«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Europa será africana o no será

10 de agosto de 2026

«Cataluña será cristiana o no será» fue la proclama de Torras i Bages inmortalizada en la fachada de Montserrat. Y Sabino Arana, con el ardor evangelizador que le caracterizó, escribió a menudo palabras equivalentes: «Si ha resonado el grito de independencia, sólo por Dios ha resonado».

Se equivocaron grandemente el catalán y el vasco ya que sus respectivas regiones no serán cristianas entre otros motivos porque hace ya mucho que dejaron de serlo. Descreimiento aparte, recuerden que la Cataluña de hoy es la de los nous catalans, tan mimados —a diferencia de los odiados murcianos y andaluces— por unos gobernantes separatistas que ahora, con hipocresía infinita, se postulan como escudo defensor de la europeidad frente a la dejación española en Ceuta. Cataluña no será ni cristiana, ni catalana, ni española ni europea porque los pocos fieles cristianos que quedan, de media de edad en torno a los ochenta años, no tardarán en morir para hacer sitio a los musulmanes y animistas que heredarán la tierra de Wifredo, Balmes y Torras. Y la disputa lingüística no será entre la lengua de Cervantes y la de Verdaguer, sino entre el árabe y el urdu, con el suajili a poca distancia. En pocos años, de Cataluña no va a quedar ni el nombre.

En cuanto a la Euskadi sabiniana, ahora rebautizada Euskal Herria en carlista ortodoxia, tanto los peneuvistas como los etarras también llevan décadas promoviendo la disolución del pueblo vasco en la gran caldera multiculturalista e incluso elaborando campañas propagandísticas en las que representan a los vascos del mañana como negros y amarillos con chapela. Y el vascuence tardará todavía menos años en desaparecer a pesar de todas las imposiciones que se quieran inventar.

No hay más que echar un vistazo a los datos de abortos europeos y de natalidad extraeuropea para comprobarlo. Las matemáticas son inmisericordes. Y lo mismo les espera, por supuesto, al resto de España y de Europa, pero este malvado juntaletras confiesa experimentar un cosquilleo especial cuando se refiere a esas dos regiones en las que se han agitado fraudulentamente identidades recién inventadas con el fin de sembrar el odio contra el resto de España e incluso construir el armazón ideológico con el que se ha justificado el asesinato de casi un millar de personas.

Que el marco mental de todo nuestro continente está maduro para que los europeos contemplen su propia desaparición con indiferencia, cuando no con satisfacción, lo prueban todos los días todo tipo de autoridades en la materia. Por ejemplo, una Irene Montero clamando por el reemplazo para acabar con los blancos; o un Rajoy que, para una vez que dice una cosa sensata, aunque incoherente con su trayectoria y su opinión política, ha sufrido las condenas hasta del partido de Marine Le Pen; o Mathilde Panot, presidente de La France insoumise en la Asamblea nacional francesa declarando que Francia no ha sido nunca ni blanca ni cristiana y que eso no es más que una fantasmagoría que se ha inventado la extrema derecha; o la feminista alemana Verena Brunschweiger explicando que los blancos tienen el deber moral de no tener hijos y de acoger más inmigrantes como compensación por haber arruinado el mundo.

Las medidas concretas para ir consiguiendo todo eso no dejan lugar a dudas. Dos ejemplos recientes: el Tribunal Supremo ha eliminado el requisito de carecer de antecedentes penales para obtener el permiso de residencia a extranjeros con familia española y el Ministerio del Interior ha prohibido a la Policía pedir la expulsión de los extranjeros reincidentes si han solicitado la regularización. Y uno recientísimo: un día después de la invasión de Ceuta, el Ministerio de Juventud e Infancia, en vez de expulsar a quienes entraron en España ilegalmente, anuncia su voluntad de «garantizar los derechos de todos los niños, niñas y adolescentes migrantes no acompañados que se encuentran en Ceuta» acelerando la acogida en las comunidades autónomas «que se encuentran por debajo de su capacidad ordinaria de acogida».

Las anécdotas, entre trágicas y cómicas, proliferan por toda Europa: el pobre Henry Nowak desangrándose esposado porque los policías prestaron más atención a las quejas antirracistas del asesino indio que a las heridas del joven británico; la campaña alemana contra los abusos sexuales en piscinas públicas en cuyos panfletos todos los agresores son blancos, y los agredidos, marrones; la cafetería de Berlín, subvencionada por el Gobierno, que, estableciendo un apartheid antiblanco que a nadie indigna, no permite la entrada a blancos y atiende sólo a mujeres, transexuales y personas de color; los controladores de metro y trenes de Alemania e Italia que revisan los billetes de los usuarios blancos, que son precisamente los que pagan, e ignoran a los de color, que son los que suelen colarse.

Y así hasta la náusea, y sin que casi nadie sea capaz de levantar la voz ni en defensa propia.

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