ardieron en pocas horas, un jueves, en un pueblo que se llama Los Gallardos y que hasta el jueves no le sonaba a casi nadie, y el fuego que los mató había salido, dicen, de un poste que se vino abajo, que es la manera más tonta de morirse: por una chapuza vieja que alguien no arregló a tiempo. Hoy llegan los del traje a pisar la ceniza y a prometer que se hará todo lo que haya que hacer. No voy a hablar de ellos. El artículo no va de eso.

Voy a hablar del que se queda. En cada uno de estos incendios hay siempre lo mismo: un hombre, casi siempre un hombre mayor, que no se va cuando le dicen que se vaya, que se planta en la puerta de su casa con la manguera de regar el huerto porque en su cabeza esa casa la levantó su padre y no piensa verla arder desde la carretera, junto a los demás, con las manos en los bolsillos. Los bomberos lo sacan a rastras o no llegan a sacarlo. A veces se salva la casa y él lo cuenta durante años en el bar. «Mojé las vigas, eché lo que tenía.» Y a veces no se salva ni la casa ni él, y entonces pasa a ser una de las trece personas y sale su edad en el periódico. Setenta y cuatro años. La edad, en estas historias, siempre parece la de alguien que ya había sobrevivido a cosas peores.

Hay quien tiene con el mar un pacto parecido, y del mar escribí alguna vez que reparte una gracia, que da y que quita, que a unos los devuelve a la orilla y a otros se los queda sin dar explicaciones. El fuego no tiene esa gracia. El fuego no elige, no tiene ring ni reglas ni esquina neutral donde retirarse a respirar entre asalto y asalto, no perdona al valiente por valiente ni al cobarde por haberse ido a tiempo. Sube por donde el viento le manda subir y baja cuando ya no queda nada verde que comer. Pero lo demás lo ponemos nosotros. Ponemos el poste que nadie revisa, el monte que nadie limpia, el pueblo vaciado en el que ya no queda quien baje a apagar un rescoldo antes de que el rescoldo tenga nombre y salga en los mapas. Y ponemos, cada verano, la sorpresa. La misma sorpresa de siempre. Como si fuera la primera vez.

Trece personas. Un jueves de julio, con el país entero mirando el parte de temperaturas como quien mira el marcador de un partido, ardieron trece personas en un pueblo de Almería, y una de ellas, a lo mejor, era el hombre mayor de la manguera. Mañana el humo se habrá ido a otra provincia y nosotros habremos vuelto a la playa, que es lo nuestro, porque el mar sí tiene gracia y a nosotros nos gusta ponernos del lado de la gracia. El monte que arde sin nadie que lo llore no sale en las fotos. Ni falta que le hace ya.

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