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Análisis de (otro) confinamiento totalitario

Ciudades de 15 minutos, ensayo de gulag

Museo del Gulag (CC BY 2.0 whatleydude)

No terminamos de metabolizar un delirio totalitario que ya largan con otro. Los planificadores de nuestras vidas, esos que reescriben la historia, que imponen la autopercepción como verdad absoluta y que llaman emergencia a cualquiera de sus desvaríos no tienen paz. Ahora arremeten fuertemente con la imposición de neogulags, en su versión inclusiva y sustentable.

Resulta que la progresía política y burocrática quiere transformar a las ciudades en burbujas urbanas de las que los habitantes no necesiten salir y gracias a esto se vuelvan menos contaminantes. Se trata de una idea pujante dentro del marco de las distopías que se vuelven realidad a los seis meses y se llama “Ciudades de 15 minutos”. Es sorprendente como, coordinada y marketineramente en todo el mundo, los ingenieros sociales, y los políticos que comen de sus palmas, están tratando de reemplazar la ciudad aglomerada e interconectada por bolsones urbanos aislados y dependientes, fácilmente controlables.

Las ciudades se han conformado siempre alrededor de la efervescencia de los cambios sociales, culturales y económicos. A lo largo de la historia, ciudades han nacido, han caído, han tenido auge o han envejecido conforme este vaivén de intercambios y tensiones. También existieron muchos intentos de crear artificialmente megalópolis que no han conseguido el objetivo o han perecido directamente. La movilidad, la búsqueda personal de confort, prosperidad o seguridad es la savia que da vida a los conglomerados humanos. Pero los arrogantes y soberbios siempre tienen el sueño húmedo de pensar que pueden jugar con los individuos como si fueran un juego de bloques de plástico, armando y diseñando según su deseo de poder.

Por lo demás, lo que las grandes ciudades ofrecen es la abundancia de cosas para consumir, para transar, para trabajar o para gozar. Ofrecen abundancia de personas para conocer. Ofrecen caos y anonimato, criptonita para los totalitarios. Esta oferta de las grandes urbes es la razón por la cual, a pesar de que hay mucha producción cultural que promueve el regreso bucólico al pueblito de bondad genuina, la megalópolis sigue convocando descomunales cantidades de personas. Las grandes áreas metropolitanas siempre son más seductoras, prósperas y heterodoxas, aun cuando puedan ser más duras, estresantes o inseguras. Las comunidades pequeñas y menos conectadas no logran generar esos atractivos, aunque tienen otros, cómo dudarlo, siempre que quien las habite elija este modo de vida y le resulte funcional. Pero una metrópolis es mucho más difícil de controlar y ya sabemos a qué van los ingenieros sociales.

La propuesta de implementar estos neogulags cobró fuerza en el ámbito universitario 2016 con una gran campaña de comunicación de la mano del urbanista francocolombiano Carlos Moreno que sostiene que los ciudadanos deben tener cerca de sus casas todos los espacios y servicios necesarios para la vida cotidiana sin necesidad de desplazarse. Moreno parece saber qué cosa es necesaria para la vida cotidiana de millones de personas, incluso parece conocer lo que desearán en el futuro. O tal vez considere que los gobiernos deban determinar las necesidades de los ciudadanos, parecería que estamos ante esta segunda posibilidad. Su propuesta no es inédita, se basa en viejas ideas de un modelo de organización que aboliera los desordenados flujos de anhelos individuales y fuera hacia una planificación colectiva que eficientizara los recursos: “La idea es rediseñar las ciudades para que en un máximo de 15 minutos, a pie o en bicicleta, los habitantes puedan disfrutar de lo que constituye la vida urbana: acceso a su trabajo, a su hogar, a la alimentación, la salud, la educación, la cultura y la recreación», dijo Moreno durante su charla TED de 2020.

La imposición de este artificio supone que, en estas aldeas prediseñadas, se pudiera trabajar de toda la gama diversa de empleos habidos y los que están por llegar. Mismamente debería ofrecer toda la gama de estudios y consumos, aun los culturales. Si esto no fuera así, el desplazamiento temporal o permanente o el intermitente y hasta el turístico desarmarían el esqueleto de la “Ciudad de 15 minutos” en poco tiempo. Ya sea para montar el artificio o para impedir su degradación serían necesarias altas y crecientes dosis de intervención, aplicación de crédito social, represión vía multas, coerción, control de la vida privada, prohibición de la elección personal, supresión de la responsabilidad individual, hiperregulación y delación. Nada que no hayan estado ensayando en los últimos años, claro, pero la cosa es que sin violencia institucional y degradación de derechos los neogulags no se sostienen.

No obstante y como siempre, los tipos van para adelante e insisten. Estos clubes de sabios que saben mejor que nosotros lo que nos conviene, cuando se proponen una agenda ponen toda la carne al asador. En marzo de 2022 el Foro Económico Mundial publicó un artículo propagandístico titulado: La sorprendente pegajosidad de la «Ciudad de 15 minutos». En la Cumbre Mundial de Alcaldes C40, que se llevó adelante en la ciudad de Buenos Aires en 2022, la política pública estrella fue «Ciudades de 15 minutos». Estaban Sadiq Khan, de Londres, Anne Hidalgo, de París, además de representantes de 121 metrópolis y como anfitrión Horacio Rodríguez Larreta. Increíblemente, este enjambre de alcaldes incapaces de gestionar la basura, la seguridad o las licitaciones turbias de sus localidades, se propusieron encontrar soluciones al cambio climático (tal vez se pondrían de acuerdo en una temperatura fija constante e invariable, vaya uno a saber) implementando las propuestas de Carlos Moreno.

Al igual que en la imposición mundial de los confinamientos totalitarios, acá funciona mucho el sesudo razonamiento “todos lo hacen”. Por ejemplo Anne Hidalgo hizo de la creación de la “Ciudad de 15 minutos” el ítem principal de su campaña de 2020. El secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano de Barack Obama, Shaun Donovan, es también un militante de la idea. The Line es una ecoaldea​ en Arabia Saudita que lleva la idea de la ciudad de 15 minutos al paroxismo, con un diseño lineal en medio del desierto que llega a todos los destinos en un viaje en tren de 20 minutos. El parlamento escocés apoyó un marco de planificación que prioriza la creación de estas burbujas cívicas donde los residentes pueden acceder a empleos, viviendas, tiendas, centros de salud y educación, e incluso jardines de producción de alimentos “de cercanía”.

Todos los proponentes de la ciudad de 15 minutos tienen una ideología socialista en lo que se refiere a la planificación central y al colectivismo. Luego, el partido, la organización humanitaria o corporación a la que adscriben es harina de otro costal. El extraño pero sólido matrimonio entre las elites multimillonarias y la agenda de la izquierda tiene en las ciudades de 15 minutos otro de sus vástagos.

El urbanista Alain Bertaud señala que las megaurbes ya han logrado acceder a una gran cantidad de supermercados, panaderías y escuelas a poca distancia sin la ayuda de planificadores invasivos: “La abundancia y variedad no se deben a una minuciosa planificación municipal sino a mecanismos de mercado”. Efectivamente, si los deseos de los habitantes cambian, el mercado se ajusta. Esa es la razón por la que proliferan las tiendas de productos dietéticos y no hay más negocios de alquiler de películas en VHS que abundaban un par de décadas atrás. No se necesitó a un burócrata para rediseñar nada de eso.

Ocurre que las ciudades son el caldo de cultivo de los mercados libres. Las urbes son la cuna histórica de las demandas de libertad. Son las venas por donde corren los intercambios tecnológicos, intelectuales y artísticos, tiene lógica que los totalitarios las odien. Las urbes conectan caótica y azarosamente personas y demandas a gran escala y sin esa escala no habría desarrollo. El propósito de una ciudad es ese magnífico magma creativo, no tener una panadería cerca, cosa que por otra parte, todas las ciudades tienen. Las “Ciudades de 15 minutos” no buscan el bien de la comunidad, nunca es el plan, siempre es la excusa.

Como toda planificación centralizada está condenada al fracaso en lo que se refiere al objetivo declarado (emisiones, sustentabilidad, diversidad o cualquiera de estas palabrillas intercambiables), pero eso no disminuye su capacidad de daño. A los fines prácticos, poner un mastodonte de oficinas al lado de un complejo habitacional no garantiza que osmóticamente esos dos edificios generen prosperidad, que esos empleos sean deseados o que los demande el mercado como para que surja de allí alguna riqueza. La manipulación que se desprenda de la oferta de vivienda, de los comercios surgidos de un excel y de las restricciones a la movilidad redundará en escasez y descontrol del sistema de precios. Nada que el socialismo no intente luego arreglar con regulaciones y represión, claro. Por cierto, la especialización en lo que se refiere a productos y servicios se complica frente a la demanda reducida por una menor población, hecho que de por sí encarecerá la vida. Los inconvenientes son innumerables.

La idea de la programación de estos neogulags no sólo carece de sustento científico sino que promete generar más daños sin beneficios. Las políticas de zonificación ultrarreguladas para atender a los objetivos de la religión ecologista actuarán como veneno sobre los nuevos desarrollos. Por ejemplo, el marco de planificación de Escocia dice que las construcciones privadas deben tener una “Declaración de beneficio comunitario, y se permitirá el desarrollo individual si no tiene un impacto perjudicial en el carácter o la calidad ambiental del área circundante en términos de tamaño, diseño y materiales» , un llamado a la corrupción y el abandono. 

El viejo y conocido paternalismo sobrevuela el concepto de la “Ciudad de 15 minutos» y la idea de que los planificadores pueden organizar la vida de las personas no sólo es autoritaria sino probadamente ineficaz. La distancia que uno recorre al trabajo, a la universidad, a encontrarse con su amante o a comprar los jamones que hace Don Pirulo a 100 kilómetros simplemente porque le gustan, es el producto de las pulsiones individuales, de los intercambios voluntarios y permanentemente variables y de las compensaciones que hace una persona según las opciones que tiene. Las personas que viven en las ciudades son infinitamente más complicadas que una maqueta.

Con el latiguillo de la alarma climática o sanitaria, pisoteando todos los derechos humanos, ya hemos visto la forma en que los gobiernos han restringido la movilidad y han implementado sistemas de crédito social y control dictatorial con una capacidad jamás antes vista por su alcance y propaganda. El modelo de “Ciudad de 15 minutos” es la bula para que los gobiernos establezcan de nuevo un nefasto nivel de restricciones al tiempo de ponernos a merced de una corrupción parroquial descontrolada. 

Si nuestros planificadores (que hasta ahora no han sumado un sólo beneficio a nuestras vidas, justo es decirlo) lograran aplicar estas incubadores gigantes de 15 minutos y aún así los ciudadanos siguieran desplazándose, los gobiernos no tardarían en imponer su sueño de inmovilidad por la fuerza con leyes draconianas y confiscatorias hasta llegar a la justicia penal. En Oxford ya se ha propuesto la implementación de este modelo que divide la ciudad en 6 zonas y los habitantes tienen que pedir permiso a las autoridades para salir de su zona. Además, se cuenta el número de veces que una persona sale y se establece un tiempo máximo para estar fuera, guardando registro de estos datos de la vida privada. Esto mismo se implementó en varias localidades en todo el mundo durante la covidcracia. En París, Madrid o Buenos Aires, por ejemplo, ya se prohíbe y castiga conducir por el centro. El futuro llegó hace rato.

Toda esta charlatanería financiada con nuestros impuestos busca el mismo aislacionismo de siempre: procura despegar a los individuos del asidero que impulsó el desarrollo de la humanidad. Nuestros planificadores son perseverantes e intransigentes, tienen la caja de herramientas para imponer su relato y quien se oponga siempre será negacionista, conspiranoico y extremo, ya hemos visto esta película a repetición. Pero por más propaganda buenista que inventen, la “Ciudad de 15 minutos” no es una ciudad sino un gueto, un “no lugar” destinado a matar toda libertad, un ensayo de gulag.

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