
Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda ya no presenta la misma estructura que convirtió a la organización terrorista de Usama bin Laden en el rostro del yihadismo global. Pero eso no significa que haya desaparecido.
Al contrario: la red ha sobrevivido a la muerte de sus principales dirigentes, se ha descentralizado, ha multiplicado sus filiales y ha desplazado buena parte de su centro de gravedad hacia África, donde algunos de sus grupos asociados controlan territorios, financian redes insurgentes y mantienen una capacidad operativa considerable.
El 11-S sigue siendo el mayor atentado terrorista de la historia. Aquella ofensiva desencadenó la denominada «guerra contra el terror», modificó para siempre las estrategias de inteligencia y seguridad occidentales y convirtió a Al Qaeda en el principal objetivo de Estados Unidos durante más de una década.
Sin embargo, los expertos advierten ahora de un peligro distinto: que Occidente interprete la menor visibilidad de Al Qaeda como una derrota definitiva y reduzca los recursos destinados a combatir el yihadismo.
La transformación del grupo resulta evidente en sus cifras. Cuando se produjeron los atentados del 11-S, Al Qaeda contaba con alrededor de 400 combatientes, tres cuartas partes de ellos concentrados en Afganistán. Hoy, según estimaciones citadas por la Oficina del Director de Inteligencia Nacional estadounidense, la red puede agrupar entre 15.000 y 28.000 milicianos en todo el mundo.
A esa cifra se suman entre 12.000 y 18.000 combatientes vinculados a Estado Islámico y sus distintas ramas, lo que refleja hasta qué punto la derrota territorial de los grandes califatos yihadistas no ha supuesto la desaparición de la amenaza.
Colin P. Clarke y Clara Broekaert, del Soufan Center, sostienen que Al Qaeda continúa siendo una organización resiliente si se mide por número de combatientes, territorio, ingresos, operaciones y alcance geográfico, aunque haya perdido centralidad en las prioridades estratégicas de Estados Unidos y sus aliados.
El principal cambio geográfico se ha producido en el África Subsahariana. La región se ha convertido en el nuevo epicentro de la violencia terrorista yihadista, con dos organizaciones especialmente relevantes vinculadas a Al Qaeda.
Por un lado, Al Shabaab, activa principalmente en Somalia, continúa siendo considerada una de las ramas más fuertes y organizadas. Por otro, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) se ha convertido en una de las organizaciones más letales del Sahel.
La expansión hacia África responde a un patrón claro: Estados débiles, fronteras porosas, zonas rurales sin control efectivo y estructuras gubernamentales incapaces de garantizar seguridad ofrecen a los grupos yihadistas un espacio idóneo para crecer.
El riesgo es que organizaciones inicialmente centradas en conflictos locales terminen adquiriendo una dimensión internacional. Los expertos recuerdan que una filial que hoy actúa regionalmente puede convertirse mañana en una amenaza transnacional.
La estructura actual de Al Qaeda no funciona únicamente como una suma de grupos aislados. Colin Smith, coordinador del equipo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas encargado del seguimiento de las sanciones contra Al Qaeda y Estado Islámico, advierte de que las distintas ramas comparten financiación, experiencia y planificación. «Están trabajando juntos, están pensando juntos y están planificando juntos», señala.
Un ejemplo de esa cooperación se produjo después de que JNIM cobrara un rescate de aproximadamente 15 millones de dólares. El dinero no se destinó exclusivamente a sus actividades en Malí, sino que también terminó financiando a otras ramas yihadistas. El dato confirma que, pese a la descentralización, el entramado conserva mecanismos de coordinación financiera y operativa.
Al Qaeda lleva más de cuatro años sin anunciar oficialmente un nuevo dirigente después de la muerte de Ayman al Zawahiri, abatido por Estados Unidos en Afganistán en julio de 2022. Sin embargo, tanto los expertos como Naciones Unidas consideran que el mando real ha recaído en Saif al Adel, antiguo miembro de la guardia personal de Bin Laden y uno de los históricos cuadros de la organización.
El egipcio habría permanecido durante años en Irán, una circunstancia especialmente incómoda para una organización yihadista suní asentada en un país de mayoría chií. Esta situación podría explicar la ausencia de una proclamación formal.
Los expertos creen además que Al Adel ha impulsado una estrategia basada en una «descentralización estructurada», con pequeñas células y filiales capaces de actuar con mayor autonomía y menor exposición. El resultado sería una organización menos visible, más difícil de desmantelar y mejor preparada para sobrevivir a la eliminación de líderes concretos.
La principal preocupación de numerosos especialistas es que Al Qaeda vuelva a beneficiarse de la misma debilidad que precedió al 11-S: la dispersión de la atención estratégica occidental. Estados Unidos ha reorientado buena parte de sus prioridades hacia la competencia con China, el narcotráfico, otras formas de terrorismo y conflictos geopolíticos de mayor visibilidad.
La reducción de recursos para programas antiterroristas y centros de investigación preocupa a expertos que advierten de que la memoria institucional construida después del 11-S podría estar deteriorándose.
Aaron Y. Zelin, investigador del Washington Institute for Near East Policy, alerta de que Estados Unidos está «desmantelando su memoria antiterrorista en un momento en que su adversario cuenta con ser olvidado». La advertencia recuerda uno de los principales errores previos a los ataques de 2001: las señales existían, pero varias piezas esenciales de inteligencia no fueron conectadas a tiempo.
El principal error sería medir la peligrosidad de Al Qaeda únicamente por su capacidad de repetir un atentado equivalente al 11-S. Bruce Hoffman, uno de los principales especialistas internacionales en terrorismo, sostiene que la organización actual es muy diferente a la de 2001, pero insiste en que su transformación no equivale a su desaparición.
La red conserva decenas de miles de combatientes, múltiples filiales, fuentes de financiación y presencia en regiones donde la debilidad estatal facilita su expansión.
Veinticinco años después del mayor atentado terrorista de la historia, el yihadismo sigue buscando exactamente lo mismo: aprovechar vacíos de poder, sociedades fracturadas y errores de cálculo occidentales para reconstruir su capacidad de golpear.
La lección del 11-S sigue, por tanto, plenamente vigente: la amenaza terrorista no deja de existir porque deje de ocupar titulares.