Germán Vargas Lleras murió y el sistema político que él representó pronto lo acompañará a la tumba para dar lugar al régimen que va a instaurar Iván Cepeda. Porque el sistema político colombiano que hoy agoniza comparte con el finado Vargas muchos de sus defectos: es clientelista, manzanillo y negociador entre intereses políticos creados. Defectos que fueron sus mismas cualidades, es decir, un demócrata consciente de que solo a partir del consenso es posible gobernar un país sin destruir el Estado de derecho, y esa premisa es la esencia del sistema político que está a punto de desaparecer.
Vargas Lleras representó la política de pactos entre fuerzas políticas contradictorias, primero los de 1957 — cuando el mismo Vargas aún no había nacido— y luego los de 1991. Y por eso, como Vargas Lleras, el sistema colombiano era uno dispuesto a negociar con el adversario y a concederle prebendas sanctas y non sactas, (tan negociador con el enemigo, que el propio Cepeda no sería candidato de no ser por ese talante del régimen moribundo) propenso a tolerar componendas y sacrificar el decoro republicano por ganar la gobernabilidad; el consenso básico entre los actores políticos, el tan alvarista y mentado «acuerdo sobre lo fundamental» como premisa básica para gobernar o tratar de gobernar sin violencia, o sin tanta violencia.
El régimen que traerá Cepeda es la antípoda del que representó Germán Vargas. Es la Colombia anterior a 1957, es el sistema intransigente que no negocia con el enemigo, lo combate en las urnas y en las trincheras, con votos y con plomo. Así lo hizo su padre, Manuel Cepeda, reconocido por su línea dura, leninista y dogmática, enemigo del propio Bernardo Jaramillo Ossa, que propendía —para horror de Cepeda— para que el comunismo entrara en democracia limpia y abandonara la violencia y el narcotráfico como instrumentos válidos de lucha.
Germán Vargas fue hijo del poder y de la arrogancia, pero también del consenso republicano contra la violencia y del entendimiento —más pragmático que teórico— de que los precarios períodos de paz en la historia de Colombia han sido producto de la negociación y la transacción y no de la imposición despótica de medio país sobre el otro medio. Cepeda, a su turno, es hijo de la frustración y del resentimiento, pero también de la violenta combinación de las formas de lucha por la toma absoluta y exclusiva del poder. Por eso Vargas fue un componedor, un pragmático, y para sus adversarios, un «politiquero», cuyo único y verdadero enemigo fueron las FARC, que en sus varios y fallidos intentos por asesinarle demostraron el ímpetu de ese sectarismo violento que hoy representa Iván Cepeda.
Los coscorrones del nieto malcriado del jefe liberal Carlos Lleras parecerán caricias de monja al lado de los que dará el hijo radical del jefe comunista Manuel Cepeda.