Lo de Ceuta es una traición. Por supuesto que es una traición. Una traición del Gobierno Sánchez. Traición: «Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria». Es un término bastante pasado de moda en la España de nuestro tiempo, pero es lo que dice el Diccionario. Y para más precisión, este el significado de «alta traición»: «Traición cometida contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado». Todo eso ha pasado en el episodio de Ceuta. Porque los que tenían la obligación de garantizar la soberanía y la seguridad del Estado han permitido que se vulnerara. Y tienen que pagar.
Desde el mismo día de autos, el Gobierno está intentando aparentar que aquí no ha pasado nada: una «crisis migratoria» imputable a mafias sin nombre y que, por otra parte, el Gobierno ha sabido reconducir rápidamente gracias a la inestimable colaboración de Marruecos. Esa es la versión oficial. Por eso Sánchez, Yolanda Díaz o Bolaños se dedican estos días a recomendarnos música, libros o viajes, como cualquier influencer de medio pelo. Aquí no ha pasado nada, en efecto. Sobre la traición, la burla. Que nadie recuerde lo que ha ocurrido. Pero justamente por eso es preciso recordarlo.
El lunes 27 de julio, el presidente de Ceuta, Vivas, llamó por primera vez a la presidencia del Gobierno para advertir sobre lo que estaba ocurriendo en la frontera. Sánchez no se puso al teléfono. Lo más que logró el mandatario ceutí fue una conversación con un jefe de gabinete que restó importancia al asunto. Lo mismo pasó con sus llamadas a distintos ministerios: nada por lo que preocuparse. Ese mismo lunes, Rubén Pulido publicaba en Gaceta que la frontera de Ceuta estaba siendo perforada por un número anormal de marroquíes que entraban ilegalmente. Primero, un goteo; después, un chorro. El miércoles 29, Rubén entraba en ‘El gato al agua’, en El Toro TV, para contarnos que el problema no paraba de crecer. En ese mismo momento cientos de vehículos cruzaban Marruecos para depositar a 80.000 ciudadanos marroquíes en la frontera de Ceuta. El chorro se convertiría en inundación al día siguiente. Para entonces el Gobierno ya sabía sobradamente lo que estaba pasando. Tanto el CNI como el Centro de Información de las Fuerzas Armadas se lo habían advertido. Una vez más, el Gobierno permaneció quieto. Marlaska ha mentido descaradamente al decir que no hubo avisos; Marlaska, máximo responsable de la seguridad del Estado. Y también Margarita Robles, responsable directa de su defensa. Ambos supieron y callaron. Aún peor: el jueves 30, cuando una marea humana incontrolable invadió el territorio ceutí, el ministro del Interior y otros altos mandatarios españoles estaban en la legación marroquí en Madrid agasajando a la embajadora. ¿Todo esto no es traición?
Que la primera reacción pública del Gobierno español fuera para dar las gracias a Marruecos no deja de ser una demostración palmaria de que aquí ha habido mucho juego por debajo de la mesa. Juego que no se agota en España, ciertamente: ante las protestas de los otros países de la Unión Europea, la respuesta de la Comisión, por boca de Úrsula von der Leyen, fue elogiar a España y a… Marruecos. Al parecer, la UE no tiene nada que decir cuando se viola el territorio de un miembro de la UE. Tampoco ha hablado la OTAN, por cierto, que igualmente nos ha demostrado con toda claridad que nadie va a mover una pestaña por nuestro país. Estamos solos. Y gobernados por la peor gente imaginable. Imposible no pensar que este Gobierno ha pactado ya la paulatina desespañolización de Ceuta, Melilla y tal vez las Islas Canarias, del mismo modo que ha renunciado de hecho a la soberanía de Gibraltar.
Sin duda aún nos faltan muchas cosas por saber sobre este episodio, pero, en lo que concierne a la responsabilidad del Gobierno, es incuestionable que ha traicionado a la nación. No hubo militares para guardar las fronteras. No hubo policía para mantener el orden. No hubo políticos para imponer que, al menos, nuestros socios nos respetaran. El Estado ha perdido toda legitimidad, porque ha demostrado que es incapaz de proteger a sus ciudadanos. Mientras los ceutíes, tan españoles como cualesquiera otros, sufren los efectos de esta invasión híbrida, el Gobierno nos invita a mirar el eclipse. Para eclipse, el de la nación española, efectivamente
VOX ha propuesto aplicar el artículo 102 de la Constitución: «1. La responsabilidad criminal del Presidente y los demás miembros del Gobierno será exigible, en su caso, ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. 2. Si la acusación fuere por traición o por cualquier delito contra la seguridad del Estado en el ejercicio de sus funciones, sólo podrá ser planteada por iniciativa de la cuarta parte de los miembros del Congreso, y con la aprobación de la mayoría absoluta del mismo». Al margen de otras iniciativas legales, es lo único que políticamente puede hacer. Ahora bien, para que eso salga adelante es preciso que al menos 55 diputados de otras formaciones se sumen a los de VOX. El Partido Popular debería hacerlo, pero, de momento, su única respuesta ha sido avenirse a pactar con el Gobierno el reparto de los menores extranjeros que han entrado en Ceuta, es decir, jugar exactamente en el campo que ha marcado Sánchez y, por tanto, convertirse en cómplice de la estrategia gubernamental. Aún está a tiempo de no convertirse también en cómplice de la traición.
Respecto a Marruecos, no cabe duda de aquí están jugando muchos y muy poderosos intereses, lo mismo en Bruselas que dentro de nuestro país, donde todos hemos podido identificar ya con claridad a los que se han puesto al servicio de Rabat. España tiene en su mano instrumentos de sobra para castigar lo que manifiestamente ha sido una operación hostil de una potencia extranjera. Si no lo hace, es porque los que tienen en su mano tales instrumentos no quieren, lo cual nos devuelve al punto de partida: traición. Y esa traición al pueblo ceutí, a la nación española, debe ser castigada. Si no lo hacemos, mereceremos todo lo que nos pase. Mereceremos desaparecer como nación.