Ha acabado en EE. UU el juicio a Lindsay Clancy, la mujer que asesinó violentamente a sus tres hijos. A primera vista, diríamos que lo normal sería una condena, pero quien supiera algo del caso podía apostar por la absolución, con el argumento del estado psicótico de la madre, una enajenación asociada al posparto que la llevó a no distinguir el bien del mal ni las consecuencias de sus actos. En este caso, Lindsay oyó una voz. Y a las feministas, terribles feministas, solo les faltó añadir que era la voz del patriarcado diciendo: mata, mata, mata a tus hijos.
El resultado no fue uno ni otro, sino la nulidad, porque el jurado no pudo alcanzar la unanimidad. Estaba compuesto por nueve mujeres y tres hombres y, por supuesto, las mujeres quedaron convencidas del argumento de la locura. Probablemente, el jurado no vivió aislado del todo del enorme eco que tuvo el juicio. No es descabellado pensar que algo del ruido exterior, una ola perturbadora de identificación con la madre filicida, pudo haber permeado sus puntos de vista. No era solo el tronado feminismo, capaz de alargar el aborto hasta el trigésimo sexto mes, es que el caso mueve a una perversa compasión: si perder a un hijo es lo peor del mundo, podemos pensar y sentir (nosotros, máquinas empáticas) que esa madre, culpable, ya sufre el mayor infierno en vida.
Once miembros del jurado (las nueve mujeres y dos varones) se inclinaban por absolverla, pero fue imposible porque un miembro, uno de los hombres, no lo admitió, no transigió, y aguantó la fuerte presión de la defensa y de la presidencia del jurado. Gracias a él puede repetirse el proceso, y esos niños podrían tener justicia.
Hay que recordar que este individuo se enfrentaba al deber del jurado, algo que no había elegido. Fue el azar el que le situó ahí. Quizás era un mecánico o un comercial; a lo mejor era un rapero, o un granjero. Una vez dentro, resistió la persuasión de la defensa, la confusión pericial, la conmoción sentimental y la presión del resto del jurado. Se quedó solo agarrado a algunas certezas, como a un mástil en una tormenta.
Es fácil imaginarlo como el personaje de una película de Clint Eastwood (su última obra fue sobre un jurado). Uno de sus héroes anónimos y populares. Imaginamos a un hombre escuchando los argumentos con una mirada atenta; su rostro es sereno, pero la mandíbula se endurece ligeramente. Imaginamos un gesto de reparo; la firmeza de una negativa. Un no con la cabeza repetido. Los ojos, todos, sobre él. La soledad del discrepante al abandonar la sala.