«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
ELECCIÓN PRESIDENCIAL EN BRASIL

Una reñida votación abre paso al regreso del corrupto Lula da Silva al poder

El presidente electo de Brasil, Lula da Silva. Twitter

En horas de la noche del domingo el Tribunal Superior Electoral de Brasil ha proclamado ganador de los comicios presidenciales al izquierdista Luis Inácio Lula da Silva, quien con un estrecho margen de poco menos de dos puntos porcentuales se impuso ante el presidente Jair Bolsonaro. En concreto, el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) se ha adjudicado poco más de 60 millones de votos mientras el abanderado conservador ha obtenido una cifra superior a lo 58 millones de sufragios.

Con estos resultados salta a la vista que Suramérica estará gobernada durante los próximos años -salvo por las excepciones de Mario Abdo Benítez en Paraguay, Luis Lacalle Pou en Uruguay y Guillermo Lasso en Ecuador- por presidentes que de manera abierta o por vía encubierta son funcionales a la izquierda regional nucleada mayormente en el criminal Foro de Sao Paulo, lo cual no es poca cosa.

Además, se ha conocido que el candidato de Bolsonaro a la Gobernación del rico estado de Sao Paulo, Tarcísio Gomes de Freitas, ha sacado una ventaja de más de diez puntos a su rival Fernando Haddad, apadrinado por Lula.

La vuelta al poder de Lula da Silva, quien fue juzgado y condenado por una gigantesca trama de corrupción hace un par de años, cristaliza una seguidilla de triunfos del izquierdismo en el más reciente ciclo electoral que ha atravesado Iberoamérica. Así conquistaron el poder figuras como Gabriel Boric en Chile, Xiomara Castro en Honduras y más recientemente Gustavo Petro en Colombia.     

Sin embargo, a diferencia de los países mencionados, Brasil es la economía más grande de la región, con un Producto Interno Bruto que al cierre de 2021 superó los 1.600 billones de dólares americanos, muy por delante del registrado por México o Argentina. Un gobierno socialista allí tendrá repercusiones que trascienden al propio Brasil.

Las últimas votaciones en el organismo de integración regional por excelencia, la Organización de Estados Americanos (OEA), ha venido reflejando el súbito viraje de este tipo de foros: la obtención de las presidencias en distintos países durante el último año ha posibilitado además la constitución de una mayoría de izquierdas en este tipo de espacios, orientando la acción de los mismos hacia los intereses compartidos por la infame agenda de la Internacional Progresista, el Grupo de Puebla o el propio Foro de Sao Paulo.

Con Brasil de nuevo alineado hacia los intereses del chavismo continental es previsible que la cosa tome un nuevo cariz de dramatismo. Lo dicho: no se trata de cualquier país, ni de un voto más dentro de instituciones como la OEA, sino de la nación que detenta la superficie territorial más extensa de toda Iberoamérica y que se planta además como el principal motor económico de la misma.     

Como sea, luce difícil que la figura de Jair Bolsonaro se disuelva en lo inmediato en el horizonte político: queriéndolo o no ha logrado nuclear en torno a sí a los sectores que resisten a la izquierda corrupta asociada al Partido de los Trabajadores (de Lula), se ha alzado como el principal defensor de los valores conservadores dentro de una sociedad altamente influida por los mismos y, finalmente, ha pasado por encima del entramado mediático internacional que lo ha caracterizado como el diablo mismo, enarbolando una gestión económica ejemplar al final de su mandato.  

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