El primer ministro británico, Keir Starmer, ha reconocido este martes que no querría vivir al lado de un hotel de inmigrantes ilegales, en plena oleada de protestas vecinales por la llegada masiva de embarcaciones a través del Canal de la Mancha y la saturación del sistema de asilo.
En una entrevista en BBC Radio 5 Live, al ser preguntado cómo se sentiría si su hija tuviera que pasar cada día frente a uno de estos establecimientos, Starmer aseguró: «Lo entiendo completamente. La gente local en general no quiere estos hoteles en sus pueblos, en sus ciudades… y yo tampoco«.
Sus declaraciones llegan en un momento en que la ministra del Interior, Yvette Cooper, afronta un otoño marcado por la presión de la opinión pública y las protestas antiinmigrantes en el sur de Inglaterra.
En Epping, donde el Ejecutivo mantiene mantener abierto el Bell Hotel tras recurrir con éxito una orden judicial, continúan las protestas vecinales. El domingo unas 200 personas se concentraron frente al Ayuntamiento y tres fueron detenidas.
El malestar se agravó después de que la ministra de Educación, Bridget Phillipson, defendiera el uso de abogados del Gobierno para frenar el cierre del hotel, asegurando que los «derechos de los recién llegados» estaban por encima de las demandas de los vecinos.