Aine Davis, de 41 años y conocido como «Jihadi Paul«, integrante de la célula terrorista de los ISIS Beatles, cumple condena en la prisión de alta seguridad de Whitemoor (Cambridgeshire) con un régimen de privilegios difícil de creer: televisión en su celda individual con baño privado, acceso a gimnasio, cancha de fútbol, llamadas extra, cursos universitarios y dinero para gastar en la tienda de la cárcel.
El yihadista, deportado desde Turquía y condenado en 2023 a ocho años por delitos de terrorismo, fue clasificado como preso «enhanced», la categoría más alta en beneficios dentro del sistema penitenciario británico. En Whitemoor —donde casi la mitad de los 320 reclusos son musulmanes— Davis lleva una vida que muchos describen como «cómoda» y «en el lujo comparado con otros centros».
La noticia ha indignado a familiares de quienes sufrieron a manos de los ISIS Beatles, un grupo responsable de más de veinte asesinatos de occidentales entre 2014 y 2015, varios de ellos decapitaciones grabadas en vídeo. Entre las víctimas estaba el cooperante británico David Haines, cuyo asesinato estremeció al Reino Unido.
Su hija, Bethany Haines, denunció el trato privilegiado: «No es justo que alguien que se unió a los peores criminales del ISIS viva ahora con comodidades, jugando al fútbol y recibiendo dinero. ¿Qué mensaje manda esto a quienes abandonaron el Reino Unido para unirse al terrorismo?». Bethany recordó que Davis llegó incluso a intentar adoctrinar a los rehenes y que fue señalado como uno de los hombres más peligrosos del grupo.
La situación es todavía más alarmante porque otro miembro de la célula, El Shafee Elsheikh («Jihadi Ringo»), condenado en Estados Unidos y recluido en una prisión de máxima seguridad, ha pedido su traslado a Reino Unido para beneficiarse de condiciones similares. «No es extraño que quiera venir, aquí comparado con Estados Unidos la vida es un paraíso», afirmó una fuente penitenciaria.
El caso de Davis revive las advertencias de los servicios de seguridad británicos: las cárceles se han convertido en focos de radicalización islamista. Aunque se le ha negado acceso a internet y contacto con menores, expertos advierten que sigue siendo un peligro latente.
La impunidad con la que un miembro de una de las células más sanguinarias del ISIS disfruta de privilegios en prisión refleja una crisis moral y política en el Reino Unido: se protege más la «rehabilitación» de los verdugos que la memoria y la justicia para las víctimas.