«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
el acuerdo permite que hasta 280 tuvaluanos al año se trasladen de forma permanente

Australia abrirá la puerta en 2026 a los primeros «refugiados climáticos» de la historia, procedentes del archipiélago de Tuvalu

El primer ministro de Australia y su homólogo de Tuvalu firman un pacto en 2023. Europa Press.

Australia recibirá en 2026 a los que serán presentados como los primeros «refugiados climáticos» oficialmente reconocidos del mundo, procedentes del pequeño archipiélago de Tuvalu. La medida se enmarca en el tratado bilateral Falepili Union, firmado en 2023, y supone un giro profundo en la noción clásica de soberanía, migración y Estado.

Según informa The Economist, el acuerdo permite que hasta 280 tuvaluanos al año se trasladen de forma permanente a Australia para vivir, trabajar o estudiar. En un país de apenas 11.000 habitantes, la cifra no es menor y anticipa un proceso de vaciamiento demográfico que va más allá de la retórica climática. Los primeros seleccionados —una parte desde Tuvalu y otra desde la diáspora— simbolizan un ensayo geopolítico sobre cómo mantener Estados «sin territorio».

Tuvalu ha logrado que el tratado reconozca que, aunque el país llegara a perder su territorio físico por el aumento del nivel del mar, conservaría su voto en la ONU y su zona económica exclusiva, rica en atún y clave para su financiación pública. Alrededor de 25 países, entre ellos Australia y Nueva Zelanda, han aceptado esta reinterpretación de la soberanía, aunque las grandes potencias pesqueras se resisten, dado que las licencias generan a Tuvalu unos 30 millones de dólares anuales, su principal fuente de ingresos.

El respaldo jurídico internacional también se ha ido desplazando. En junio, la Comisión de Derecho Internacional de la ONU defendió que los Estados no deben perder su condición aunque desaparezca su territorio. Un mes después, la Corte Internacional de Justicia señaló que los países podrían violar el Derecho Internacional si no limitan el calentamiento a 1,5 ºC, en un caso impulsado por Vanuatu. Decisiones que abren la puerta a nuevas categorías legales con consecuencias imprevisibles.

El tratado Falepili Union incluye además una cláusula de seguridad que obliga a Tuvalu a consultar a Australia antes de firmar acuerdos estratégicos con terceros países, una disposición claramente vinculada a la rivalidad con China en el Pacífico. La cláusula generó inquietud interna y obligó a aclaraciones posteriores, ante el temor de que la «protección» australiana derive en tutela política.

Más allá del discurso climático, el propio Gobierno de Tuvalu reconoce un efecto colateral grave: la fuga de talento. Con una administración pública ya debilitada —300 vacantes sin cubrir en una plantilla de 1.000 empleados—, el país teme que la emigración acelerada vacíe sus instituciones y erosione su continuidad cultural. Por ello, pese a que muchos ciudadanos piden ampliar el cupo, el Ejecutivo quiere mantener el límite anual.

Mientras se presenta el acuerdo como un «modelo humanitario», otros Estados insulares observan con cautela. El precedente de Tuvalu plantea una pregunta incómoda: si la solución ante el riesgo climático es exportar población y redefinir Estados desde despachos internacionales, el resultado puede ser la desaparición práctica de naciones enteras, sustituidas por ficciones jurídicas sostenidas por tratados y cuotas migratorias.

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