«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Comisión ha tenido que reconocer el problema de seguridad

Schengen y la invasión de Ceuta: las grietas del sistema que abolió de facto las fronteras dentro de la UE

Espacio Schengen. Redes sociales

Las instituciones a menudo nacen de golpe, pero suelen desaparecer lentamente, mucho antes de su fin se haga explícito. Es, quizá, el caso de Schengen, el sistema que abolió de facto las fronteras dentro de la Unión Europea, que está mostrando sus primeras grietas serias en los últimos meses.

Empecemos con Italia, que desde el 1 de agosto ha restablecido su frontera conceptual con España. Fue entonces cuando Meloni restableció los controles sobre los viajeros procedentes de aeropuertos y puertos españoles como respuesta a la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta a finales de julio. Mes y medio después sigue en vigor. Roma acaba de prorrogarla otros quince días, hasta el 1 de octubre, alegando la persistencia de amenazas para el orden público y la seguridad interior, la gestión de los flujos migratorios y el riesgo de movimientos secundarios dentro del espacio Schengen.

España respondió haciendo lo mismo. Desde el 8 de agosto controla los vuelos y barcos de pasajeros procedentes de Italia. La primera orden del Ministerio del Interior establecía un mes de controles y los justificaba por la presión migratoria en el Mediterráneo central, la actuación de organizaciones criminales y la amenaza terrorista. El 8 de septiembre entró en vigor una prórroga hasta el día 22. Dos países de la Unión Europea que llevan más de treinta años dentro de Schengen han recuperado así, al menos parcialmente, una frontera entre ellos. Pero la tendencia está haciendo furor en el continente.

Alemania acaba de prolongar hasta marzo de 2027 los controles en todas sus fronteras terrestres: Francia, Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Austria, Suiza, República Checa y Polonia. Austria mantiene los suyos con Eslovaquia, República Checa, Hungría y Eslovenia, también hasta marzo. Polonia controla sus fronteras con Alemania y Lituania. Dinamarca, la frontera con Alemania. Italia ya tenía controles con Eslovenia antes de abrir el nuevo frente con España. Francia, Países Bajos, Suecia, Eslovenia y Noruega se encuentran igualmente entre los países que han recurrido durante largos periodos a una posibilidad que el Código de Fronteras Schengen concibió para responder a amenazas graves.

La lista es ya lo bastante larga como para que en junio la Comisión Europea haya tenido que reconocer el problema de seguridad que implica la inmigración masiva, pero también ha recomendado acabar pronto con esta situación anómala. Tres meses después, algunos controles se han prorrogado y han aparecido otros.

Hoy Schengen, así llamado por la pequeña localidad luxemburguesa donde se formalizó el tratado de libre tránsito en 1985, comprende 29 países y permite, en principio, que más de 450 millones de personas circulen entre ellos sin detenerse ante un puesto fronterizo.

Schengen es uno de los pilares del mercado único, y sus ventajas han sido evidentes. Pero sólo puede funcionar si los Estados tienen razones para confiar en la política migratoria de sus vecinos, a los que entrega una parte de su propia seguridad fronteriza. Schengen, por expresarlo gráficamente, hace que la frontera de Alemania con Marruecos esté en España. En Ceuta y Melilla, para ser precisos. Y la invasión de Ceuta ha puesto negro sobre blanco hasta qué punto es ingenua esa confianza.

El propio tratado permite, en casos extremos de seguridad, imponer controles fronterizos «temporales». Pero en política lo temporal tiene la insidiosa costumbre de convertirse en permanente. Italia y España constituyen el episodio más reciente y llamativo porque los controles son recíprocos y han nacido directamente de la crisis de Ceuta. En otros lugares de Europa el proceso empezó mucho antes. Alemania restableció controles en parte de sus fronteras en 2024 y fue ampliándolos hasta abarcar todas las terrestres. El Gobierno alemán los acaba de prorrogar otros seis meses, hasta el 15 de marzo de 2027, por los elevados niveles de inmigración irregular, el tráfico de personas, la presión sobre el sistema de asilo y el deterioro de la situación internacional. Austria ha tomado una decisión semejante y cita expresamente, entre otros factores, los recientes acontecimientos de Ceuta.

Dinamarca mantiene controles con Alemania. Italia los mantiene con Eslovenia. Polonia los aplica en sus fronteras alemana y lituana. Las razones varían: inmigración irregular, terrorismo, crimen organizado, sabotaje ruso, tráfico de personas o presión sobre los sistemas nacionales de asilo. Y la pregunta es: ¿a partir de qué punto la excepción se convierte en la regla?

Y el problema tiene difícil solución porque cada gobierno responde ante sus propios ciudadanos de lo que ocurre dentro de su territorio. Cuando considera insuficiente la vigilancia realizada por otro Estado en la frontera exterior, dispone de una herramienta inmediata: volver a controlar la suya.

La teoría era que España vigilaba su frontera con Marruecos también para Alemania; Italia vigilaba el Mediterráneo también para Dinamarca; Polonia vigilaba su frontera oriental también para Francia. A cambio, españoles, alemanes, italianos, daneses, polacos y franceses podían circular entre sus países como si aquellas fronteras hubieran dejado de existir.

En la declaración aprobada por el 40 aniversario de Schengen, los gobiernos europeos incluyeron entre sus objetivos mantener «un alto nivel de confianza mutua» entre los Estados miembros y reforzar la gestión de la frontera exterior. Pero la confianza se ha estirado hasta el límite.

Y volvemos a Ceuta, a una crisis que estalló en cuestión de pocas horas y ha terminado afectando a pasajeros que viajaban entre Madrid y Roma a más de 1.800 kilómetros de distancia. Austria, que ni siquiera tiene frontera con España, ha incorporado los acontecimientos de Ceuta a la justificación oficial para prolongar sus propios controles.

Pero, en todo caso, Ceuta es sólo la paja que derrenga al camello. La crisis migratoria de 2015, los atentados islamistas, la pandemia, la llegada de refugiados ucranianos, el incremento de las entradas irregulares y las sucesivas crisis en Oriente Próximo han ido acostumbrando a los europeos a la recuperación periódica de controles que durante años parecieron cosa del pasado.

Italia desconfía de lo que pueda llegar desde España y España responde desconfiando de lo que pueda llegar desde Italia. La frontera exterior común debía hacer innecesarias las fronteras interiores. Treinta y un años después de que España estrenara la libre circulación

El mecanismo empieza a funcionar también en sentido contrario: cada fallo, real o percibido, en la frontera exterior devuelve un poco de vida a las antiguas fronteras nacionales. Europa tardó décadas en desmontarlas. Para volver a levantarlas han bastado unas cuantas órdenes ministeriales.

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