Estados Unidos asestó esta semana un duro golpe al narcotráfico en aguas del Caribe. Un ataque de la Marina norteamericana contra una embarcación que había partido desde Venezuela y que, según Washington, transportaba miembros del Tren de Aragua, se saldó con once delincuentes abatidos.
La operación ha sido considerada por el Gobierno de Donald Trump como una acción legítima contra un grupo criminal transnacional que lleva años extendiendo su poder por toda Iberoamérica, con vínculos en España y Europa.
Sin embargo, la reacción de Amnistía Internacional no se hizo esperar. En lugar de reconocer la gravedad de la amenaza que supone el Tren de Aragua, la ONG salió en defensa de los narcotraficantes y acusó a Washington de cometer una «violación del derecho a la vida». Para la directora de Amnistía en EEUU, Daphne Eviatar, «el uso de la fuerza letal en este contexto no tiene ninguna justificación».
Una vez más, la organización globalista parece más preocupada por el destino de criminales armados que por las víctimas de sus redes de extorsión, tráfico de personas y asesinatos. El discurso de Amnistía es bien conocido: mientras se muestra tibia con dictaduras como la venezolana o el castrismo cubano, despliega una furia jurídica contra cualquier acción de defensa llevada a cabo por democracias occidentales. En este caso, pide una «investigación independiente» contra el Gobierno de Trump por eliminar a quienes, en realidad, son parte de la organización criminal más temida de Iberoamérica.
El Tren de Aragua ha extendido su violencia desde Venezuela hasta Colombia, Perú, Chile y Brasil, y ya hay informes que lo vinculan con redes criminales en Europa. Sus actividades incluyen trata de mujeres, narcotráfico y sicariato, dejando tras de sí un reguero de muerte y destrucción. El Tren de Aragua es, a su vez, uno de los brazos operativos del Cartel de los Soles, liderado por Nicolás Maduro.
El ataque estadounidense en el Caribe envía un mensaje inequívoco: el crimen organizado no tiene inmunidad ni en tierra ni en mar abierto. Sin embargo, Amnistía Internacional vuelve a exhibir su doble vara de medir, condenando a quienes defienden la seguridad internacional y relativizando los horrores de las mafias.