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Massa llegó a pedir una prueba psico-técnica

Llamar «loco» a Milei, el último fracaso de la izquierda

El presidente electo de Argentina, Javier Milei. Europa Press

Detrás del gran éxito de Javier Milei se esconde el gran fracaso de la izquierda a la hora de comprenderle y de intentar combatirlo. Hace dos años advertimos de lo absurdo de calificar a Milei como «nazi-fascista», «ultraconservador», «neoreaccionario» o de «extrema derecha» (a no ser que «extrema derecha» signifique individualismo). Buscaron calificativos que diesen miedo, basándose en posturas militaristas o anti-abortistas de Milei (posturas habituales incluso en la izquierda iberoamericana). En lugar de hacer un análisis serio de la ideología liberal-libertaria, se prefirió ridiculizar la figura de Milei. Se llegó a atacar elementos de su aspecto, como el peinado —tal y como se hizo con Trump—. Lo curioso es que esta campaña vino de una izquierda que dice estar contra las discriminaciones físicas (como la gordofobia) y de las discriminaciones por la salud mental.

Sin embargo, argumentaron que «Milei está loco» hasta convertir esta acusación en el elemento central de la recta final de la campaña electoral. Incluso su rival, Sergio Massa, llegó a pedir que Milei se sometiera a una prueba psico-técnica. Todo comenzó unos meses atrás, con el libro de Juan Luis González titulado El loco: la vida desconocida de Javier Milei. Ahí describe a un Milei con una infancia traumática, una vida solitaria, sus creencias supersticiosas y un enfermizo amor por los perros. Anécdotas que fueron machaconamente repetidas por la izquierda y que, aunque chocantes, en buena medida humanizan al personaje y despiertan empatía hacia él. Todo lo contrario a lo que debió hacer la izquierda: centrarse en criticar lo —a juicio de ella— antihumano y antiempático que es el pensamiento neoliberal.

Tratar de «loco» a Milei ha sido la mayor torpeza comunicativa en que ha incurrido la izquierda recientemente. En primer lugar, porque el éxito de Milei siempre se ha debido a su carácter excéntrico, inestable e histriónico, de forma que insistir en ello no puede perjudicarle. En segundo lugar, porque no sólo no le hace daño, sino que quizás le ha hecho más fuerte. Como ha dicho el político liberal Yamil Santoro, «la gente está enojada» y simpatiza con los arrebatos de ira de Milei. Los medios recogen el testimonio de una joven argentina: «Lo que más me seduce de él es su locura, necesitamos a alguien que esté loco como él, para que cambie las cosas».

Cuesta entender que la izquierda en general y en particular la argentina, que antaño fue la pionera en comprender el populismo (a través de figuras como Ernesto Laclau), ahora esté dispuesta a regalar a su enemigo la carta de «el loco», el «joker», el bufón (como empezaron siendo Trump o Zelensky antes de convertirse en líderes mundiales): el subconsciente del pueblo que se atreve a decirle al emperador que va desnudo. La gran torpeza de la izquierda ha sido ceder la representación de la locura revolucionaria a quien entienden que encarna la más pura razón calculadora. Una torpeza especialmente grave en el contexto argentino, en que «loco» es un apelativo tan popular y cariñoso como lo fue en su momento «ché».

La táctica de la izquierda no sólo demuestra que han perdido su clásica habilidad comunicativa y simbólica, sino que han renunciado completamente a sus ideas-fuerza en el plano económico e internacional, para enfrascarse en una «batalla cultural» absolutamente irrelevante para la gente. Lo que preocupa a la izquierda actual es que Milei tenga «creencias religiosas» sobre comunicarse con el alma de sus perros, cuando lo verdaderamente significativo es que ha puesto a sus cachorros el nombre de los economistas liberales y ultraliberales Milton Friedman, Robert Lucas y Murray Rothbard.

Cuando Milei fue de visita privada a los Estados Unidos, la izquierda difundió las fake news de que había ido a recibir un tratamiento contra el síndrome de Asperger. La realidad era mucho más relevante: había acudido a Miami y a Nueva York a participar en una serie de reuniones con representantes de la comunidad judía. La alianza geopolítica que propone Milei con el bloque de EEUU y de Israel debió haber sido clave para una Argentina que estaba alineándose con el otro bloque, el de los BRICS. Pero la izquierda argentina prefirió dedicarse al bulo del Asperger.

Otra falsedad, difundida por los peores pseudoanalistas de la progresía es que Milei «oía voces», porque protestó por un supuesto ruido de fondo en plató durante una entrevista. Nos quisieron hacer creer que Milei estaba solo en el estudio, cuando lo cierto es que sí se produjo un bullicio colectivo tras las cámaras, aunque el público no pudo verlo ni oírlo. Lo más interesante es que se trataba de una discusión motivada por un paro sindical de los camarógrafos para reclamar mejoras sindicales. Y Milei se estaba quejando de que ejerciesen su derecho a la huelga. La izquierda prefirió difundir el bulo de las «voces en la cabeza» a comentar la retórica antisindical de Milei.

En resumen: la victoria de Milei no es la de un loco. Es la derrota de una izquierda que se ha vuelto loca. Lo suficientemente loca como para esgrimir un discurso sobre «género no binario» e «interculturalidad indigenista» para hacer frente a un candidato que se atreve a hablar de lo que ellos ya no: economía, banco central, moneda, endeudamiento o pobreza.

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