Alternativa para Alemania (AfD) podría obtener este domingo más del 40% de los votos en las elecciones de Sajonia-Anhalt y, con ello, abrir la primera gran brecha en el Brandmauer, el antidemocrático «cortafuegos» o cordón sanitario impuesto por el establishment político alemán para mantener al partido soberanista alejado del poder.
El último sondeo de Infratest dimap para la televisión pública ARD concede a AfD un 42%, exactamente el doble del 20,8% que obtuvo en las elecciones regionales de 2021. Una encuesta posterior de INSA eleva incluso la cifra al 43%. La CDU, que ganó cómodamente hace cinco años con el 37,1%, aparece ahora hundida en el 22%. Hace falta retroceder muy pocos años para comprender hasta qué punto semejantes números habrían parecido inverosímiles.
Y el resultado, si las urnas confirman los sondeos, culminaría una evolución que hemos seguido cumplidamente en estas mismas páginas. En octubre de 2022, cuando AfD apenas alcanzaba el 16% en las encuestas nacionales, contábamos aquí que dirigentes del SPD y de Die Linke empezaban ya a pedir su ilegalización. «Cómo se compadece la democracia con la prohibición de uno de los mayores partidos del país es algo que nadie sabría explicar», escribíamos entonces.
Cuatro años después, la pregunta adquiere un significado algo distinto. AfD llega a las elecciones de Sajonia-Anhalt con una intención de voto superior al 40%, aventaja por unos veinte puntos a los democristianos y su candidato, Ulrich Siegmund, aspira abiertamente a convertirse en el primer jefe de Gobierno regional de la formación.
El Brandmauer se concretó en un rechazo a cualquier colaboración con AfD cuando el partido todavía estaba muy lejos de amenazar la hegemonía de los grandes partidos. Ya en 2014, apenas un año después de la fundación de AfD y con una formación esencialmente euroescéptica muy distinta de la actual, el entonces secretario general de la CSU, Andreas Scheuer, habló de una Brandmauer frente a ella. En 2018, Cem Özdemir, de Los Verdes, reclamó abiertamente «levantar un muro cortafuegos en dirección a AfD».
Ese mismo año la CDU convirtió la idea en doctrina formal. Su congreso de Hamburgo aprobó que el partido «rechaza coaliciones y formas similares de cooperación tanto con Die Linke como con Alternativa para Alemania». La dirección democristiana reafirmó el acuerdo en 2019. Friedrich Merz le daría después su formulación más famosa. «Conmigo habrá un Brandmauer frente a AfD», prometió en diciembre de 2021, cuando se disponía a hacerse con la presidencia de la CDU.
AfD había obtenido el 10,3% en las elecciones federales de ese año y, aunque tenía mucha más fuerza en el Este, el resto de partidos conservaba margen suficiente para constituir mayorías sin contar con ella. Pero el primer gran susto había llegado un año antes.
En febrero de 2020, el liberal Thomas Kemmerich fue elegido ministro-presidente de Turingia gracias a los votos de FDP, CDU y AfD. Alemania entró inmediatamente en crisis política. Angela Merkel, entonces canciller, calificó lo ocurrido de «imperdonable» y exigió que la elección fuera «revertida». Kemmerich dimitió pocos días después.
Aquello dejó fijada durante años una regla tácita todavía más estricta que el acuerdo formal de la CDU: un candidato del sistema no debía llegar al poder gracias a los votos de AfD, ni siquiera cuando no existiera un pacto entre ambos. Pero AfD siguió creciendo. En septiembre de 2022 contábamos en estas páginas que ya era el primer partido en intención de voto en el Este, con un 27%. En diciembre de 2023 rondaba un tercio del voto oriental. Al mismo tiempo reaparecía periódicamente la idea de ilegalizar el partido.
Para la CDU, el problema era particularmente incómodo. Cuánto más crecía un partido situado a su derecha, mayor era su dependencia de partidos situados a su izquierda para gobernar. En enero de 2025 se produjo la primera grieta de importancia nacional.
Después del asesinato de Aschaffenburg, Merz presentó en el Bundestag una moción para endurecer la política migratoria y anunció que la sometería a votación «independientemente de quién la apoye». Fue aprobada por 348 votos gracias, entre otros, a 75 diputados de AfD. Era la primera vez que una iniciativa de la CDU conseguía una mayoría parlamentaria nacional con los votos de AfD.
La reacción mostró hasta qué punto el Brandmauer había adquirido un valor casi constitucional sin figurar en ninguna Constitución. Angela Merkel rompió su habitual silencio para reprochar a Merz la decisión. Hubo manifestaciones multitudinarias y dirigentes del SPD y Los Verdes acusaron al futuro canciller de haber derribado el muro. Merz negó haberlo hecho.
Pero políticamente AfD era ya demasiado grande para que el resto del Parlamento pudiera fingir siempre que sus votos no existían. A medida que avanzaba 2025, la contradicción se hizo más visible. El «cordón sanitario» impuesto por el estamento político alemán contra los soberanistas alemanes no sólo estaba distorsionando toda la vida política del país, sino que está consiguiendo el resultado contrario al pretendido, además de plagar el sistema de anomalías. Una de ellas estaba en el propio Gobierno federal. La CDU de Merz, ganadora de las elecciones, necesitaba al SPD, que acababa de obtener el peor resultado de su historia, para gobernar. El cordón sanitario contribuía así a mantener a los democristianos vinculados precisamente a unos adversarios de cuya política pretendían diferenciarse para recuperar a sus antiguos votantes.
Mientras tanto, AfD podía presentarse como el único partido completamente ajeno al consenso gobernante. Sajonia-Anhalt empezaba ya entonces a advertir de lo que podía venir. Una encuesta de INSA de octubre de 2025 daba a AfD el 40% frente al 26% de la CDU. Hoy, once meses después, INSA le da el 43% frente al 22%. El sistema respondió endureciendo el aislamiento.
En mayo de este año varios parlamentos regionales los partidos tradicionales estaban modificando prácticas y criterios de proporcionalidad para evitar que AfD obtuviera vicepresidencias y otros puestos institucionales que normalmente le habrían correspondido por su número de diputados. Y en junio llegaba el siguiente capítulo. «Estamos preparados para gobernar», proclamó Alice Weidel. Y no sin respaldo de de los hechos.
Sajonia-Anhalt tiene apenas 2,1 millones de habitantes, pero su elección regional se ha convertido en una prueba para todo el sistema político alemán. En 2021 la CDU de Reiner Haseloff ganó con el 37,1%. AfD quedó segunda con el 20,8%. Die Linke obtuvo el 11%, SPD el 8,4%, FDP el 6,4% y Los Verdes el 5,9%. Haseloff, que gobernaba el Land desde 2011, dejó el cargo este enero y fue sustituido por su compañero de partido Sven Schulze. La actual coalición está formada por CDU, SPD y FDP.
Los números del domingo pueden hacer imposible repetirla.
Infratest dimap sitúa a AfD en el 42%, CDU en el 22%, Die Linke en el 11%, SPD en el 8% y Los Verdes en el 6%. FDP, con el 3%, y BSW, con el 4%, quedarían fuera del parlamento. INSA dibuja un escenario ligeramente diferente y todavía más favorable a AfD: 43% para los soberanistas, 22% para la CDU, 12% para Die Linke, 7% para SPD, 5% para Los Verdes, 4% para BSW y 3% para FDP. La diferencia parece pequeña, pero puede decidir quién gobierna.
La barrera del 5%, una aliada de AfD
En Sajonia-Anhalt existe una barrera electoral del 5%. Los votos de los partidos que no la superen quedan fuera del reparto proporcional. Cuantos más votos queden desperdiciados bajo esa barrera, menos necesita AfD en términos de voto popular para aproximarse a la mitad de los escaños.
Por eso un 42 o un 43% podría dejar a Siegmund relativamente cerca de la mayoría absoluta parlamentaria. El Landtag tiene actualmente 97 miembros, aunque su tamaño legal mínimo es de 83, y el sistema combina representación proporcional, mandatos directos y escaños compensatorios. El número definitivo de diputados dependerá, por tanto, del resultado.
Lo seguro es que excluir a AfD va a ser complicadísismo. Si CDU, SPD y Verdes suman alrededor del 35%, necesitarían a Die Linke para sostener un gobierno contrario a AfD. Y la CDU mantiene también una incompatibilidad formal con los herederos del antiguo partido comunista de Alemania Oriental. Merz ha reiterado esta semana que no quiere cooperación ni con AfD ni con Die Linke. Es el viejo acertijo de la col, la cabra y el lobo, pero con menos espacio en la barca.
Existe incluso una peculiaridad constitucional que podría acabar siendo decisiva. Para elegir al ministro-presidente, el Landtag exige inicialmente la mayoría absoluta de sus miembros. Si nadie la consigue, se celebra una segunda votación. Si tampoco entonces hay vencedor, el Parlamento puede disolverse anticipadamente; si decide continuar, se produce una tercera elección en la que basta la mayoría simple de los votos emitidos.
Sahra Wagenknecht ha anunciado que, si su BSW consigue entrar en el parlamento y los demás partidos rechazan un Gobierno de expertos apoyado mediante mayorías variables, sus diputados se abstendrán en esa tercera votación. «Es sencillamente antidemocrático excluir permanentemente a un partido elegido por alrededor del 40% de los votantes», ha declarado, añadiendo la sentencia definitiva: «El Brandmauer ha fracasado».
Pero los defensores del «cordón sanitario» no van a rendirse tan fácilmente. Merz advirtió el pasado domingo de que una victoria de AfD dañaría económicamente a Sajonia-Anhalt. «No puedo imaginar a inversores internacionales asistiendo a la colocación de la primera piedra con un ministro-presidente de AfD para construir nuevas fábricas y establecer nuevas empresas en Sajonia-Anhalt», declaró a ARD.
Por su parte, el ministro de Defensa, el socialista Boris Pistorius, y Cem Özdemir han pedido abrir un procedimiento destinado a ilegalizar las organizaciones regionales de AfD en Sajonia-Anhalt, Sajonia, Turingia y Brandeburgo. El servicio de inteligencia interior de Sajonia-Anhalt clasifica desde noviembre de 2023 a la organización regional de AfD como una formación «confirmadamente extremista de derecha».
Es esperpéntico que se siga planteando la ilegalización del partido en un Land donde podría recibir el apoyo de cuatro de cada diez electores. Su candidato, Ulrich Siegmund, tiene 35 años y ha prometido recuperar una Alemania «segura» y «antigua», endurecer drásticamente la inmigración, reducir el peso de las políticas verdes y poner fin al apoyo alemán a Ucrania.
Una encuesta de ARD ofrece un dato especialmente significativo. Preguntados directamente por quién debería ser ministro-presidente, Schulze (CDU) conserva una mínima ventaja: 41% frente a 39% para Siegmund. Preguntados, en cambio, si prefieren un Gobierno dirigido por CDU o por AfD, el resultado se invierte: 42% quiere un Ejecutivo encabezado por AfD y 41% uno encabezado por la CDU.
En 2021 muchos votantes se movilizaron al final de la campaña para impedir que AfD ganase las elecciones. La CDU llegó a los últimos días con una ventaja estrecha en algunos sondeos y terminó imponiéndose por más de dieciséis puntos. Esta vez la distancia ronda los veinte puntos en dirección contraria.